miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo 16: La Cámara de los Secretos

—Con  la cantidad  de  veces que hemos estado  cerca  de  ella  en  los aseos  —dijo Ron con amargura durante el desayuno  del día siguiente—, y  no  se  nos  ocurrió preguntarle,  y  ahora ya  ves...

La  aventura  de  seguir a las arañas había  sido  muy  dura. Pero ahora,  burlar a los profesores para poder meterse en  un  lavabo  de chicas, pero  no  uno cualquiera, sino  el  que  estaba  junto al lugar en  que había ocurrido  el  primer ataque, les parecía  prácticamente imposible.

En  la  primera  clase  que  tuvieron, Transformaciones,  sin embargo, sucedió algo  que por  primera  vez  en  varias semanas les hizo  olvidar la  Cámara  de los Secretos.  A  los  diez  minutos  de  empezada la clase,  la profesora McGonagall les  dijo que  los exámenes comenzarían el 1 de junio,  y  sólo  faltaba  una semana.

—¿Exámenes? —aulló  Seamus  Finnigan—.  ¿Vamos a tener exámenes a pesar de  todo?

Sonó  un fuerte golpe detrás  de  Harry. A  Neville Longbottom  se le  había caído  la  varita mágica,  haciendo desaparecer una  de  las patas  del  pupitre. La profesora  McGonagall  volvió  a hacerla aparecer  con un movimiento  de  su varita y  se volvió  hacia  Seamus con  el  entrecejo  fruncido.

—El único propósito  de  mantener el  colegio  en  funcionamiento  en  estas circunstancias es el de  daros  una  educación  —dijo  con  severidad—. Los exámenes,  por lo tanto,  tendrán lugar como  de costumbre, y  confío  en que estéis  todos  estudiando  duro.

¡Estudiando  duro!  Nunca se le ocurrió a Harry  que pudiera haber exámenes  con el  castillo  en  aquel  estado. Se  oyeron  murmullos de disconformidad  en  toda  el aula, lo que  provocó  que la profesora McGonagall frunciera  el  entrecejo  aún  más.

—Las instrucciones del profesor  Dumbledore fueron  que  el  colegio prosiguiera su marcha  con  toda  la  normalidad  posible  —dijo  ella—. Y  eso, no necesito  explicarlo, incluye  comprobar  cuánto  habéis aprendido este  curso.

Harry  contempló el par  de  conejos  blancos  que tenía  que  convertir en zapatillas.  ¿Qué había aprendido  durante  aquel curso? No  le  venía  a  la  cabeza ni  una sola  cosa que  pudiera resultar  útil  en un  examen.

En  cuanto a Ron,  parecía como  si  le  acabaran  de  decir  que  tenía  que  irse  a vivir  al  bosque prohibido.

—¿Te  parece  que puedo  hacer los exámenes  con  esto? —preguntó a Harry, levantando su varita, que se había puesto  a pitar.

Tres  días  antes  del  primer  examen,  durante  el  desayuno,  la  profesora McGonagall  hizo  otro  anuncio  a  la  clase.

—Tengo  buenas  noticias  —dijo,  y  el Gran Comedor, en lugar de  quedar en silencio, estalló  en  alborozo.

—¡Vuelve Dumbledore!  —dijeron  varios, entusiasmados.

—¡Han atrapado al  heredero  de Slytherin!  —gritó  una  chica  desde  la  mesa de  Ravenclaw.

—¡Vuelven  los  partidos  de  quidditch!  —rugió  Wood  emocionado.

Cuando se  calmó  el  alboroto, dijo  la  profesora  McGonagall:

—La  profesora Sprout me  ha informado de  que las mandrágoras ya  están listas  para  ser  cortadas.  Esta  noche  podremos revivir a las personas petrificadas.  Creo  que  no  hace falta  recordaros  que alguno de ellos quizá pueda decirnos  quién,  o qué, los atacó.  Tengo la esperanza  de  que este horroroso curso  acabe  con la captura  del culpable.

Hubo una  explosión  de  alegría.  Harry  miró a  la  mesa  de  Slytherin y  no  le sorprendió  ver que Draco Malfoy  no  participaba  de ella.  Ron, sin  embargo, parecía más feliz  que  en  ningún  otro momento de los  últimos días.

—¡Siendo así,  no tendremos  que preguntarle a  Myrtle!  —dijo  a  Harry—. ¡Hermione  tendrá  la  respuesta  cuando  la  despierten!  Aunque se volverá loca cuando se entere  de  que sólo quedan  tres días  para el comienzo de los exámenes.  No  ha  podido  estudiar. Sería más  amable  por  nuestra  parte  dejarla como  está  hasta que hubieran terminado.

En  aquel  mismo instante, Ginny  Weasley  se acercó y  se  sentó  junto  a  Ron. Parecía  tensa y  nerviosa,  y  Harry  vio que se  retorcía  las manos  en  el regazo.

—¿Qué pasa?  —le  preguntó  Ron, sirviéndose más gachas  de  avena.

Ginny  no  dijo  nada,  pero  miró  la mesa de  Gryffindor de  un  lado  a otro  con una  expresión  asustada  que  a  Harry  le recordaba a  alguien,  aunque no  sabía a quién.

—Suéltalo  ya  —le  dijo  Ron, mirándola.

Harry  comprendió  entonces a  quién  le recordaba Ginny  Se  balanceaba ligeramente hacia  atrás y  hacia  delante en la  silla,  exactamente  igual  que  lo hacía  Dobby  cuando  estaba  a punto  de  revelar  información prohibida.

—Tengo  algo  que deciros —masculló  Ginny,  evitando mirar directamente a Harry.

—¿Qué es? —preguntó Harry

Parecía  como  si Ginny  no pudiera  encontrar  las palabras  adecuadas.

—¿Qué? —apremió  Ron.

