martes, 27 de diciembre de 2016

Capítulo 15: Aragog

El verano  estaba  a  punto  de  llegar a  los campos  que  rodeaban el  castillo.  El cielo y  el  lago  se volvieron del mismo azul  claro y  en los invernaderos  brotaron flores  como  repollos.  Pero sin  poder  ver a  Hagrid  desde las ventanas  del castillo, cruzando el  campo  a  grandes  zancadas  con  Fang  detrás,  a Harry  aquel paisaje  no  le  gustaba;  y  lo  mismo podía  decirse  del interior  del  castillo, donde las  cosas iban  de  mal en  peor.

Harry  y  Ron  habían intentado  visitar a  Hermione,  pero  incluso las visitas a la  enfermería estaban prohibidas.

—No  podemos  correr más riesgos —les  dijo  severamente la  señora Pomfrey  a  través de  la puerta entreabierta—. No, lo  siento, hay  demasiado peligro  de  que pueda  volver el agresor para acabar  con esta gente.

Ahora  que  Dumbledore no  estaba,  el  miedo se había extendido más aún,  y el  sol  que  calentaba  los  muros  del castillo  parecía detenerse  en  las ventanas con  parteluz.  Apenas  se  veía  en  el colegio un  rostro  que no  expresara tensión y preocupación,  y  si sonaba alguna  risa  en  los corredores,  parecía  estridente  y antinatural,  y  enseguida era reprimida.

Harry  se  repetía  constantemente las  últimas palabras  de  Dumbledore: «Sólo abandonaré de  verdad  el  colegio  cuando  no  me  quede  nadie  fiel.  Y Hogwarts  siempre  ayudará  al  que lo pida.» Pero ¿con  qué  finalidad  había  dicho aquellas  palabras? ¿A  quién  iban  a  pedir ayuda, cuando todo  el  mundo estaba tan confundido y  asustado  como  ellos?

La  indicación  de  Hagrid  sobre las arañas era  bastante  más  fácil  de comprender.  El  problema  era que  no  parecía haber quedado en el castillo  ni una sola  araña a la  que seguir.  Harry  las buscaba  adondequiera  que  iba,  y  Ron lo  ayudaba  a regañadientes.  Además  se añadía la  dificultad  de  que  no  les dejaban ir solos a ningún lado, sino  que tenían  que desplazarse  siempre  en grupo con los  alumnos  de  Gryffindor. La  mayoría de  los estudiantes parecían agradecer  que  los profesores  los acompañaran siempre de  clase  en  clase,  pero a Harry  le  resultaba muy  fastidioso.

Había  una persona, sin  embargo,  que  parecía disfrutar plenamente  de aquella atmósfera de terror y  recelo. Draco  Malfoy  se  pavoneaba  por  el  colegio como  si acabaran de  darle  el  Premio  Anual.  Harry  no  comprendió  por  qué Malfoy  se sentía  tan  a gusto hasta que,  unos quince  días después de  que se hubieran  ido  Dumbledore  y  Hagrid, estando  sentado detrás de  él  en  clase  de Pociones,  le  oyó  regodearse de  la  situación ante Crabbe  y  Goyle:

—Siempre pensé  que mi  padre  sería  el  que  echara  a Dumbledore  —dijo, sin  preocuparse  de hablar en  voz  baja—. Ya  os dije que él  opina  que Dumbledore  ha sido  el  peor director que ha  tenido  nunca el  colegio.  Quizá ahora  tengamos  un  director  decente,  alguien que no  quiera que  se cierre  la  Cámara  de  los Secretos.  McGonagall no durará mucho,  sólo  está de  forma provisional...

Snape pasó al  lado  de Harry  sin  hacer  ningún  comentario  sobre  el  asiento y  el caldero solitarios  de  Hermione.

—Señor —dijo Malfoy  en voz  alta—,  señor,  ¿por  qué no  solicita  usted  el puesto de director?

—Venga, venga,  Malfoy  —dijo  Snape, aunque no  pudo  evitar  sonreír  con sus finos labios—. El  profesor Dumbledore sólo ha  sido  suspendido de  sus funciones  por el consejo  escolar.  Me  atrevería  a decir que  volverá  a estar con nosotros muy  pronto.

—Ya —dijo Malfoy,  con  una sonrisa  de  complicidad—. Espero que  mi padre  le  vote a usted, señor,  si  solicita  el puesto. Le diré que usted  es el mejor profesor del colegio,  señor.

Snape paseaba sonriente por la mazmorra,  afortunadamente  sin  ver  a Seamus Finnigan, que hacía  como  que  vomitaba  sobre el  caldero.

