lunes, 26 de diciembre de 2016

Capítulo 12: La poción «multijugos»

Dejaron  la  escalera  de piedra  y  la  profesora McGonagall  llamó a la  puerta.  Ésta se abrió silenciosamente y  entraron. La  profesora  McGonagall  pidió  a  Harry que esperara y  lo  dejó  solo.

Harry  miró  a su alrededor.  Una  cosa  era  segura: de  todos los  despachos de  profesores  que  había  visitado  aquel año, el de  Dumbledore  era, con  mucho, el  más interesante. Si  no  hubiera tenido  tanto  miedo  a ser expulsado  del colegio,  habría disfrutado  observando  todo  aquello.

Era una sala  circular, grande y  hermosa, en  la  que se  oía  multitud  de  leves y  curiosos sonidos.  Sobre las mesas  de  patas  largas  y  finísimas había  chismes muy  extraños que hacían ruiditos y  echaban pequeñas  bocanadas  de  humo. Las paredes aparecían  cubiertas de  retratos de  antiguos directores, hombres y mujeres,  que  dormitaban  encerrados  en  los marcos.  Había también un  gran escritorio con  pies en forma de  zarpas, y  detrás de  él,  en  un estante, un sombrero de mago  ajado y  roto:  era  el  Sombrero Seleccionador.

Harry  dudó.  Echó un  cauteloso vistazo  a los magos  y  brujas  que  había  en las  paredes.  Seguramente  no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo para  ver  si..., sólo  para  asegurarse de que  lo  había colocado en la  casa correcta.

Se  acercó  sigilosamente al  escritorio,  cogió  el  sombrero  del  estante  y  se  lo puso despacio  en la  cabeza.  Era  demasiado  grande y  se le  caía  sobre  los  ojos, igual  que  en  la  anterior ocasión  en  que  se  lo  había  puesto.  Harry  esperó  pero no  pasó  nada. Luego, una  sutil  voz  le  dijo  al  oído:

—¿No te lo puedes quitar de la  cabeza,  eh,  Harry  Potter?

—Mmm,  no  —respondió Harry—.  Esto..., lamento  molestarte,  pero  quería preguntarte...

—Te has estado  preguntando si  yo  te  había mandado  a  la  casa  acertada —dijo acertadamente el  sombrero—.  Sí...,  fuiste  bastante difícil  de  colocar. Pero mantengo lo que  dije...  aunque —Harry  contuvo  la  respiración— podrías haber  ido a Slytherin.

El  corazón  le  dio un  vuelco.  Cogió el  sombrero  por  la  punta  y  se  lo  quitó. Quedó colgando de  su mano, mugriento y  ajado. Algo  mareado,  lo  dejó  de nuevo en el  estante.

—Te equivocas  —dijo en  voz  alta al  inmóvil y  silencioso sombrero. Éste no se  movió.  Harry  se  separó un  poco,  sin dejar  de  mirarlo.  Entonces,  un  ruido como  de  arcadas le  hizo  volverse  completamente.

No  estaba solo.  Sobre una percha dorada detrás de  la  puerta, había  un pájaro de aspecto  decrépito que  parecía un  pavo medio  desplumado. Harry  lo miró,  y  el  pájaro le  devolvió  una  mirada  torva, emitiendo  de  nuevo  su  particular ruido.  Parecía  muy  enfermo. Tenía los ojos apagados  y,  mientras  Harry  lo miraba,  se le  cayeron otras dos  plumas de  la  cola.

Estaba  pensando en que  lo  único que le  faltaba  es que  el  pájaro  de Dumbledore  se  muriera mientras  estaba  con él  a solas en el  despacho, cuando el  pájaro  comenzó a arder.

Harry  profirió  un  grito de  horror  y  retrocedió hasta el escritorio.  Buscó  por  si hubiera  cerca un  vaso con  agua,  pero no  vio ninguno. El  pájaro, mientras  tanto, se había convertido  en  una  bola  de fuego;  emitió un  fuerte  chillido,  y  un  instante después no  quedaba  de  él  más que  un montoncito  humeante de  cenizas en  el suelo.

La  puerta  del  despacho  se  abrió. Entró  Dumbledore, con aspecto  sombrío.

—Profesor —dijo Harry  nervioso—, su pájaro..., no  pude  hacer  nada..., acaba de arder...

Para  sorpresa  de  Harry, Dumbledore  sonrió.

—Ya era hora  —dijo—.  Hace  días  que  tenía un  aspecto  horroroso. Yo  le decía  que se diera prisa.

Se  rió  de  la cara atónita que  ponía Harry.

—Fawkes  es  un fénix, Harry.  Los fénix se prenden  fuego  cuando  les  llega el  momento  de  morir, y  luego  renacen  de  sus cenizas.  Mira...

Harry  dirigió  la  vista  hacia la percha  a tiempo  de  ver  un  pollito  diminuto y arrugado  que  asomaba la  cabeza  por entre las cenizas.  Era  igual de  feo que el antiguo.