Ginny  abrió la boca,  pero  no  salió  de  ella  ningún  sonido.  Harry  se inclinó hacia delante y  habló en voz  baja, para que sólo  le  pudieran  oír Ron y  Ginny.

—¿Tiene  que  ver  con la  Cámara  de los Secretos? ¿Has  visto  algo  o a alguien haciendo cosas sospechosas?

Ginny  cogió  aire, y  en  aquel  preciso  momento  apareció  Percy  Weasley, pálido y  fatigado.

—Si has acabado de  comer, me  sentaré  en  tu sitio, Ginny. Estoy  muerto  de hambre. Acabo de  terminar la  ronda.

Ginny  saltó  de  la  silla como  si le hubiera  dado la corriente, echó  a  Percy una mirada  breve  y  aterrorizada, y  salió corriendo. Percy  se  sentó  y  cogió  una jarra del centro  de  la mesa.

—¡Percy!  —dijo Ron enfadado—. ¡Estaba a punto de  contarnos algo importante!

Percy  se atragantó en medio de un  sorbo de  té.

—¿Qué era eso tan importante?  —preguntó, tosiendo.

—Yo le  acababa de  preguntar si  había  visto algo raro, y  ella  se disponía a decir...

—¡Ah,  eso!  No  tiene nada que ver con la  Cámara de  los  Secretos  —dijo Percy

—¿Cómo lo  sabes?  —dijo Ron,  arqueando  las cejas.

—Bueno,  si  es imprescindible  que  te lo  diga...  Ginny, esto..., me  encontró el  otro  día  cuando  yo  estaba...  Bueno, no importa, el  caso es  que...  ella  me  vio hacer algo  y  yo,  hum, le  pedí que  no  se lo  dijera  a  nadie.  Yo  creía  que mantendría su palabra.  No  es  nada, de verdad, pero  preferiría...

Harry  nunca había visto a Percy  pasando semejante apuro.

—¿Qué  hacías,  Percy?  —preguntó Ron,  sonriendo—.  Vamos,  dínoslo,  no nos reiremos.

Percy  no devolvió  la sonrisa.

—Pásame esos bollos, Harry  me  muero de hambre.

Harry  sabía que todo  el  misterio  podría  resolverse al  día siguiente  sin  la  ayuda de  Myrtle,  pero,  si  se presentaba, no  dejaría escapar  la  oportunidad de  hablar con  ella.  Y  afortunadamente se presentó,  a  media  mañana,  cuando  Gilderoy

Lockhart les conducía al aula de Historia de  la  Magia. Lockhart,  que tan a menudo  les había  asegurado que todo el  peligro  ya había  pasado,  sólo  para  que se demostrara enseguida  que  estaba equivocado, estaba  ahora  plenamente  convencido  de  que no  valía la  pena acompañar a los alumnos por los pasillos. No  llevaba  el  pelo  tan acicalado  como  de  costumbre, y  parecía como  si hubiera  estado  levantado  casi  toda  la  noche, haciendo guardia  en  el cuarto  piso.

—Recordad  mis  palabras —dijo,  doblando  con ellos una esquina—: lo primero que  dirán las  bocas  de  esos pobres  petrificados  será: «Fue  Hagrid.» Francamente,  me  asombra que  la profesora  McGonagall  juzgue  necesarias todas estas medidas de  seguridad.

—Estoy  de acuerdo,  señor —dijo Harry, y  a Ron  se  le cayeron  los libros,  de la  sorpresa.

—Gracias,  Harry  —dijo Lockhart cortésmente, mientras esperaban  que acabara de  pasar  una larga  hilera  de  alumnos  de  Hufflepuff—. Nosotros  los profesores tenemos cosas mucho  más importantes  que hacer  que  acompañar a los  alumnos por los pasillos y  quedarnos de  guardia toda la  noche...

—Es verdad  —dijo Ron,  comprensivo—.  ¿Por qué no nos  deja  aquí, señor? Sólo  nos queda este pasillo.

—¿Sabes,  Weasley?  Creo que tienes razón  —respondió  Lockhart—.  La verdad  es  que  debería  ir  a  preparar  mi  próxima  clase.

Y salió  apresuradamente.

—A  preparar  su próxima clase  —dijo Ron con sorna—. A  ondularse  el cabello, más bien.

Dejaron que  el  resto  de  la  clase  pasara  delante  y  luego  enfilaron  por  un pasillo  lateral  y  corrieron  hacia los aseos  de Myrtle  la  Llorona. Pero  cuando ya se felicitaban uno al  otro  por su brillante idea...

—¡Potter!  ¡Weasley!  ¿Qué  estáis  haciendo?

Era la  profesora McGonagall,  y  tenía los labios  más  apretados  que nunca.

—Estábamos...  estábamos...  —balbució Ron—.  Íbamos a ver...

—A  Hermione  —dijo Harry. Tanto Ron  como  la profesora McGonagall  lo miraron—.  Hace  mucho que no la  vemos, profesora —continuó Harry,  hablando deprisa y  pisando a Ron en  el pie—, y  pretendíamos  colarnos  en  la  enfermería, ya  sabe,  y  decirle  que  las  mandrágoras ya  están  casi listas  y,  bueno, que  no  se preocupara.

La  profesora McGonagall seguía mirándolo, y  por  un  momento,  Harry pensó que iba a estallar de  furia,  pero cuando  habló lo  hizo  con  una  voz  ronca, poco habitual en  ella.

—Naturalmente —dijo, y  Harry  vio,  sorprendido,  que brillaba una lágrima en  uno  de  sus  ojos, redondos y  vivos—.  Naturalmente, comprendo que todo esto ha  sido más  duro  para los amigos  de los que están... Lo  comprendo perfectamente.  Sí, Potter, claro que  podéis ver  a  la  señorita  Granger.  Informaré al  profesor  Binns de  dónde  habéis ido. Decidle a  la  señora  Pomfrey  que  os  he dado permiso.