—Me sorprende que los  sangre sucia  no  hayan  hecho  ya  todos  el  equipaje              —prosiguió Malfoy—. Apuesto cinco galeones a  que  el  próximo  muere.  Qué pena que  no  sea Granger...

La  campana  sonó  en aquel  momento,  y  fue una  suerte,  porque al  oír las últimas  palabras,  Ron  había saltado del asiento para  abalanzarse sobre  Malfoy, aunque  con el barullo de recoger libros y  bolsas, su intento  pasó inadvertido.

Dejadme  —protestó  Ron cuando  lo  sujetaron  entre  Harry  y  Dean—.  No me preocupa,  no  necesito  mi  varita  mágica, lo  voy  a  matar con  las  manos...

—Daos prisa, he  de  llevaros a  Herbología  —les  gritó  Snape,  y  salieron  en doble  hilera, con Harry,  Ron  y  Dean en  la  cola, el  segundo  intentando  todavía liberarse. Sólo  lo soltaron  cuando  Snape  se  quedó  en  la  puerta  del  castillo  y ellos continuaron  por la  huerta hacia  los invernaderos.

La  clase de  Herbología  resultó triste,  porque  había  dos alumnos  menos: Justin  y  Hermione.

La  profesora  Sprout  los puso a todos a podar las higueras  de  Abisinia,  que daban  higos secos. Harry  fue a  tirar un  brazado  de  tallos  secos  al  montón  del abono y  se encontró  de  frente  con  Ernie Mcmillan.  Ernie  respiró  hondo y  dijo, muy  formalmente:

—Sólo quiero que  sepas,  Harry, que lamento  haber  sospechado  de  ti.  Sé que nunca atacarías a  Hermione Granger y  te  quiero  pedir  disculpas  por  todo  lo que dije.  Ahora estamos en  el  mismo barco y..., bueno...

Avanzó  una mano  regordeta y  Harry  la estrechó.

Ernie  y  su  amiga Hannah  se pusieron a  trabajar en  la  misma  higuera  que Ron y  Harry.

—Ese tal Draco  Malfoy  —dijo Ernie,  mientras  cortaba las  ramas  secas— parece que se ha  puesto muy  contento  con  todo  esto, ¿verdad?  ¿Sabéis?,  creo que él podría  ser  el  heredero de Slytherin.

Esto  demuestra  que  eres  inteligente, Ernie  —dijo Ron,  que no parecía haber perdonado a Ernie  tan  fácilmente como  Harry.

—¿Crees  que es Malfoy, Harry? —preguntó Ernie.

—No —respondió Harry  con tal firmeza  que Ernie  y  Hannah  se  lo  quedaron mirando.

Un  instante  después,  Harry  vio algo y  lo  señaló  dándole  a Ron en  la mano con  sus tijeras  de  podar.

—¡Ah! ¿Qué  estás...?

Harry  señaló  al  suelo,  a  un  metro de  distancia. Varias arañas grandes correteaban  por la tierra.

—¡Anda!  —dijo Ron, intentando, sin  éxito, hacer  como  que  se  alegraba—. Pero  no  podemos  seguirlas  ahora...

Ernie y  Hannah escuchaban  llenos de curiosidad. Harry  contempló  a  las arañas  que se alejaban.

—Parece que se dirigen al bosque prohibido...

Y a Ron aquello aún le hizo  menos gracia.

Al  acabar  la  clase,  el  profesor  Snape  acompañó  a  los alumnos al  aula de Defensa Contra las  Artes Oscuras.  Harry  y  Ron  se  rezagaron  un  poco  para hablar  sin  que los  oyeran.

—Tenemos que recurrir  otra vez  a la  capa  para  hacernos  invisibles  —dijo Harry  a Ron—. Podemos  llevar con  nosotros  a  Fang.  Hagrid  lo  lleva con él  al bosque, así que podría sernos  de  ayuda.

—De  acuerdo  —dijo Ron, que  movía su varita  mágica  nerviosamente  entre los  dedos—.  Pero...  ¿no  hay...,  no  hay  hombres lobo  en  el  bosque?  —añadió, mientras ocupaban  sus  puestos habituales al final del  aula  de  Lockhart.

Prefiriendo no responder  a  aquella pregunta,  Harry  dijo:

—También hay  allí cosas buenas. Los  centauros  son  buenos,  y  los unicornios también.

Ron  no  había estado nunca en  el  bosque prohibido.  Harry  había  penetrado en  él  en una  ocasión,  y  deseaba no  tener que volver a hacerlo.

Lockhart  entró  en  el  aula  dando  un  salto, y  la  clase  se lo  quedó  mirando. Todos  los demás profesores del  colegio parecían  más  serios  de  lo  habitual, pero Lockhart  estaba  tan alegre como  siempre.

