miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo 18: La recompensa de Dobby

Hubo un  momento de  silencio  cuando Harry,  Ron, Ginny  y  Lockhart aparecieron en  la  puerta, llenos de barro, suciedad  y,  en  el  caso  de  Harry, sangre. Luego alguien gritó:

—¡Ginny!

Era la  señora Weasley,  que  estaba  llorando  delante  de  la  chimenea. Se puso en pie  de  un salto,  seguida  por su marido,  y  se abalanzaron sobre su hija.

Harry,  sin  embargo,  miraba detrás  de ellos. El  profesor Dumbledore estaba ante  la repisa  de la  chimenea,  sonriendo, junto a la  profesora  McGonagall,  que respiraba  con  dificultad  y  se  llevaba una mano  al  pecho.  Fawkes  pasó zumbando  cerca  de Harry  para  posarse  en  el hombro  de  Dumbledore. Sin apenas  darse  cuenta,  Harry  y  Ron  se encontraron atrapados en  el abrazo  de  la señora Weasley

—¡La  habéis  salvado!  ¡La habéis salvado!  ¿Cómo lo  hicisteis?

—Creo que a todos nos encantaría enterarnos  —dijo con un  hilo  de  voz  la profesora McGonagall.

La  señora Weasley  soltó  a Harry,  que dudó  un instante, luego  se  acercó  a la  mesa  y  depositó encima el Sombrero Seleccionador,  la  espada  con  rubíes incrustados y  lo que quedaba del  diario  de Ryddle.

Harry  empezó  a  contarlo  todo.  Habló durante  casi un cuarto de  hora, mientras  los demás  lo  escuchaban absortos  y  en silencio.  Contó  lo  de  la  voz que  no  salía de ningún  sitio;  que  Hermione había  comprendido  que lo  que  él oía  era  un  basilisco  que se movía  por las tuberías; que  él y  Ron  siguieron  a  las arañas por el  bosque;  que  Aragog  les  había dicho dónde  había  matado  a  su víctima el basilisco; que había  adivinado  que  Myrtle  la  Llorona  había sido  la víctima, y  que la  entrada  a la  Cámara de los Secretos podía encontrarse  en  los aseos...

—Muy  bien  —señaló  la  profesora McGonagall,  cuando Harry  hizo  una pausa—,  así  que  averiguasteis dónde estaba  la  entrada, quebrantando un centenar de  normas, añadiría yo. Pero  ¿cómo  demonios conseguisteis  salir  con vida,  Potter?

Así que  Harry, con  la voz  ronca de  tanto hablar,  les  relató  la  oportuna llegada de  Fawkes  y  del  Sombrero  Seleccionador,  que le  proporcionó la espada.  Pero  luego  titubeó.  Había evitado hablar  sobre  la relación entre el diario  de  Ryddle  y  Ginny. Ella  apoyaba  la cabeza  en el  hombro de  su madre, y seguía  derramando  silenciosas lágrimas por las mejillas.  ¿Y  si la  expulsaban?, pensó Harry  aterrorizado.  El diario de  Ryddle no  serviría ya  como  prueba,  pues había quedado  inservible...  ¿cómo  podrían  demostrar  que  era  el  causante  de todo?

Instintivamente, Harry  miró a  Dumbledore, y  éste esbozó  una  leve  sonrisa. La  hoguera de la  chimenea hacía brillar  sus lentes de media luna.

—Lo  que  más  me  intriga —dijo Dumbledore  amablemente—,  es cómo  se las  arregló lord  Voldemort  para  embrujar  a  Ginny, cuando  mis fuentes me indican que actualmente se halla oculto  en  los bosques  de  Albania.

Harry  se sintió  maravillosamente  aliviado.

—¿Qué...  qué? —preguntó el  señor Weasley  con  voz  atónita—. ¿Sabe  quiquién?  ¿Ginny  embrujada?  Pero Ginny  no ha...  Ginny  no ha  sido...  ¿verdad?