Harry  y  Ron se  alejaron,  sin  atreverse  a creer que se  hubieran  librado  del castigo. Al  doblar  la esquina, oyeron  claramente a la  profesora McGonagall sonarse la nariz.

—Ésa —dijo Ron  emocionado— ha  sido  la  mejor historia  que has inventado  nunca.

No  tenían  otra  opción  que ir  a  la  enfermería  y  decir a  la  señora  Pomfrey que la profesora McGonagall les  había dado permiso para  visitar a Hermione.

La  señora Pomfrey  los  dejó  entrar,  pero a regañadientes.

—No  sirve  de  nada  hablar a alguien  petrificado  —les  dijo,  y  ellos, al sentarse  al  lado  de  Hermione, tuvieron  que  admitir  que tenía razón.  Era evidente  que  Hermione no  tenía la  más remota  idea  de  que tenía  visitas, y  que lo  mismo  daría que  lo de que  no  se  preocupara  se  lo  dijeran a  la  mesilla de noche.

—¿Vería  al  atacante?  —preguntó Ron, mirando con tristeza  el  rostro  rígido de  Hermione—. Porque  si  se  apareció  sigilosamente,  quizá  no  viera  a  nadie...

Pero  Harry  no miraba  el rostro de  Hermione, porque se  había fijado  en  que su  mano  derecha, apretada encima  de  las mantas,  aferraba en  el puño un  trozo de  papel  estrujado.

Asegurándose  de  que  la  señora  Pomfrey  no  estaba  cerca, se  lo  señaló  a Ron.

—Intenta sacárselo —susurró  Ron, corriendo su  silla  para  ocultar a  Harry de  la  vista de la señora Pomfrey.

No  fue  una  tarea  fácil. La  mano  de  Hermione  apretaba  con  tal  fuerza  el papel  que Harry  creía que al  tirar se rompería.  Mientras Ron lo  cubría, él tiraba y  forcejeaba, y,  al  fin,  después  de  varios minutos  de  tensión,  el  papel salió.

Era  una  página  arrancada  de  un  libro  muy  viejo.  Harry  la alisó con emoción y  Ron se inclinó para  leerla  también.

De  las muchas bestias pavorosas y monstruos terribles  que  vagan  por nuestra  tierra,  no  hay  ninguna más sorprendente ni más letal que el basilisco, conocido  como  el  rey de  las serpientes. Esta  serpiente,  que puede  alcanzar un tamaño  gigantesco  y cuya vida  dura varios  siglos, nace  de  un  huevo  de  gallina empollado  por un  sapo. Sus métodos de matar  son  de  lo  más extraordinario,  pues además  de  sus colmillos mortalmente  venenosos,  el  basilisco mata con  la mirada, y  todos cuantos fijaren su vista en el  brillo de  sus ojos  han  de  sufrir  instantánea muerte. Las arañas huyen del basilisco, pues es  éste  su  mortal enemigo,  y el  basilisco huye  sólo  del  canto del  gallo,  que  para  él  es mortal.

Y  debajo  de  esto,  había escrita una sola  palabra,  con una letra que Harry reconoció  como  la de  Hermione: «Cañerías.»

Fue como  si  alguien hubiera encendido  la luz  de  repente en su cerebro.

—Ron  —musitó—. ¡Esto  es!  Aquí está  la respuesta. El  monstruo  de  la cámara  es  un  basilisco, ¡una  serpiente  gigante!  Por  eso  he  oído  a  veces  esa voz  por todo el  colegio, y  nadie más la  ha oído:  porque  yo  comprendo la  lengua pársel...

Harry  miró  las camas que había a su alrededor.

—El  basilisco  mata  a  la  gente con  la mirada. Pero no  ha  muerto nadie. Porque ninguno  de  ellos  lo  miró  directo  a los ojos. Colin lo  vio  a  través de  su cámara  de  fotos. El  basilisco  quemó  toda  la  película  que había dentro, pero a Colin  sólo  lo  petrificó.  Justin...  ¡Justin debe de  haber  visto al  basilisco a  través de  Nick  Casi Decapitado!  Nick lo vería  perfectamente,  pero no  podía  morir otra vez...  Y  a  Hermione  y  la  prefecta de  Ravenclaw  las hallaron con  aquel espejo al lado. Hermione acababa de  enterarse  de que  el  monstruo  era  un  basilisco.  ¡Me apostaría  algo  a que ella le  advirtió a  la primera  persona  a la  que encontró que mirara  por  un  espejo antes de  doblar  las esquinas!  Y  entonces sacó el  espejo y...

Ron se había quedado con  la boca abierta.

—¿Y la  Señora Norris? —susurró con interés.

Harry  hizo  un  gran  esfuerzo  para concentrarse, recordando la  imagen  de  la noche de Halloween.

—El  agua...,  la  inundación que  venía de los aseos de  Myrtle  la  Llorona. Seguro que  la  Señora Norris  sólo  vio el  reflejo...

Con  impaciencia,  examinó  la  hoja que tenía en la  mano. Cuanto más la miraba más sentido le hallaba.

—¡El  canto del gallo  para  él  es  mortal!  —leyó en  voz alta—.  ¡Mató  a  los gallos  de  Hagrid!  El  heredero de Slytherin  no  quería que  hubiera  ninguno cuando  se abriera  la  Cámara  de  los Secretos.  ¡Las  arañas huyen de  él!  ¡Todo encaja!

—Pero  ¿cómo  se mueve el  basilisco  por el  castillo?  —dijo Ron—. Una serpiente asquerosa...  alguien  tendría que  verla...

Harry,  sin  embargo,  le señaló la  palabra que Hermione  había  garabateado al  pie de la  página.