—¡Venga  ya!  —exclamó,  sonriéndoles  a todos—, ¿por qué  ponéis esas caras tan  largas?

Los  alumnos  intercambiaron  miradas de exasperación,  pero no  contestó nadie.

—¿Es  que no  comprendéis —les  decía Lockhart,  hablándoles muy despacio,  como  si fueran tontos— que el peligro  ya  ha pasado? Se  han llevado al  culpable.

—¿A quién dice?  —preguntó Dean Thomas  en  voz  alta.

—Mi querido muchacho, el ministro de  Magia  no se habría llevado a  Hagrid si no hubiera  estado  completamente  seguro de  que  era  el  culpable —dijo Lockhart,  en  el  tono  que  emplearía cualquiera  para  explicar que uno y  uno son dos.

—Ya lo creo  que se lo  llevaría  —dijo Ron,  alzando la voz  más que  Dean.

—Me atrevería  a  suponer que  sé más sobre el  arresto  de  Hagrid  que usted,  señor  Weasley  —dijo Lockhart  empleando  un  tono de satisfacción.

Ron comenzó  a decir que  él no  era de  la  misma  opinión,  pero  se  paró  en mitad  de  la frase cuando Harry  le  arreó una patada  por debajo  del pupitre.

—Nosotros no estábamos allí, ¿recuerdas? —le  susurró Harry.

Pero  la  desagradable alegría  de  Lockhart,  las sospechas  que siempre había tenido  de  que  Hagrid no  era bueno,  su confianza  en  que  todo  el  asunto ya  había tocado  a su fin, irritaron tanto a Harry, que sintió  deseos  de  tirarle  Una vuelta con  los espíritus  malignos  a su  cara  de  idiota.  Pero en  lugar de  eso, se conformó  con garabatearle a Ron una nota:

«Lo  haremos  esta  noche.»

Ron leyó  el mensaje, tragó saliva  con esfuerzo  y  miró  a su lado,  al  asiento habitualmente ocupado  por Hermione.  Entonces parecieron  disiparse  sus dudas, y  asintió con  la  cabeza.

Aquellos  días,  la  sala  común  de Gryffindor estaba  siempre abarrotada, porque a partir de las seis,  los de Gryffindor  no  tenían  otro  lugar  adonde  ir. También tenían  mucho de  que hablar, así  que la  sala no  se  vaciaba  hasta pasada la medianoche.

Después  de  cenar, Harry  sacó  del baúl  su  capa  para  hacerse  invisible  y pasó  la  noche  sentado encima  de  ella,  esperando  que la  sala se  despejara. Fred y  George los  retaron  a  jugar  al  snap  explosivo  y Ginny se  sentó  a contemplarlos, muy  retraída  y  ocupando el  asiento habitual  de  Hermione.

Harry y  Ron  perdieron  a  propósito,  intentando acabar pronto,  pero incluso  así,  era bien pasada  la medianoche  cuando Fred, George  y  Ginny  se  marcharon  por  fin a la  cama. Harry  y  Ron  esperaron a  oír cerrarse las puertas de los dos  dormitorios antes  de  coger la  capa, echársela encima  y  salir  por  el  agujero  del retrato.

Este  recorrido  por  el  castillo también fue difícil, porque tenían  que ir esquivando a  los  profesores.  Al  fin llegaron  al vestíbulo,  descorrieron  el pasador de la  puerta  principal y  se colaron por ella, intentando  evitar que hiciera  ruido, y  salieron  a los  campos iluminados  por la luz  de  la  luna.

—Naturalmente  —dijo  Ron  de  pronto, mientras  cruzaban a  grandes zancadas el  negro césped—,  cuando  lleguemos  al  bosque  podría ser que  no tuviéramos nada que seguir. A  lo mejor las arañas no  iban  en  aquella  dirección. Parecía  que sí,  pero...

Su  voz  se fue apagando, pero  conservaba  un aire de esperanza.

Llegaron a  la  cabaña  de  Hagrid, que  parecía  muy  triste  con  sus  ventanas tapadas. Cuando Harry  abrió la  puerta,  Fang  enloqueció  de  alegría al  verlos. Temiendo  que despertara a todo el  castillo con  sus  potentes ladridos, se apresuraron  a  darle  de  comer caramelos de  café  con leche  que  había  en  una lata  sobre  la  chimenea, de  tal  manera que consiguieron  pegarle  los dientes de arriba a los de  abajo.

Harry  dejó la  capa  sobre la  mesa de  Hagrid. No  la  necesitarían  en  el bosque completamente oscuro.