—Fue el  diario  —dijo inmediatamente  Harry,  cogiéndolo y  enseñándoselo a Dumbledore—. Ryddle  lo  escribió  cuando  tenía  dieciséis  años.

Dumbledore cogió  el  diario  que  sostenía Harry  y  examinó  minuciosamente sus páginas  quemadas y  mojadas.

—Soberbio  —dijo  con  suavidad—.  Por supuesto, él ha  sido  probablemente el  alumno más inteligente  que  ha  tenido  nunca Hogwarts. —Se volvió  hacia  los Weasley,  que  lo  miraban perplejos—. Muy  pocos  saben  que  lord  Voldemort  se llamó antes Tom  Ryddle.  Yo  mismo  le  di  clase, hace  cincuenta años, en Hogwarts. Desapareció  tras  abandonar el  colegio...  Recorrió  el  mundo..., profundizó  en  las  Artes Oscuras, tuvo trato con los peores  de entre  los nuestros, acometió  peligros, transformaciones mágicas,  hasta tal  punto  que cuando  resurgió  como  lord Voldemort  resultaba  irreconocible.  Prácticamente nadie  relacionó  a  lord  Voldemort  con  el muchacho  inteligente y  encantador que recibió  aquí el  Premio  Anual.

—Pero  Ginny  —dijo la  señora  Weasley—. ¿Qué  tiene que ver nuestra Ginny con  él?

—¡Su...  su  diario!  —dijo Ginny  entre  sollozos—. He  estado  escribiendo en él,  y  me  ha estado  contestando durante  todo  el curso...

—¡Ginny!  —exclamó su  padre,  atónito—.  ¿No te he  enseñado  una  cosa? ¿Qué  te he dicho siempre? No confíes  en  cosas que  tengan la  capacidad  de pensar  pero de  las  cuales  no sepas  dónde tienen  el  cerebro. ¿Por qué no  me enseñaste el diario a mí  o  a  tu madre?  Un  objeto  tan sospechoso  como  ése, ¡tenía que  ser  cosa de magia negra!

—No...,  no lo  sabía  —sollozó Ginny—.  Lo  encontré dentro  de  uno  de  los libros  que me  había  comprado  mamá.  Pensé que alguien  lo había dejado  allí y se le  había olvidado...

—La  señorita Weasley  debería  ir directamente a  la  enfermería  —terció Dumbledore con voz  firme—. Para ella  ha sido  una experiencia terrible.  No habrá castigo. Lord  Voldemort ha  engañado a magos más viejos  y  más sabios. —Fue a abrir la puerta—.  Reposo en cama  y  tal vez  un  tazón de  chocolate caliente.  A  mí  siempre  me  anima  —añadió,  guiñándole  un  ojo bondadosamente—. La  señora  Pomfrey  estará  todavía despierta. Debe  de estar  dando  zumo  de  mandrágora a las víctimas  del basilisco. Seguramente despertarán de un  momento a otro.

—¡Así  que Hermione  está  bien!  —dijo Ron con alegría.

—No les han causado  un  daño irreversible  —dijo Dumbledore.

La  señora  Weasley  salió  con Ginny,  y  el  padre  iba  detrás, todavía muy impresionado.

—¿Sabes,  Minerva?  —dijo pensativamente  el profesor  Dumbledore  a  la profesora  McGonagall—,  creo que  esto  se  merece  un  buen banquete. ¿Te puedo pedir que vayas a avisar a los  de  la cocina?

—Bien —dijo  resueltamente la  profesora McGonagall, encaminándose también hacia  la puerta—, te  dejaré  para que ajustes  cuentas  con  Potter  y Weasley.

—Eso es —dijo Dumbledore.

Salió,  y  Harry  y  Ron miraron a Dumbledore  dubitativos. ¿Qué había querido  decir exactamente la  profesora McGonagall con aquello  de  «ajustar cuentas»?  ¿Acaso  los iban  a  castigar?