—Cañerías  —leyó—. Cañerías... Ha  estado  usando  las cañerías,  Ron.  Y yo  he oído  esa voz  dentro de  las paredes...
De  pronto, Ron cogió a Harry  del brazo.

—¡La  entrada  de la  Cámara de los Secretos!  —dijo  con  la voz  quebrada—. ¿Y  si  es  uno  de  los aseos?  ¿Y  si  estuviera  en...?  

—...  los aseos de Myrtle  la  Llorona  —terminó  Harry

Durante  un  rato  se quedaron inmóviles,  embargados por  la  emoción, sin poder creérselo apenas.

—Esto  quiere  decir  —añadió  Harry— que no  debo  de ser el único  que habla  pársel  en  el  colegio. El  heredero  de  Slytherin  también  lo  hace. De  esa forma domina  al  basilisco.

—¿Qué hacemos? ¿Vamos directamente a hablar  con  McGonagall?

—Vamos  a  la  sala  de  profesores  —dijo Harry,  levantándose de  un salto—. Irá allí  dentro  de  diez  minutos, ya  es  casi el recreo.

Bajaron  las  escaleras  corriendo.  Como  no  querían que los volvieran  a encontrar  merodeando  por  otro pasillo, fueron  directamente a la  sala  de profesores,  que  estaba  desierta. Era una  sala  amplia con  una  gran mesa y muchas  sillas alrededor.  Harry  y  Ron caminaron  por ella, pero  estaban demasiado  nerviosos para  sentarse.

Pero  la campana  que  señalaba  el comienzo  del  recreo  no  sonó.  En  su lugar  se  oyó  la  voz  de  la  profesora McGonagall, amplificada por  medios mágicos.

—Todos  los  alumnos  volverán inmediatamente a los dormitorios de  sus respectivas casas. Los profesores deben dirigirse a  la  sala  de  profesores. Les ruego  que  se  den  prisa.

Harry  se dio la vuelta hacia  Ron.

—¿Habrá habido otro ataque? ¿Precisamente  ahora?

—¿Qué hacemos? —dijo Ron,  aterrorizado—.  ¿Regresamos al  dormitorio?

—No  —dijo Harry, mirando alrededor.  Había  una especie  de  ropero  a  su izquierda, lleno de  capas de  profesores—. Si  nos  escondemos  aquí,  podremos enterarnos de  qué ha  pasado.  Luego  les diremos lo que hemos averiguado.

Se  ocultaron dentro del  ropero.  Oían el ruido  de  cientos  de  personas que pasaban  por el corredor.  La  puerta de  la  sala  de  profesores se  abrió  de  golpe. Por  entre  los pliegues de las capas, que olían a humedad,  vieron a  los profesores que iban entrando en  la sala. Algunos parecían  desconcertados, otros claramente preocupados.  Al  final llegó  la profesora  McGonagall.

—Ha  sucedido  —dijo a la sala,  que la escuchaba  en  silencio—.  Una alumna  ha  sido raptada por el monstruo.  Se  la  ha llevado  a  la  cámara.

El  profesor  Flitwick  dejó  escapar un grito.  La profesora Sprout se tapó  la boca con las manos. Snape se cogió con fuerza  al respaldo  de  una  silla  y preguntó:

—¿Está  usted  segura?

—El heredero de Slytherin  —dijo la profesora  McGonagall,  que estaba pálida— ha dejado un  nuevo mensaje, debajo del  primero:  «Sus  huesos reposarán  en  la  cámara  por  siempre.»

El  profesor Flitwick derramó  unas  cuantas lágrimas.

—¿Quién  ha sido? —preguntó la señora  Hooch,  que se  había  sentado  en una silla porque las rodillas  no  la sostenían—.  ¿Qué alumna?

—Ginny  Weasley  —dijo la  profesora McGonagall.  

Harry  notó que  Ron se dejaba  caer en  silencio  y  se quedaba agachado sobre el suelo del  ropero.

—Tendremos  que  enviar a  todos los  estudiantes  a  casa  mañana —dijo  la profesora  McGonagall—.  Éste  es  el fin de Hogwarts.  Dumbledore siempre dijo...

La  puerta  de  la  sala  de  profesores se abrió  bruscamente. Por un momento, Harry  estuvo  convencido de  que  era  Dumbledore.  Pero era  Lockhart,  y  llegaba sonriendo.

—Lo lamento...,  me  quedé dormido...  ¿Me he  perdido algo  importante?

No  parecía  darse  cuenta  de que los demás profesores lo  miraban  con  una expresión  bastante cercana al odio. Snape dio  un  paso hacia delante.

—He  aquí el hombre  —dijo—. El  hombre  adecuado.  El  monstruo  ha raptado a  una chica, Lockhart.  Se la  ha  llevado  a  la  Cámara  de  los Secretos. Por fin ha  llegado tu oportunidad.

Lockhart palideció.

—Así  es,  Gilderoy  —intervino la  profesora  Sprout—. ¿No  decías  anoche que sabías dónde estaba  la entrada  a la  Cámara de  los Secretos?

—Yo..., bueno,  yo... —resopló Lockhart.

—Sí,  ¿y  no  me  dijiste  que  sabías con seguridad qué era  lo que había dentro?  —añadió  el  profesor  Flitwick.

—¿Yo...? No recuerdo...

—Ciertamente,  yo  sí  recuerdo que lamentabas no  haber tenido  una oportunidad  de  enfrentarte  al  monstruo antes de  que arrestaran  a Hagrid —dijo Snape—. ¿No  decías  que  el  asunto se  había  llevado  mal,  y  que  deberíamos haberlo  dejado todo  en  tus manos desde  el principio?

Lockhart miró los rostros pétreos de  sus colegas.

—Yo..., yo  nunca  realmente...  Debéis de haberme  interpretado mal...