—Venga,  Fang,  vamos a dar una vuelta  —le  dijo  Harry,  dándole unas palmaditas en la  pata,  y  Fang  salió de  la cabaña  detrás de  ellos,  muy  contento, fue corriendo  hasta el  bosque  y  levantó  la  pata  al  pie de  un  gran  árbol. Harry sacó  la varita, murmuró:  «¡Lumos!»,  y  en  su  extremo apareció  una lucecita diminuta,  suficiente  para  permitirles buscar indicios  de las arañas por el camino.

—Bien pensado  —dijo  Ron—. Yo  haría lo  mismo con la  mía, pero ya sabes...,  seguramente estallaría o algo  parecido...

Harry  le  puso una  mano  en  el  hombro  y  le  señaló  la  hierba.  Dos  arañas solitarias  huían  de la  luz  de  la varita para protegerse  en la  sombra de  los árboles.

—Vale —suspiró Ron, como  resignándose  a  lo  peor—. Estoy  dispuesto. Vamos.

De  esta forma  penetraron en el bosque, con  Fang  correteando a  su lado, olfateando  las  hojas  y  las raíces de  los árboles.  A la  luz  de  la  varita mágica  de Harry,  siguieron  la  hilera  ininterrumpida de  arañas que circulaban por el camino. Caminaron  unos veinte  minutos, sin  hablar, con  el  oído  atento  a  otros ruidos que  no fueran los de  ramas al  romperse o  el  susurro  de  las  hojas.  Más adelante,  cuando el bosque se  volvió  tan espeso  que ya  no  se  veían  las estrellas del  cielo y  la única  luz  provenía  de  la  varita  de  Harry, vieron  que  las arañas se salían  del camino.

Harry  se  detuvo y  miró hacia  donde  se dirigían  las  arañas,  pero, fuera  del pequeño  círculo  de luz  de  la varita, todo era oscuridad impenetrable. Nunca se había internado tanto en el  bosque. Podía recordar vívidamente que Hagrid, una vez  que  había entrado con  él, le advirtió que no se saliera del camino. Pero ahora Hagrid se  hallaba  a kilómetros de  distancia, probablemente  en  una  celda en  Azkaban,  y  les  había  indicado  que  siguieran  a  las  arañas.

Harry  notó  en  la  mano  el contacto  de algo húmedo,  dio un  salto hacia  atrás y  pisó a Ron en el  pie, pero sólo  había  sido el  hocico de  Fang.

—¿Qué te  parece?  —preguntó Harry  a  Ron,  de  quien  sólo  veía los ojos, que reflejaban  la  luz  de  la  varita mágica.

—Ya que  hemos llegado hasta aquí... —dijo Ron.

De  forma  que siguieron a las arañas que se internaban en  la espesura. No podían avanzar muy  rápido,  porque  había tocones  y  raíces de  árboles en  su ruta, apenas  visibles en  la oscuridad. Harry  notaba en la  mano  el  cálido  aliento de  Fang.  Tuvieron que  detenerse más de una vez  para que,  en cuclillas,  a  la luz  de  la varita, Harry  pudiera  volver a encontrar el rastro de las  arañas.

Caminaron durante  una media hora  por  lo  menos. Las túnicas  se  les enganchaban en  las ramas bajas y  en  las zarzas. Al  cabo  de  un  rato  notaron que el terreno  descendía,  aunque el bosque  seguía igual de  espeso.

De  repente,  Fang  dejó escapar  un ladrido potente, resonante, dándoles  un susto tremendo.

—¿Qué  pasa? —preguntó Ron  en  voz  alta,  mirando en  la  oscuridad  y agarrándose con  fuerza  al hombro de Harry.

—Algo se mueve  por ahí —musitó  Harry—. Escucha... Parece  de  gran tamaño.

Escucharon.  A  cierta  distancia,  a su derecha,  aquella  cosa de  gran tamaño se abría  camino entre  los árboles quebrando las  ramas a su paso.

—¡Ah  no!  —exclamó Ron—,  ¡ah no, no,  no...!

—Calla  —dijo Harry,  desesperado—.  Te oirá.

—¿Oírme?  —dijo Ron en un  tono  elevado y  poco  natural—.  Yo  sí lo he oído.  ¡Fang!

La  oscuridad  parecía  presionarles  los  ojos  mientras  aguardaban aterrorizados.  Oyeron un  extraño ruido sordo,  y  luego, silencio.

—¿Qué crees que  está  haciendo? —preguntó Harry

—Seguramente,  se está  preparando para saltar  —contestó Ron.

Aguardaron,  temblando, sin atreverse  apenas a moverse.

—¿Crees  que se ha ido? —susurró Harry.

—No sé...

Entonces  vieron  a su derecha un  resplandor que brilló  tanto en la  oscuridad que los dos tuvieron que protegerse los  ojos  con  las  manos.  Fang  soltó un aullido y  echó  a  correr,  pero  se enredó en unos  espinos y  volvió  a  aullar  aún más fuerte.