—Creo recordar  que os dije  que  tendría que expulsaros si  volvíais  a quebrantar  alguna norma del colegio —dijo Dumbledore.

Ron abrió  la  boca  horrorizado.

—Lo  cual  demuestra  que todos tenemos  que  tragarnos  nuestras  palabras alguna  vez  —prosiguió  Dumbledore, sonriendo—. Recibiréis  ambos el  Premio por Servicios  Especiales al  Colegio  y... veamos..., sí,  creo  que  doscientos puntos para Gryffindor por  cada uno.

Ron  se puso tan sonrosado como  las flores  de  San  Valentín  de Lockhart, y volvió a cerrar la  boca.

—Pero  hay  alguien que parece que no  dice  nada  sobre  su  participación  en la  peligrosa  aventura —añadió Dumbledore—.  ¿Por qué esa  modestia, Gilderoy?

Harry  dio un  respingo.  Se  había olvidado por completo  de  Lockhart.  Se volvió y  vio que estaba  en  un rincón  del despacho, con  una  vaga  sonrisa en  el rostro.  Cuando  Dumbledore  se dirigió a  él,  Lockhart miró  con indiferencia  para ver quién le  hablaba.

—Profesor  Dumbledore  —dijo  Ron  enseguida—,  hubo un accidente en la Cámara  de  los Secretos. El  profesor  Lockhart..

—¿Soy  profesor? —preguntó sorprendido
—.  ¡Dios  mío!  Supongo que seré un  inútil,  ¿no?

—...  intentó  hacer un  embrujo desmemorizante y  el tiro le  salió  por la  culata —explicó  Ron a Dumbledore tranquilamente.

—Hay  que ver  —dijo Dumbledore,  moviendo  la  cabeza  de  forma que le temblaba  el  largo  bigote  plateado—, ¡herido  con  su  propia  espada,  Gilderoy!

—¿Espada? —dijo Lockhart  con voz  tenue—.  No,  no tengo  espada. Pero este chico sí  tiene  una. —señaló  a Harry—.  Él  se  la  podrá prestar.

—¿Te  importaría llevar también al  profesor Lockhart a  la  enfermería?  — dijo Dumbledore a Ron—.  Quisiera  tener  unas palabras con Harry.

Lockhart salió. Ron  miró con  curiosidad  a  Harry  y  Dumbledore  mientras cerraba la puerta.

Dumbledore fue hacia una de las  sillas que había  junto al fuego.

—Siéntate,  Harry  —dijo,  y  Harry  tomó  asiento,  incomprensiblemente azorado—. Antes que nada, Harry,  quiero darte  las gracias —dijo Dumbledore, parpadeando de  nuevo—. Debes de  haber  demostrado  verdadera  lealtad  hacia mí  en  la cámara.  Sólo eso puede hacer que  acuda  Fawkes.

Acarició al  fénix,  que agitaba las  alas posado  sobre una  de  sus rodillas. Harry  sonrió  con  embarazo  cuando  Dumbledore lo  miró directamente  a los ojos.

—Así que  has conocido  a Tom  Ryddle —dijo Dumbledore pensativo—. Imagino que  tendría  mucho interés en verte.

De  pronto, Harry  mencionó  algo que le reconcomía:

—Profesor Dumbledore... Ryddle  dijo  que yo  soy  como  él.  Una  extraña afinidad, dijo...

—¿De verdad?  —preguntó Dumbledore,  mirando a un  Harry  pensativo,  por debajo  de  sus espesas cejas plateadas—.  ¿Y  a ti  qué te  parece,  Harry?

—¡Me  parece  que no  soy  como  él!  —contestó  Harry,  más alto de  lo  que pretendía—.  Quiero decir  que yo..., yo  soy  de  Gryffindor,  yo  soy...