—Lo  dejaremos todo  en  tus manos, Gilderoy  —dijo  la  profesora McGonagall—.  Esta  noche  será una ocasión excelente para  llevarlo a  cabo. Nos aseguraremos de  que  nadie te moleste. Podrás  enfrentarte  al  monstruo  tú mismo.  Por fin está en  tus manos.

Lockhart  miró  en  torno,  desesperado,  pero nadie acudió en su auxilio. Ya no  resultaba  tan  atractivo.  Le  temblaba  el  labio, y  en  ausencia  de  su  sonrisa radiante, parecía  flojo y  debilucho.

—Mu-muy bien  —dijo—.  Estaré  en  mi  despacho, pre-preparándome.

Y salió  de  la sala.

—Bien —dijo la  profesora McGonagall,  resoplando—, eso nos lo quitará  de delante. Los Jefes de  las Casas deberían ir  ahora  a  informar  a  los  alumnos  de lo  ocurrido. Decidles  que  el  expreso de  Hogwarts  los  conducirá  a  sus  hogares mañana  a  primera  hora de  la mañana. A  los  demás  os  ruego  que  os  encarguéis de  aseguraros de que no haya  ningún alumno fuera  de  los dormitorios.

Los  profesores se levantaron  y  fueron  saliendo de uno en  uno.

Aquél fue, seguramente,  el  peor día  de  la vida  de  Harry.  Él,  Ron,  Fred  y  George se sentaron  juntos  en  un  rincón  de la  sala  común  de  Gryffindor, incapaces  de pronunciar palabra.  Percy  no estaba  con ellos. Había  enviado  una  lechuza  a sus padres y  luego se había  encerrado en su dormitorio.

Ninguna tarde había  sido  tan  larga  como  aquélla, y  nunca  la  torre  de Gryffindor había  estado tan llena de  gente y  tan  silenciosa a la  vez.  Cuando faltaba  poco para  la  puesta de  sol,  Fred  y  George  se  fueron  a  la  cama, incapaces  de  permanecer allí  sentados más tiempo.

—Ella  sabía  algo,  Harry  —dijo Ron,  hablando por primera  vez  desde  que entraran en  el ropero de  la sala  de  profesores—.  Por  eso  la  han  raptado.  No  se trataba  de ninguna estupidez  sobre  Percy;  había  averiguado algo  sobre  la  Cámara  de  los  Secretos.  Debe  de  ser por eso,  porque ella era... —Ron  se frotó  los ojos frenético—. Quiero  decir,  que  es  de  sangre  limpia.  No  puede  haber  otra razón.

Harry  veía el  sol,  rojo  como  la sangre,  hundirse  en el  horizonte. Nunca  se había  sentido  tan  mal. Si  pudiera  hacer algo...,  cualquier  cosa...

—Harry  —dijo Ron—,  ¿crees  que existe alguna posibilidad  de  que ella  no esté...?  Ya  sabes a lo que me  refiero. —Harry  no  supo  qué contestar. No  creía que pudiera  seguir  viva—. ¿Sabes qué?  —añadió Ron—. Deberíamos  ir a  ver a  Lockhart para  decirle  lo que  sabemos.  Va  a intentar entrar  en  la  cámara. Podemos  decirle  dónde sospechamos que  está la entrada  y  explicarle que lo  que  hay  dentro  es  un basilisco.

Harry  se  mostró  de  acuerdo, porque  no  se  le  ocurría nada  mejor y  quería hacer algo. Los demás alumnos de Gryffindor estaban tan  tristes,  y  sentían tanta  pena de  los  Weasley,  que  nadie  trató de  detenerlos  cuando  se  levantaron,  cruzaron  la sala  y  salieron  por el  agujero del  retrato.

Oscurecía mientras  se acercaban al despacho  de  Lockhart.  Les dio la impresión  de  que  dentro  había  gran  actividad: podían oír sonido  de  roces, golpes  y  pasos  apresurados.

Harry  llamó.  Dentro se hizo  un  repentino silencio.  Luego  la  puerta  se entreabrió  y  Lockhart  asomó un ojo  por la rendija.

—¡Ah...!  Señor  Potter, señor Weasley...  —dijo, abriendo la  puerta un  poco más—.  En  este  momento estaba  muy  ocupado. Si  os dais prisa...

—Profesor,  tenemos  información  para usted —dijo Harry—.  Creemos  que le  será  útil.

—Ah..., bueno..., no es  muy..  —Lockhart  parecía  encontrarse  muy incómodo,  a  juzgar por  el  trozo  de  cara que veían—.  Quiero decir,  bueno,  bien.

Abrió la puerta  y  entraron.

El  despacho  estaba  casi completamente  vacío. En  el  suelo había  dos grandes  baúles  abiertos.  Uno  contenía túnicas de color  verde jade,  lila y  azul medianoche, dobladas  con precipitación; el  otro, libros  mezclados desordenadamente.

Las fotografías que  habían cubierto  las paredes estaban  ahora guardadas en  cajas encima de la  mesa.

—¿Se va a algún lado?  —preguntó Harry.

—Esto..., bueno, sí...  —admitió Lockhart,  arrancando  un  póster  de  sí mismo  de tamaño  natural y  comenzando a enrollarlo—. Una  llamada  urgente..., insoslayable...,  tengo que marchar...

—¿Y mi hermana? —preguntó Ron con voz  entrecortada.

—Bueno, en  cuanto  a eso... es ciertamente lamentable  —dijo  Lockhart, evitando mirarlo a los ojos  mientras sacaba  un  cajón y  empezaba  a vaciar  el contenido  en  una  bolsa—.  Nadie lo lamenta más.  que yo...

—¡Usted  es  el  profesor  de  Defensa  Contra  las  Artes  Oscuras!  —dijo Harry—. ¡No puede irse ahora!  ¡Con  todas las  cosas  oscuras  que  están pasando!