—¡Harry!  —gritó  Ron,  tan  aliviado  que la  voz  apenas le  salía—. ¡Harry, es nuestro coche!

—¿Qué? —¡Vamos!

Harry  siguió a Ron  en dirección a la  luz,  dando  tumbos  y  traspiés, y  al  cabo de  un  instante salieron  a un claro.

El  coche del  padre de  Ron estaba  abandonado en  medio de  un  círculo  de gruesos árboles y  bajo un espeso tejido  de  ramas,  con  los faros  encendidos. Ron caminó  hacia  él, boquiabierto, y  el  coche  se  le  acercó  despacio,  como  si fuera  un  perro que saludase  a su amo.  Un  perro de  color turquesa.

—¡Ha  estado aquí  todo  el tiempo!  —dijo Ron emocionado,  contemplando  el coche—.  Míralo:  el  bosque lo ha  vuelto salvaje...

Los  guardabarros  del  coche  estaban arañados y  embadurnados de  barro. Daba la  impresión  de que el  coche  había conseguido  llegar hasta allí  él  solo.  A Fang  no  parecía hacerle ninguna  gracia, y  se  mantenía pegado  a Harry,  temblando.  Mientras su respiración  se  acompasaba,  guardó  la  varita bajo la túnica.

—¡Y  creíamos  que  era  un monstruo que  nos iba a  atacar!  —dijo  Ron, inclinándose  sobre  el  coche  y  dándole  unas palmadas—. ¡Me  preguntaba adónde  habría  ido!

Harry  aguzó  la  vista en  busca  de arañas en el  suelo iluminado,  pero todas habían huido de  la  luz  de los  faros.

—Hemos perdido el  rastro  —dijo—.  Tendremos  que buscarlo de  nuevo.

Ron no habló  ni  se movió. Tenía  los  ojos  clavados  en  un  punto  que  se hallaba a  unos tres  metros  del  suelo,  justo  detrás de  Harry. Estaba  pálido de terror.

Harry  ni  siquiera  tuvo tiempo  de volverse. Se  oyó  un  fuerte  chasquido,  y  de repente  sintió que algo  largo  y  peludo lo  agarraba por la  cintura  y  lo  levantaba en  el  aire, de  cara  al  suelo. Mientras forcejeaba,  aterrorizado,  oyó  más  chasquidos,  y  vio que las  piernas  de  Ron se  despegaban  del suelo,  y  oyó  a  Fang aullar  y  gimotear... y  sintió que  lo  arrastraban por entre  los negros  árboles.

Levantando  como  pudo la cabeza,  Harry  vio  que la  bestia que lo sujetaba caminaba  sobre seis patas  inmensamente largas  y  peludas, y  que  encima  de las dos delanteras que lo  aferraban,  tenía  unas  pinzas  también  negras.  Tras  él podía oír a otro  animal similar,  que sin  duda  era  el  que  había  cogido  a  Ron.  Se encaminaban  hacia  el  corazón del bosque.  Harry  pudo ver a  Fang  que forcejeaba intentando liberarse de  un  tercer  monstruo,  aullando  con  fuerza, pero  Harry  no habría  podido  gritar  aunque  hubiera  querido:  parecía  como  si  la voz  se le  hubiese quedado  junto al  coche, en el  claro.

Nunca supo cuánto tiempo pasó en  las  garras del animal,  sólo que de repente hubo la  suficiente claridad  para  ver  que  el  suelo,  antes  cubierto  de hojas,  estaba infestado de  arañas.  Estaban  en  el  borde  de  una vasta hondonada  en  la que  los  árboles  habían sido  talados  y  las estrellas brillaban iluminando  el  paisaje  más terrorífico  que  se  pueda  imaginar.

Arañas.  No arañas  diminutas  como  aquellas  a las que habían  seguido  por el  camino  de  hojarasca,  sino  arañas  del  tamaño  de  caballos, con  ocho  ojos  y ocho  patas negras, peludas y  gigantescas.  El  ejemplar  que  transportaba  a Harry  se  abría camino, bajando por la  brusca  pendiente,  hacia una telaraña nebulosa  en  forma de cúpula  que  había en  el centro de la  hondonada, mientras sus compañeras  se  acercaban por todas partes  chasqueando  sus pinzas, emocionadas a la vista de  su  presa.

La  araña  soltó a Harry,  y  éste cayó  al  suelo de cuatro patas. A  su  lado,  con un  ruido  sordo,  cayeron Ron y  Fang.  El  perro ya  no  aullaba;  se  quedó encogido y  en  silencio  en  el  mismo  punto en  que había caído. Ron  parecía  encontrarse tan mal  como  Harry  había supuesto. Su  boca  se  había alargado en  una  especie de  grito mudo y  los ojos se le salían  de  las órbitas.