Pero  calló.  Resurgía una  duda  que le acechaba.

—Profesor  —añadió  después de  un  instante—, el Sombrero Seleccionador me  dijo  que  yo... haría  un  buen papel en  Slytherin. Todos creyeron  un  tiempo que yo  era el heredero  de  Slytherin,  porque  sé  hablar  pársel...

—Tú sabes hablar  pársel, Harry  —dijo tranquilamente Dumbledore—, porque  lord  Voldemort, que  es el  último  descendiente  de  Salazar  Slytherin, habla  pársel.  Si  no  estoy  muy  equivocado, él te  transfirió algunos  de  sus poderes la  noche  en  que  te hizo  esa cicatriz. No era su intención,  seguro...

—¿Voldemort puso algo de  él  en  mí?  —preguntó Harry,  atónito.

—Eso parece. —Así  que yo  debería estar en Slytherin  —dijo  Harry, mirando  con desesperación  a  Dumbledore—.  El Sombrero Seleccionador distinguió en  mí poderes  de  Slytherin  y...

—Te puso  en Gryffindor  —dijo  Dumbledore  reposadamente—. Escúchame, Harry.  Resulta que tú  tienes  muchas  de las cualidades que Slytherin apreciaba en  sus alumnos,  que  eran  cuidadosamente escogidos: su propio y  rarísimo don, la  lengua  pársel...,  inventiva...,  determinación...,  un  cierto desdén  por las normas  —añadió,  mientras  le  volvía  a temblar el bigote—. Pero aun así, el sombrero te colocó  en  Gryffindor.  Y  tú sabes por  qué. Piensa.

—Me  colocó en  Gryffindor —dijo Harry  con voz  de  derrota— solamente porque yo  le  pedí no ir a Slytherin...

—Exacto —dijo  Dumbledore,  volviendo  a  sonreír—. Eso  es  lo  que  te diferencia  de Tom  Ryddle.  Son nuestras elecciones,  Harry,  las  que  muestran  lo que somos, mucho más que nuestras  habilidades.  —Harry  estaba  en  su  silla, atónito  e  inmóvil—.  Si  quieres una prueba de  que perteneces a  Gryffindor, te sugiero que mires esto con  más  detenimiento.

Dumbledore  se  acercó al escritorio de  la  profesora McGonagall,  cogió la espada ensangrentada  y  se la  pasó a  Harry. Sin  mucho ánimo, Harry  le  dio  la vuelta  y  vio  brillar  los  rubíes a la  luz  del fuego. Y  luego  vio el  nombre grabado debajo  de  la empuñadura:  Godric  Gryffindor:

—Sólo un  verdadero miembro  de  Gryffindor podría  haber sacado esto  del sombrero, Harry  —dijo simplemente  Dumbledore.

Durante  un  minuto,  ninguno de los dos dijo  nada.  Luego  Dumbledore abrió uno de  los cajones  del  escritorio  de  la  profesora McGonagall y  sacó  de  él  una pluma y  un  tintero.

—Lo  que necesitas,  Harry,  es comer algo y  dormir.  Te sugiero  que  bajes  al banquete,  mientras  escribo a Azkaban:  necesitamos  que  vuelva nuestro guarda. Y  tengo  que redactar  un  anuncio  para  El Profeta, además  —añadió pensativo—.  Necesitamos  un  nuevo  profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.  Vaya, parece  que  no  nos duran  nada,  ¿verdad?

Harry  se  levantó  y  se  dispuso  a salir.  Pero apenas tocó el  pomo  de la puerta,  ésta  se abrió tan bruscamente que pego contra la pared y  rebotó.

Lucius Malfoy  estaba  allí,  con  el  semblante  furioso; y  también Dobby, encogido de miedo y  cubierto  de  vendas.

—Buenas  noches,  Lucius  —dijo  Dumbledore  amablemente.