—Bueno, he  de  decir que...  cuando acepté  el  empleo...  —murmuró Lockhart,  amontonando calcetines  sobre  las  túnicas— no  constaba nada  en  el contrato... Yo  no  esperaba...

—¿Quiere  decir que va  a salir corriendo? —dijo Harry  sin poder creérselo—. ¿Después de  todo  lo  que  cuenta  en  sus libros?

—Los  libros pueden ser mal interpretados —repuso Lockhart  con sutileza.

—¡Usted  los ha  escrito!  —gritó  Harry.

—Muchacho —dijo Lockhart,  irguiéndose  y  mirando a Harry  con  el entrecejo  fruncido—, usa  el  sentido común. No  habría  vendido  mis libros  ni  la mitad  de bien si  la gente no  se hubiera creído que yo  hice todas esas  cosas.  A nadie  le interesa la  historia  de un  mago armenio feo y  viejo,  aunque  librara de los hombres lobo a  un pueblo. Habría  quedado  horrible  en la  portada.  No  tenía ningún gusto vistiendo. Y  la bruja que  echó a la  banshee  que presagiaba  la muerte  tenía  un  labio  leporino.  Quiero  decir...,  vamos,  que...

—¿Así  que usted se  ha  estado  llevando  la  gloria  de  lo  que ha  hecho  otra gente? —dijo Harry,  que  no  daba  crédito a lo  que oía.

—Harry,  Harry  —dijo Lockhart,  negando  con la  cabeza—, no es tan simple. Tuve  que hacer un  gran trabajo.  Tuve  que encontrar a  esas personas, preguntarles  cómo  lo  habían hecho  exactamente y  encantarlos con el  embrujo desmemorizante  para  que no pudieran recordar nada.  Si  hay  algo  que me  llena de  orgullo son mis embrujos desmemorizantes. Ah..., me  ha  llevado  mucho esfuerzo,  Harry.  No  todo  consiste  en  firmar libros  y  fotos publicitarias.  Si quieres  ser  famoso,  tienes  que  estar dispuesto  a  trabajar  duro.

Cerró las tapas de  los baúles y  les echó  la  llave.

—Veamos —dijo—.  Creo que eso es todo. Sí. Sólo  queda un detalle.

Sacó  su  varita mágica  y  se  volvió  hacia  ellos.

—Lo  lamento profundamente,  muchachos, pero ahora  os  tengo  que  echar uno  de  mis embrujos  desmemorizantes.  No  puedo  permitir que  reveléis  a todo el  mundo  mis secretos. No  volvería  a  vender  ni  un  solo  libro...

Harry  sacó su  varita  justo  a tiempo. Lockhart apenas había  alzado  la suya cuando Harry  gritó:

—¡Expelliarmus!

Lockhart  salió  despedido  hacia  atrás y  cayó  sobre uno  de  los baúles. La varita  voló por el  aire. Ron  la  cogió  y  la  tiró  por la ventana.

—No  debería haber permitido  que  el profesor  Snape nos enseñara esto  — dijo Harry  furioso, apartando  el  baúl a  un  lado  de  una  patada. Lockhart  lo miraba, otra vez  con aspecto  desvalido. Harry  lo  apuntaba con la  varita.

—¿Qué  queréis  que haga  yo?  —dijo  Lockhart  con  voz  débil—. No  sé dónde está la  Cámara  de  los Secretos. No puedo  hacer nada.

—Tiene  suerte —dijo Harry,  obligándole  a  levantarse  a punta  de  varita—. Creo  que nosotros sí  sabemos dónde está. Y  qué es lo  que hay  dentro.  Vamos.

Hicieron  salir a  Lockhart  de su despacho, descendieron por las escaleras más  cercanas  y  fueron  por  el  largo corredor de  los mensajes en  la pared, hasta la  puerta de los  aseos de  Myrtle  la  Llorona.

Hicieron  pasar a Lockhart delante.  A  Harry  le  hizo  gracia  que temblara.

Myrtle  la  Llorona  estaba  sentada  sobre  la  cisterna  del  último  retrete.

—¡Ah, eres tú!  —dijo ella, al ver a Harry—.  ¿Qué quieres esta vez?

—Preguntarte cómo  moriste  —dijo Harry. El  aspecto de Myrtle  cambió  de  repente.  Parecía  como  si nunca  hubiera oído  una pregunta que la halagara tanto.

—¡Oooooooh,  fue horrible!  —dijo  encantada—. Sucedió  aquí  mismo.  Morí en  este  mismo  retrete.  Lo  recuerdo perfectamente.  Me  había escondido porque Olive  Hornby  se  reía  de  mis gafas. La puerta estaba cerrada y  yo  lloraba, y entonces  oí  que  entraba  alguien.  Decían  algo raro.  Pienso que debían  de  estar hablando en  una  lengua  extraña. De  cualquier manera,  lo  que  de  verdad  me llamó la atención  es que  era un chico  el  que  hablaba. Así que  abrí  la  puerta para decirle que se fuera  y  utilizara  sus aseos,  pero  entonces...  —Myrtle  estaba henchida de orgullo,  el  rostro  iluminado— me  morí.

—¿Cómo? —preguntó Harry.

—Ni  idea  —dijo Myrtle  en voz  muy  baja—. Sólo  recuerdo  haber visto unos grandes  ojos amarillos. Todo  mi  cuerpo quedó  como  paralizado,  y  luego  me  fui flotando...  —dirigió  a  Harry  una mirada ensoñadora—. Y  luego regresé. Estaba decidida a hacerle un embrujo a Olive Hornby. Ah, pero ella  estaba  arrepentida de  haberse  reído de mis gafas.

—¿Exactamente  dónde  viste  los  ojos?  —preguntó  Harry

—Por  ahí —contestó  Myrtle,  señalando vagamente  hacia  el lavabo  que había enfrente de  su  retrete.