De  pronto Harry  se  dio cuenta  de  que la araña que lo  había dejado  caer estaba  hablando.  No  era  fácil  darse  cuenta de  ello, porque  chascaba  sus pinzas a cada  palabra que  decía.

—¡Aragog!  —llamaba—,  ¡Aragog!

Y  del medio de la gran  tela  de  araña  salió, muy  despacio,  una  araña  del tamaño  de  un elefante  pequeño.  El  negro  de  su  cuerpo  y  sus  piernas  estaba manchado  de  gris, y  los ocho ojos que tenía  en su  cabeza  horrenda y  llena  de pinzas eran  de  un blanco lechoso.  Era ciega.

—¿Qué hay? —dijo, chascando muy  deprisa sus pinzas.

—Hombres —dijo la  araña que había  llevado a Harry.

—¿Es Hagrid?  —Aragog se  acercó, moviendo vagamente sus  múltiples ojos lechosos.

—Desconocidos  —respondió la araña que había llevado a Ron.

—Matadlos —ordenó Aragog con  fastidio—.  Estaba  durmiendo...

—Somos amigos de  Hagrid  —gritó  Harry. Sentía  como  si el  corazón se  le hubiera  escapado  del  pecho  y  estuviera  retumbando  en  su  garganta.

—Clic,  clic,  clic —hicieron  las pinzas de todas las  arañas  en  la hondonada.

Aragog se detuvo.

—Hagrid  nunca ha  enviado hombres a nuestra  hondonada —dijo despacio.

—Hagrid  está metido  en  un  grave  problema  —dijo  Harry, respirando muy deprisa—. Por eso  hemos  venido  nosotros.

—¿En  un  grave problema?  —dijo la  vieja araña, en un  tono que a Harry  se le  antojó de  preocupación—.  Pero ¿por qué os ha  enviado?

Harry  quiso  levantarse, pero  decidió no  hacerlo;  no  creía  que  las  piernas  lo pudieran  sostener.  Así que habló  desde  el  suelo,  lo  más tranquilamente que pudo.

—En  el  colegio piensan que Hagrid  se  ha  metido  en...  en... algo  con los estudiantes. Se  lo han llevado  a  Azkaban.

Aragog chascó sus pinzas enojado, y  el  resto de  las  arañas  de  la hondonada  hizo  lo  mismo:  era como  si  aplaudiesen,  sólo que  los aplausos  no solían  aterrorizar a  Harry.

—Pero  aquello  fue  hace años —dijo Aragog  con  fastidio—. Hace  un montón  de  años.  Lo recuerdo bien. Por  eso lo  echaron  del  colegio. Creyeron que  yo  era  el  monstruo  que  vivía en  lo que ellos llaman  la  Cámara de los Secretos.  Creyeron  que Hagrid  había abierto la cámara y  me  había liberado.

—Y  tú...  ¿tú no saliste de  la  Cámara  de  los  Secretos?  —dijo  Harry, notando un  sudor frío  en  la frente.

—¡Yo!  —dijo Aragog, chascando de  enfado—.  Yo  no  nací  en  el  castillo. Vine  de una tierra  lejana. Un viajero me  regaló  a  Hagrid  cuando  yo  estaba  en  el huevo. Hagrid sólo era un  niño, pero  me  cuidó, me  escondió en  un armario  del castillo, me  alimentó con sobras de  la mesa. Hagrid es un  gran amigo  mío, y  un gran  hombre. Cuando me  descubrieron y  me  culparon  de  la  muerte  de  una muchacha,  él me  protegió.  Desde entonces, he  vivido  siempre  en  el  bosque, donde  Hagrid  aún viene a  verme. Hasta  me  encontró una esposa, Mosag,  y  ya veis  cómo  ha crecido mi  familia, gracias  a  la  bondad de  Hagrid...

Harry  reunió  todo  el valor  que le  quedaba.

—¿Así  que  tú  nunca... nunca  atacaste  a  nadie?

—Nunca  —dijo la vieja araña  con voz  ronca—.  Mi  instinto me  habría empujado a  ello,  pero,  por  consideración  a  Hagrid, nunca  hice  daño  a un  ser humano.  El  cuerpo  de  la muchacha asesinada fue descubierto en los  aseos. Yo nunca vi  nada  del castillo  salvo el  armario  en  que crecí.  A  nuestra  especie  le gusta  la  oscuridad y  el silencio.

Pero  entonces...  ¿sabes qué es  lo  que  mató  a  la  chica?  —preguntó Harry—.  Porque,  sea  lo  que sea,  ha  vuelto a atacar a la  gente...