El  señor  Malfoy  casi  derriba  a Harry  al  entrar en el  despacho. Dobby  lo seguía detrás,  pegado a su capa,  con  una expresión de  terror.

—¡Vaya!  —dijo  Lucius Malfoy,  fijos en  Dumbledore sus fríos ojos—. Ha vuelto.  El  consejo escolar lo  ha  suspendido de sus funciones,  pero  aun  así, usted  ha  considerado conveniente volver.

—Bueno, Lucius, verá  —dijo Dumbledore,  sonriendo  serenamente—,  he recibido  una petición  de  los  otros  once  representantes.  Aquello  parecía  un criadero de lechuzas,  para serle sincero. Cuando recibieron  la noticia de  que la hija de  Arthur  Weasley  había sido  asesinada, me  pidieron  que  volviera inmediatamente.  Pensaron  que, a pesar de todo,  yo  era el hombre más adecuado para  el  cargo. Además,  me  contaron  cosas muy  curiosas.  Algunos incluso decían  que usted  les había  amenazado con  echar una  maldición  sobre sus familias si no  accedían a destituirme.

El  señor Malfoy  se  puso  aún más pálido de  lo  habitual,  pero  seguía  con  los ojos cargados de furia.

—¿Así  que...  ha  puesto fin a  los ataques?  —dijo  con  aire  despectivo—. ¿Ha encontrado  al  culpable?

—Lo hemos encontrado  —contestó  Dumbledore,  con  una sonrisa.

—¿Y bien?  —preguntó  bruscamente  Malfoy—. ¿Quién  es?

—El mismo que la última  vez,  Lucius —dijo Dumbledore—.  Pero  esta  vez lord Voldemort  actuaba a través  de  otra persona, por medio de este diario.

Levantó  el  cuaderno negro agujereado en  el  centro, y  miró a Malfoy atentamente. Harry,  por el contrario,  no  apartaba  los ojos de  Dobby.

El  elfo  hacia  cosas  muy  raras.  Miraba  fijamente  a  Harry, señalando  el diario,  y  luego al señor  Malfoy.  A  continuación se daba puñetazos en  la  cabeza.

—Ya veo... —dijo despacio  Malfoy  a Dumbledore.

—Un  plan  inteligente  —dijo Dumbledore con  voz  desapasionada, sin  dejar de  mirar a  Malfoy  directamente a los ojos—. Porque  si Harry,  aquí  presente  — el  señor Malfoy  dirigió  a Harry  una  incisiva  mirada  de  soslayo—, y  su  amigo Ron  no  hubieran  descubierto este cuaderno..., Ginny  Weasley  habría aparecido como  culpable. Nadie habría podido  demostrar que  ella  no  había actuado libremente...

El  señor  Malfoy  no  dijo  nada. Su  cara se había vuelto de  repente como  de piedra.

—E  imagine —prosiguió Dumbledore—  lo  que podría haber  ocurrido entonces...  Los Weasley  son  una  de las familias de  sangre limpia  más distinguidas. Imagine el  efecto  que  habría tenido sobre Arthur Weasley  y  su  Ley de  defensa de  los  muggles, si se descubriera  que su  propia hija  había  atacado y  asesinado  a  personas de  origen  muggle. Afortunadamente apareció  el  diario, con  los  recuerdos  de  Ryddle  borrados de  él. Quién sabe  lo  que  podría  haber pasado si no  hubiera sido  así.

El  señor Malfoy  hizo  un  esfuerzo  por  hablar.

—Ha sido una  suerte —dijo fríamente.

Pero  Dobby  seguía, a  su  espalda, señalando primero  al  diario,  después  a Lucius Malfoy, y  luego  pegándose en la cabeza.

Y  Harry  comprendió  de  pronto. Hizo  un  gesto  a  Dobby  con  la  cabeza, y éste se retiró a un  rincón,  retorciéndose las orejas para  castigarse.