Harry  y  Ron  se  acercaron  a  toda  prisa. Lockhart  se quedó  atrás, con una mirada  de  profundo  terror en  el  rostro.

Parecía  un  lavabo  normal. Examinaron  cada  centímetro  de  su  superficie, por  dentro  y  por  fuera,  incluyendo las cañerías  de  debajo.  Y  entonces  Harry  lo vio:  había  una diminuta serpiente  grabada en  un  lado  de  uno  de  los  grifos  de cobre.

—Ese grifo no  ha  funcionado  nunca  —dijo  Myrtle  con  alegría, cuando intentaron accionarlo.

—Harry  —dijo Ron—, di algo. Algo en  lengua  pársel.

—Pero...  —Harry  hizo  un  esfuerzo. Las únicas ocasiones en que había logrado  hablar en  lengua  pársel  estaba  delante  de una verdadera serpiente. Se concentró en la diminuta  figura, intentando  imaginar que era una  serpiente de verdad.

—Ábrete  —dijo.

Miró  a Ron,  que negaba con la cabeza.

—Lo has  dicho  en  nuestra  lengua  —explicó.

Harry  volvió  a mirar a  la serpiente, intentando  imaginarse  que  estaba  viva. Al  mover la  cabeza, la luz  de  la vela  producía la  sensación de que la  serpiente se movía.

—Ábrete —repitió.

Pero  ya  no  había pronunciado  palabras, sino  que  había salido  de él  un extraño  silbido,  y  de  repente el  grifo brilló  con una  luz  blanca y  comenzó a girar. Al  cabo  de un  segundo, el lavabo  empezó  a moverse. El  lavabo,  de  hecho,  se hundió,  desapareció,  dejando a  la  vista  una  tubería  grande, lo  bastante  ancha para meter un hombre dentro.

Harry  oyó  que Ron  exhalaba  un  grito ahogado  y  levantó la vista. Estaba planeando  qué era  lo  que había que  hacer.

—Bajaré por él  —dijo.

No  podía echarse  atrás, ahora  que  habían encontrado  la  entrada  de  la cámara.  No podía desistir si  existía la  más ligera, la más remota posibilidad de que Ginny  estuviera viva.

—Yo también —dijo Ron.

Hubo una  pausa.

—Bien,  creo  que  no  os  hago falta —dijo Lockhart,  con  una  reminiscencia de  su  antigua  sonrisa—. Así  que  me...

Puso  la  mano  en  el  pomo  de la  puerta,  pero tanto  Ron  como  Harry  lo apuntaron  con sus varitas.

—Usted  bajará  delante  —gruñó  Ron.

Con la  cara completamente blanca  y  desprovisto  de  varita,  Lockhart  se acercó a la abertura.

—Muchachos —dijo con  voz  débil—,  muchachos,  ¿de  qué va a servir?

Harry  le  pegó en  la  espalda  con  su varita. Lockhart metió las piernas  en la tubería.

—No  creo  realmente...  —empezó a decir, pero  Ron  le  dio  un  empujón,  y  se hundió  tubería abajo. Harry  se  apresuró a  seguirlo. Se  metió  en  la  tubería  y  se dejó caer.

Era como  tirarse por un tobogán interminable,  viscoso y  oscuro. Podía  ver otras  tuberías que surgían como  ramas en  todas las  direcciones,  pero ninguna era  tan larga como  aquella por la  que  iban, que  se curvaba y  retorcía,  descendiendo súbitamente. Calculaba que  ya  estaban  por debajo  incluso  de  las mazmorras del castillo. Detrás  de él  podía oír a  Ron, que  hacía  un  ruido  sordo al  doblar las  curvas.

Y  entonces,  cuando se empezaba a preguntar  qué sucedería  cuando llegara al  final, la  tubería  tomó  una  dirección  horizontal,  y  él  cayó  del  extremo del  tubo  al húmedo suelo  de  un oscuro  túnel de  piedra, lo  bastante  alto  para poder  estar  de  pie.  Lockhart  se  estaba incorporando un  poco  más allá, cubierto de  barro  y  blanco  como  un  fantasma. Harry  se  hizo  a  un lado  y  Ron salió también del tubo  como  una bala.

—Debemos  encontrarnos  a  kilómetros de  distancia del colegio —dijo Harry,  y  su  voz  resonaba  en  el  negro  túnel.

—Y debajo  del  lago, quizá —dijo Ron, afinando  la vista  para vislumbrar los muros negruzcos y  llenos  de  barro.

Los  tres intentaron ver en  la  oscuridad lo  que había delante.

—¡Lumos!  —ordenó Harry  a su varita,  y  la  lucecita  se  encendió  de  nuevo— Vamos  —dijo a Ron y  a Lockhart,  y  comenzaron a  andar.  Sus pasos retumbaban  en  el húmedo  suelo.

El  túnel  estaba  tan  oscuro  que  sólo  podían  ver a  corta distancia. Sus sombras,  proyectadas  en  las  húmedas paredes  por la  luz  de  la varita, parecían figuras monstruosas.

—Recordad  —dijo Harry  en  voz  baja,  mientras  caminaban con cautela—: al  menor signo de movimiento,  hay  que cerrar los  ojos inmediatamente.

Pero  el túnel  estaba  tranquilo  como  una tumba, y  el  primer  sonido inesperado  que  oyeron  fue  cuando Ron pisó  el cráneo  de  una  rata.  Harry  bajó la  varita para alumbrar el  suelo y  vio  que  estaba  repleto  de  huesos  de pequeños animales. Haciendo un  esfuerzo  para  no  imaginarse el  aspecto  que podría  presentar  Ginny  si  la  encontraban, Harry  fue marcándoles el  camino. Doblaron una  oscura curva.