Los  chasquidos y  el  ruido de muchas  patas  que se movían de enojo ahogaron  sus  palabras.  Al  mismo tiempo,  grandes figuras  negras  parecían crecer  a su alrededor.

—Lo  que  habita en  el  castillo  —dijo Aragog— es  una  antigua  criatura  a la que  las arañas  tememos  más que  a ninguna  otra cosa. Recuerdo  bien  que  le rogué  a Hagrid  que me  dejara  marchar cuando  me  di cuenta  de  que  la  bestia rondaba  por el castillo.

—¿Qué es? —dijo Harry  enseguida.

Las pinzas  chascaron  más fuerte.  Parecía  que  las  arañas  se  acercaban.

—¡No  hablamos  de  eso!  —dijo con furia Aragog—. ¡No  lo  nombramos!  Ni siquiera a  Hagrid  le  dije  nunca  el  nombre de  esa  horrible criatura, aunque  me preguntó varias veces.

Harry  no  quiso insistir, y  menos con las arañas  que se  acercaban cada  vez más por todos lados. Aragog parecía cansada  de  hablar. Iba retrocediendo despacio  hacia  su tela,  pero  las demás  arañas seguían  acercándose,  poco  a poco, a  Harry  y  Ron.

—En ese caso, ya  nos vamos  —dijo Harry  desesperadamente  a Aragog, al oír los crujidos muy  cerca.

—¿Iros? —dijo Aragog despacio—.  Creo que no...

—Pero,  pero...

—Mis  hijos  e  hijas  no  hacen  daño a Hagrid,  ésa es mi  orden. Pero  no puedo  negarles un  poco  de  carne fresca  cuando  se  nos  pone  delante voluntariamente. Adiós,  amigo de  Hagrid.

Harry  miró  a  todos lados.  A  muy  poca distancia, mucho  más alto  que  él, había  un  frente  de arañas,  como  un  muro macizo, chascando  sus pinzas y  con sus múltiples  ojos brillando en las horribles cabezas  negras.

Al  coger su varita, Harry  sabía  que  no  le  iba  a  servir,  que  había demasiadas arañas,  pero  estaba  decidido  a hacerles frente, dispuesto a  morir luchando.  Pero  en  aquel instante  se oyó un  ruido fuerte,  y  un destello de luz iluminó la hondonada.

El  coche  del  padre de  Ron  rugía  bajando  la  hondonada, con los faros encendidos, tocando la  bocina,  apartando a  las arañas al  chocar con  ellas. Algunas caían del revés y  se  quedaban agitando  sus  largas  patas en  el  aire.  El coche se detuvo con un chirrido  delante  de  Harry  y  Ron, y  abrió las  puertas.

—¡Coge a  Fang!  —gritó  Harry,  metiéndose por la puerta delantera.

Ron  cogió  al  perro,  que  no  paraba  de aullar,  por la barriga  y  lo  metió en  los asientos de  atrás.  Las puertas  se  cerraron de un  portazo. Ni  Ron  puso  el  pie  en el  acelerador ni  falta que  hizo. El  motor  dio  un  rugido,  y  el  coche  salió atropellando  arañas. Subieron la  cuesta  a toda  velocidad,  salieron de  la hondonada  y  enseguida  se  internaron  en el  bosque chocando  contra  todo  lo que se les  ponía por delante, con las ramas golpeando  las  ventanillas,  mientras el  coche  se  abría  camino  hábilmente  a  través  de  los  espacios  más  amplios, siguiendo  un  camino  que  obviamente  conocía.

Harry  miró  a  Ron. En  la boca aún  conservaba la mueca del grito  mudo, pero sus ojos ya  no  estaban desorbitados.

—¿Estás bien?

Ron  miraba  fijamente  hacia delante,  incapaz  de hablar.  Se  abrieron camino a  través  de  la  maleza, con  Fang  aullando  sonoramente en  el  asiento  de  atrás. Harry  vio cómo  al rozar  un  árbol  arrancaba  de  cuajo  el retrovisor  exterior. Después de diez  minutos  de ruido  y  tambaleo, el  bosque  se aclaró y  Harry  vio de  nuevo algunos trozos de cielo.

El  coche  frenó  tan  bruscamente  que casi salen  por el  parabrisas.  Habían llegado al  final del bosque.  Fang  se abalanzó  contra  la  ventanilla en su impaciencia por salir,  y  cuando  Harry  le abrió la  puerta,  corrió por entre los árboles,  con  la  cola  entre  las piernas, hasta la  cabaña de Hagrid.  Harry  también salió y,  al  cabo  de  un  rato, Ron lo  siguió,  recuperado  ya  el  movimiento  en  sus miembros,  pero  aún con  el  cuello  rígido  y  los ojos fijos. Harry  dio al  coche  una palmada de  agradecimiento, y  éste  volvió  a internarse  en  el  bosque  y desapareció de  la  vista.