—¿Sabe  cómo  llegó ese diario  a  Ginny,  señor Malfoy? —le  preguntó  Harry.

Lucius Malfoy  se volvió hacia él.

—¿Por qué  iba  a  saber yo  de dónde lo  cogió  esa tonta? —preguntó.

—Porque  usted  se  lo  dio  —respondió Harry—. En  Flourish  y  Blotts. Usted le  cogió  su libro de  transformación  y  metió  el  diario dentro,  ¿a que  sí?

Vio  que el  señor Malfoy  abría y  cerraba  las manos.

—Demuéstralo —dijo, furioso.

—Nadie  puede demostrarlo  —dijo Dumbledore, y  sonrió  a Harry—,  puesto que  ha  desaparecido  del libro todo  rastro de Ryddle.  Por otro lado, le aconsejo Lucius,  que  deje  de  repartir viejos recuerdos  escolares de lord Voldemort.  Si  algún otro  cayera en  manos  inocentes, Arthur  Weasley  se asegurará  de  que  le sea devuelto  a usted...

Lucius Malfoy  se quedó un  momento quieto, y  Harry  vio  claramente  que  su mano  derecha  se  agitaba como  si quisiera empuñar la varita. Pero  en  vez  de hacerlo,  se  volvió  a  su  elfo  doméstico.

—¡Nos vamos, Dobby!
Tiró de la puerta,  y  cuando el elfo  se acercó  corriendo,  le  dio  una  patada que lo envió fuera. Oyeron a Dobby  gritar de  dolor  por todo  el  pasillo.  Harry reflexionó  un  momento,  y  entonces  tuvo  una  idea.

—Profesor  Dumbledore  —dijo deprisa—, ¿me  permite  que  le  devuelva  el diario  al  señor  Malfoy?

—Claro, Harry  —dijo Dumbledore con  calma—. Pero  date prisa.  Recuerda el  banquete.

Harry  cogió el  diario  y  salió  del despacho  corriendo.  Aún  se  oían alejándose  los  gritos de dolor  de  Dobby,  que ya  había doblado  la  esquina del corredor. Rápidamente,  preguntándose  si sería  posible  que su  plan  tuviera éxito,  Harry  se quitó un zapato, se sacó el  calcetín sucio y  embarrado, y  metió el  diario  dentro. Luego se puso  a  correr por el  oscuro corredor.

Los alcanzó  al  pie  de  las  escaleras.

—Señor Malfoy  —dijo jadeando y  patinando  al  detenerse—,  tengo  algo para usted.

Y le puso  a  Lucius  Malfoy  en  la mano  el calcetín  maloliente.

—¿Qué diablos...?

El  señor Malfoy  extrajo el  diario  del calcetín, tiró éste  al suelo y  luego  pasó la  vista,  furioso,  del  diario  a  Harry.

—Harry  Potter,  vas  a terminar  como  tus padres  uno  de  estos días  —dijo bajando la  voz—. También ellos eran  unos idiotas  entrometidos.  —Y  se  volvió para  irse—. Ven, Dobby.  ¡He  dicho  que  vengas!

Pero  Dobby  no se  movió.  Sostenía el calcetín sucio y  embarrado de  Harry, contemplándolo como  si fuera  un  tesoro de valor incalculable.

—Mi amo le  ha  dado  a Dobby  un  calcetín  —dijo  el  elfo  asombrado—. Mi amo  se  lo  ha dado a Dobby.

—¿Qué?  —escupió  el  señor  Malfoy—. ¿Qué  has dicho?

—Dobby  tiene  un  calcetín —dijo  Dobby  aún sin  poder creérselo—. Mi  amo lo  tiró,  y  Dobby  lo  cogió,  y  ahora Dobby...  Dobby  es libre.

Lucius Malfoy  se quedó  de  piedra,  mirando al elfo.  Luego  embistió  a  Harry.