—Harry,  ahí  hay  algo...  —dijo  Ron con la  voz  ronca, cogiendo a Harry  por el  hombro.

Se  quedaron  quietos,  mirando. Harry  podía  ver tan  sólo  la  silueta de  una cosa  grande  y  encorvada  que  yacía  de  un  lado  a  otro  del  túnel.  No  se  movía.

—Quizás  esté dormido —musitó,  volviéndose a  mirar a  los  otros dos. Lockhart se tapaba los ojos  con las  manos.  Harry  volvió  a  mirar  aquello;  el corazón le palpitaba con tanta rapidez  que le dolía.

Muy  despacio,  abriendo  los  ojos sólo  lo  justo para ver, Harry  avanzó  con  la varita  en  alto.

La  luz  iluminó  la  piel  de una serpiente gigantesca,  una  piel  de  un  verde intenso, ponzoñoso, que  yacía atravesada en  el  suelo del  túnel,  retorcida  y vacía.  El  animal que había  dejado  allí  su  muda  debía  de  medir al  menos  siete metros.

—¡Caray!  —exclamó Ron  con voz  débil.

Algo  se  movió  de pronto detrás de  ellos. Gilderoy  Lockhart  se  había  caído de  rodillas.

—Levántese —le  dijo Ron  con  brusquedad,  apuntando  a  Lockhart con  su varita.

Lockhart se puso  de pie, pero se  abalanzó  sobre  Ron  y  lo  derribó  al  suelo de  un  golpe.

Harry  saltó  hacia  delante, pero ya  era demasiado tarde.  Lockhart se incorporaba, jadeando, con  la  varita  de  Ron  en  la  mano  y  su sonrisa esplendorosa  de  nuevo en la cara.

—¡Aquí  termina la  aventura,  muchachos!  —dijo—. Cogeré un trozo  de  esta piel y  volveré al  colegio, diré  que  era  demasiado  tarde  para salvar  a la  niña  y que vosotros dos perdisteis  el  conocimiento al  ver  su  cuerpo  destrozado. ¡Despedíos de  vuestras memorias!

Levantó en el  aire la  varita mágica de Ron,  recompuesta con celo, y  gritó:

—¡Obliviate!

La  varita  estalló con la fuerza  de una pequeña  bomba.  Harry  se  cubrió  la cabeza  con  las  manos  y  echó  a correr hacia  la piel de  serpiente, escapando de los grandes trozos  de  techo  que  se  desplomaban  contra  el  suelo.  Enseguida vio  que  se  había quedado aislado y  tenía ante si una sólida  pared  formada por las piedras desprendidas.

—¡Ron!  —grito—,  ¿estás bien? ¡Ron!

—¡Estoy  aquí!  —La  voz  de  Ron  llegaba apagada, desde el  otro lado  de  las piedras caídas—.  Estoy  bien.  Pero este idiota no.  La  varita se volvió  contra él.

Escuchó  un  ruido  sordo y  un  fuerte «¡ay!»,  como  si  Ron  le acabara de  dar una patada  en  la espinilla a Lockhart.

—¿Y  ahora  qué?  —dijo la  voz  de  Ron, con desespero—. No podemos pasar. Nos  llevaría  una  eternidad...

Harry  miró al  techo  del túnel. Habían  aparecido  en él  unas  grietas considerables.  Nunca  había intentado mover por  medio de  la  magia  algo  tan pesado  como  todo  aquel  montón  de  piedras,  y  no  parecía aquél un  buen momento  para  intentarlo.  ¿Y  si  se  derrumbaba  todo  el  túnel?

Hubo otro ruido sordo y  otro ¡ay!  provenientes del  otro  lado  de  la  pared. Estaban malgastando  el  tiempo. Ginny  ya  llevaba horas  en  la  Cámara  de  los Secretos.  Harry  sabía  que sólo  se  podía hacer una  cosa.

—Aguarda aquí  —indicó  a  Ron—.  Aguarda  con Lockhart. Iré yo. Si  dentro de  una hora  no  he vuelto...

Hubo  una  pausa  muy  elocuente.

—Intentaré  quitar algunas piedras —dijo Ron, que  parecía  hacer  esfuerzos para que su  voz  sonara  segura—. Para  que  puedas...  para  que  puedas  cruzar al  volver.  Y..

—¡Hasta  dentro de  un  rato!  —dijo Harry,  tratando de  dar a  su voz temblorosa  un  tono  de  confianza.

Y  partió  él solo cruzando  la piel  de la  serpiente gigante.  Enseguida dejó  de oír el  distante jadeo  de  Ron  al  esforzarse  para  quitar  las  piedras.  El  túnel serpenteaba continuamente.  Harry  sentía la incomodidad  de  cada  uno  de  sus músculos  en tensión.  Quería llegar al  final del túnel  y  al  mismo  tiempo  le aterrorizaba  lo  que  pudiera encontrar en  él. Y  entonces,  al  fin,  al  doblar sigilosamente otra  curva, vio  delante de  él una gruesa  pared  en la  que  estaban talladas las figuras  de  dos  serpientes  enlazadas,  con  grandes  y  brillantes esmeraldas en los ojos.

Harry  se  acercó a la  pared. 

Tenía  la  garganta muy  seca.  No  tuvo que  hacer un  gran  esfuerzo  para imaginarse  que  aquellas serpientes  eran  de  verdad, porque sus ojos parecían extrañamente vivos. Tenía  que  intuir  lo  que debía hacer. Se  aclaró la  garganta, y  le  pareció que los  ojos de las  serpientes parpadeaban.

—¡Ábrete!  —dijo Harry,  con un  silbido bajo,  desmayado.

Las  serpientes se separaron  al abrirse el  muro. Las dos mitades  de  éste  se deslizaron  a los lados hasta quedar ocultas, y  Harry,  temblando  de  la  cabeza  a los pies,  entró.

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

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