Harry  entró  en  la cabaña  de  Hagrid  a  recoger la  capa  invisible.  Fang  se había  acurrucado  en  su  cesta, temblando debajo  de  la manta. Cuando  Harry volvió a salir,  vio  a  Ron vomitando  en  el bancal de  las calabazas.

—Seguid  a las arañas —dijo  Ron  sin  fuerzas,  limpiándose la  boca  con  la manga—. Nunca  perdonaré  a  Hagrid. Estamos vivos  de  milagro.

—Apuesto a que no pensaba que  Aragog  pudiera  hacer  daño  a  sus  amigos —dijo Harry.

—¡Ése  es exactamente  el  problema  de  Hagrid!  —dijo  Ron,  aporreando  la pared de la cabaña—.  ¡Siempre se  cree  que los monstruos  no  son  tan  malos como  parecen,  y  mira adónde lo ha  llevado esa creencia: a una  celda  en Azkaban!

—No  podía dejar de  temblar—. ¿Qué  pretendía  enviándonos allá?  Me gustaría  saber  qué  es  lo  que  hemos  averiguado.

—Que  Hagrid  no abrió  nunca  la  Cámara de los Secretos  —contestó  Harry, echando  la  capa  sobre Ron  y  empujándole  por el  brazo  para  hacerle  andar—. Es  inocente.

Ron dio  un fuerte  resoplido. Evidentemente, criar a  Aragog en  un  armario no  era su idea  de  la inocencia.

Al  aproximarse al  castillo, Harry  enderezó  la  capa  para asegurarse de  que no  se  les veían  los pies,  luego empujó despacio  la  puerta  principal,  para  que  no chirriara, sólo  hasta  dejarla  entreabierta. Cruzaron  con cuidado  el  vestíbulo  y subieron  la  escalera de mármol,  conteniendo  la  respiración al  encontrarse  con los  centinelas  que  vigilaban  los  corredores.  Por fin  llegaron  a la  sala  común de Gryffindor, donde el  fuego  se  había convertido  en  cenizas  y  unas pocas  brasas. Al  hallarse en lugar  seguro, se  desprendieron de  la  capa  y  ascendieron por la escalera circular hasta el  dormitorio.

Ron cayó  en  la cama  sin  preocuparse  de desvestirse. Harry, por el contrario,  no  tenía mucho  sueño.  Se  sentó en el  borde  de  la  cama,  pensando en  todo  lo que  había dicho Aragog.

La  criatura  que  merodeaba  por algún lugar  del castillo, pensó,  se  parecía a Voldemort,  incluso en  el  hecho  de que  otros  monstruos  no  quisieran  mencionar su nombre.  Pero Ron  y  él  no se  encontraban más cerca de  averiguar qué  era aquello  ni  cómo  había petrificado a sus víctimas. Ni  siquiera  Hagrid  había sabido  nunca qué se escondía  en  la cámara de los  Secretos.

Harry  subió las  piernas  a la  cama  y  se reclinó contra las almohadas, contemplando la  luna  que destellaba para  él  a través  de  la ventana de  la  torre.

No  comprendía  qué  otra  cosa podía hacer. Nada  de  lo  que  habían intentado hasta  el  momento  les había  llevado a ninguna parte. Ryddle  había atrapado  al que no  era,  el  heredero de  Slytherin  había  escapado  y  nadie  sabía si sería o  no la  misma persona  que  había vuelto a  abrir  la  cámara. No  quedaba nadie  a  quien preguntar.  Harry  se  tumbó,  sin  dejar de pensar  en  lo  que  había dicho Aragog.

Estaba  adormeciéndose  cuando  se le  ocurrió algo  que  podía  ser  su  última esperanza,  y  se incorporó de  repente.

—Ron —susurró en la oscuridad—,  ¡Ron!

Ron despertó con un  aullido como  los de  Fang, abrió  unos  ojos desorbitados y  miró a Harry.

—Ron: la  chica que murió. Aragog  dijo que  fue hallada  en  unos aseos  — dijo  Harry,  sin  hacer caso  de  los  ronquidos de  Neville  que  venían  del  rincón—. ¿Y  si  no  hubiera abandonado nunca los aseos? ¿Y  si  todavía  estuviera  allí?

Bajo  la  luz  de  la luna,  Ron  se frotó los ojos y  arrugó  la  frente. Y  entonces comprendió.

—¿No pensarás...  en  Myrtle  la  Llorona?

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