—¡Por tu  culpa  he  perdido a mi  criado, mocoso! Pero  Dobby  gritó:

—¡Usted  no  hará daño a Harry  Potter!

Se  oyó  un  fuerte  golpe, y  el  señor Malfoy  cayó  de  espaldas.  Bajó  las escaleras de  tres en  tres y  aterrizó  hecho  una  masa  de  arrugas.  Se  levantó, lívido,  y  sacó la  varita,  pero Dobby  le levantó un dedo amenazador.

—Usted  se va  a  ir ahora —dijo con fiereza,  señalando  al  señor Malfoy—. Usted  no  tocará a Harry  Potter.  Váyase ahora mismo.

Lucius Malfoy  no tuvo elección. Dirigiéndoles una última  mirada  de  odio,  se cubrió por completo con  la  capa  y  salió apresuradamente.

—¡Harry  Potter  ha  liberado  a Dobby!  —chilló  el  elfo,  mirando  a  Harry. La luz  de la  luna  se  reflejaba, a  través de  una ventana cercana,  en  sus  ojos esféricos—. ¡Harry  Potter  ha  liberado  a  Dobby!

—Es  lo  menos que podía hacer, Dobby  —dijo Harry,  sonriendo—. Pero prométame que  no  volverá a intentar  salvarme  la  vida.

Una  sonrisa  amplia, con todos los dientes a la  vista, cruzó la  fea cara cetrina del elfo.

—Sólo tengo  una  pregunta, Dobby  —dijo  Harry,  mientras  Dobby  se  ponía el  calcetín  de  Harry  con manos temblorosas—. Usted me  dijo que esto no  tenía nada que  ver  con El-que-no-debe-ser-nombrado,  ¿recuerda?  Bueno...

—Era una  pista,  señor —dijo Dobby,  con los ojos  muy  abiertos, como  si resultara obvio—. Dobby  le daba  una pista. Antes de  que  cambiara  de  nombre, el  Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se  da  cuenta?

—Bien —dijo Harry  con  voz  débil—. Será  mejor  que  me  vaya.  Hay  un banquete,  y  mi  amiga Hermione  ya  estará  recobrada...

Dobby  le echó  los brazos a Harry  en  la  cintura  y  lo  abrazó  con  fuerza.

—¡Harry  Potter  es mucho más grande de  lo que Dobby  suponía!  — sollozó—.  ¡Adiós, Harry  Potter!

Y dando un sonoro chasquido,  Dobby  desapareció.

Harry  había estado presente en  varios banquetes de  Hogwarts,  pero  en ninguno como  aquél.  Todos  iban en pijama, y  la celebración duró  toda  la noche. Harry  no  sabía  si  lo mejor  había  sido  cuando  Hermione  corrió  hacia  él gritando:  «¡Lo  has  conseguido!  ¡Lo has conseguido!»; o cuando Justin se levantó  de la  mesa  de Hufflepuff  y  se le  acercó veloz  para  estrecharle  la  mano  y disculparse  infinitamente  por  haber sospechado de  él; o cuando  Hagrid  llegó,  a las tres  y  media, y  dio  a Harry  y  a Ron unas  palmadas  tan  fuertes  en  los  hombros  que los tiró contra el  postre; o cuando  dieron  a  Gryffindor los  cuatrocientos puntos  ganados  por  él  y  Ron,  con  lo  que  se aseguraron  la  copa  de  las casas por  segundo año consecutivo;  o  cuando la profesora McGonagall se levantó para  anunciar  que  el  colegio,  como  obsequio a los alumnos, había decidido prescindir  de  los exámenes («¡Oh,  no!»,  exclamó Hermione); o  cuando Dumbledore anunció  que, por  desgracia,  el profesor  Lockhart no  podría  volver el  curso siguiente,  debido a que tenía  que  ingresar  en un  sanatorio  para  recuperar la  memoria.  Algunos de  los profesores se  unieron  al  grito  de  júbilo  con  el que los alumnos recibieron estas noticias.

—¡Qué pena!  —dijo  Ron,  cogiendo  una rosquilla  rellena  de  mermelada—. Estaba  empezando a caerme  bien.

El  resto del último  trimestre  transcurrió  bajo  un  sol  radiante  y  abrasador. Hogwarts  había  vuelto  a  la normalidad, con sólo unas pequeñas diferencias: las clases de  Defensa  Contra las Artes Oscuras se  habían  suspendido  («pero hemos  hecho  muchas prácticas»,  dijo  Ron a una  contrariada  Hermione) y Lucius Malfoy  había sido  expulsado del consejo escolar. Draco  ya  no  se pavoneaba  por el  colegio  como  si fuera  el  dueño.  Por  el  contrario,  parecía resentido y  enfurruñado.  Y  Ginny  Weasley  volvía a ser completamente  feliz.

Muy  pronto  llegó  el momento de  volver  a casa en  el expreso de  Hogwarts. Harry, Ron,  Hermione,  Fred, George  y  Ginny  tuvieron  todo  un  compartimento para ellos.  Aprovecharon al  máximo  las  últimas  horas  en  que  les  estaba permitido  hacer  magia  antes  de que comenzaran las  vacaciones. Jugaron al snap  explosivo, encendieron las últimas bengalas del doctor Filibuster  de George  y  Fred, y  jugaron  a desarmarse unos a otros mediante la  magia. Harry estaba  adquiriendo  en  esto  gran habilidad.

Estaban llegando a Kings  Cross cuando Harry  recordó algo.

—Ginny.., ¿qué  es lo  que le  viste  hacer  a  Percy,  que  no  quería  que  se  lo dijeras a  nadie?

—¡Ah, eso!  —dijo Ginny  con  una risita—.  Bueno,  es que  Percy  tiene novia.

A  Fred  se le cayeron los libros que  llevaba en  el  brazo.

—¿Qué?

—Es esa prefecta  de  Ravenclaw,  Penélope  Clearwater  —dijo  Ginny—.  Es a  ella a  quien estuvo  escribiendo  todo el  verano  pasado. Se  han estado  viendo en  secreto por todo  el colegio.  Un  día los descubrí besándose en un  aula vacía. Le  afectó  mucho  cuando  ella  fue..., ya  sabéis..., atacada.  No  os reiréis  de  él, ¿verdad? —añadió.

—Ni  se me  pasaría por la  cabeza  —dijo Fred,  que ponía una  cara  como  si faltase  muy  poco  para  su  cumpleaños.

—Por supuesto que  no  —corroboró George  con una risita.

El  expreso de Hogwarts  aminoró  la  marcha y  al final se detuvo.

Harry  sacó  la  pluma y  un  trozo  de  pergamino  y  se volvió a Ron y  Hermione.

—Esto es lo  que se  llama  un  número  de  teléfono  —dijo  Harry, escribiéndolo  dos  veces y  partiendo el pergamino en dos  para darles un número  a cada  uno—.  Tu padre ya  sabe cómo  se usa el  teléfono, porque el verano  pasado  se  lo  expliqué.  Llamadme  a  casa de los Dursley,  ¿vale? No podría aguantar otros dos meses  sin hablar con nadie más  que con Dudley...

—Pero  tus  tíos  estarán  muy  orgullosos de  ti,  ¿no?  —dijo Hermione  cuando salían  del  tren y  se metían  entre  la  multitud  que  iba  en  tropel  hacia la  barrera encantada—. ¿Y  cuando  se  enteren  de  lo  que  has  hecho  este  curso?

—¿Orgullosos? —dijo  Harry—.  ¿Estás loca? ¿Con  todas las oportunidades que tuve de morir, y  no  lo logré? Estarán  furiosos...

Y juntos atravesaron  la  verja hacia el  mundo  muggle.

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

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