—Es  una  pena  que  lo  hayas  tenido  que ver  el día  en  que  ha ardido  —dijo Dumbledore,  sentándose  detrás del escritorio—.  La  mayor parte del tiempo  es realmente  precioso, con sus plumas rojas y  doradas. Fascinantes criaturas, los fénix.  Pueden  transportar  cargas muy  pesadas,  sus lágrimas tienen poderes curativos y  son  mascotas muy  fieles.

Con el  susto  del  incendio  de  Fawkes,  Harry  se  había  olvidado  del motivo por el  que  se  encontraba  allí, pero lo  recordó en  cuanto Dumbledore  se  sentó en  su  silla de  respaldo  alto, detrás  del  escritorio,  y  fijó  en  él sus ojos penetrantes, de color azul  claro.

Sin  embargo, antes de  que  el director pudiera decir  otra  palabra,  la puerta se  abrió de  improviso  e irrumpió  Hagrid  en  el  despacho  con  expresión desesperada,  el  pasamontañas  mal  colocado  sobre su pelo negro,  y  el gallo muerto  sujeto  aún  en  una  mano.

—¡No  fue  Harry, profesor Dumbledore!  —dijo Hagrid  deprisa—. Yo  hablaba con  él  segundos antes  de  que hallaran  al  muchacho,  señor, él no  tuvo  tiempo...

Dumbledore trató  de  decir  algo,  pero  Hagrid  seguía  hablando,  agitando  el gallo  en  su  desesperación  y  esparciendo las  plumas  por todas  partes.

—...  No  puede  haber sido  él, lo  juraré ante el  ministro  de  Magia  si  es necesario...

—Hagrid,  yo...

—Usted  se  confunde  de  chico,  yo  sé que  Harry  nunca...

—¡Hagrid!  —dijo Dumbledore con  voz  potente—, yo  no  creo  que  Harry atacara a esas personas.

—¿Ah, no?  —dijo  Hagrid, y  el  gallo  dejó de  balancearse  a  su  lado—. Bueno, en ese caso,  esperaré  fuera,  señor director.

Y,  con cierto embarazo, salió del despacho.

—¿Usted  no  cree  que fui  yo,  profesor?  —repitió Harry  esperanzado, mientras Dumbledore limpiaba la mesa  de  plumas.

—No,  Harry  —dijo Dumbledore, aunque  su  rostro  volvía  a ensombrecerse—.  Pero aun  así  quiero hablar  contigo.

Harry  aguardó  con  ansia  mientras  Dumbledore  lo  miraba, juntando  las yemas de  sus largos  dedos.

—Quiero preguntarte,  Harry, si hay  algo que  te  gustaría contarme  —dijo con amabilidad—.  Lo  que  sea.

Harry  no supo qué decir. Pensó en  Malfoy  gritando: «¡Los próximos  seréis los  sangre sucia!»,  y  en la poción  multijugos,  que  hervía a  fuego lento  en  los aseos de Myrtle  la  Llorona. Luego pensó en  la voz  que no  salía de  ningún  sitio, oída  en  dos ocasiones, y  recordó lo  que  Ron le  había  dicho: «Oír  voces  que nadie  más puede  oír no  es  buena  señal,  ni  siquiera  en  el  mundo  de  los magos.»  Pensó,  también,  en  lo que todo el  mundo  comentaba  sobre él,  y  en  su creciente temor a estar de alguna manera relacionado con  Salazar  Slytherin...

—No —respondió Harry—,  no  tengo  nada que contarle.

La  doble  agresión  contra Justin  y  Nick  Casi  Decapitado  convirtió  en  auténtico pánico  lo  que  hasta aquel momento había  sido inquietud. Curiosamente,  resultó ser el destino  de  Nick Casi  Decapitado  lo  que  preocupaba  más a  la gente. Se preguntaban  unos  a otros qué era lo  que  podía  hacer  aquello  a  un  fantasma; qué  terrible  poder podía  afectar a  alguien  que  ya  estaba  muerto. La  gente se apresuró a  reservar  sitio en  el expreso  de Hogwarts  para volver a casa  en Navidad.

—Si sigue  así  la  cosa,  sólo nos quedaremos nosotros  —dijo  Ron  a  Harry  y Hermione—.  Nosotros,  Malfoy,  Crabbe  y  Goyle. Serán unas  vacaciones deliciosas.

Crabbe y  Goyle, que  siempre hacían lo  mismo  que  Malfoy, habían firmado también para  quedarse  en  vacaciones. Pero Harry  estaba  contento  de  que  la mayor  parte  de  la  gente  se  fuera.  Estaba  harto  de  que  se  hicieran  a  un  lado cuando  circulaba  por los pasillos, como  si fueran  a  salirle colmillos o  a escupir veneno; harto  de  que  a  su  paso  los  demás  murmuraran,  le  señalaran  y hablaran  en voz  baja.

Fred  y  George,  sin embargo, encontraban  todo  aquello muy  divertido. Le salían  al paso  y  marchaban delante de él  por  los corredores gritando:

—Abran  paso al  heredero de  Slytherin, aquí llega  el brujo  malvado  de veras...

Percy  desaprobaba  tajantemente  este  comportamiento.

—No es  asunto de risa  —decía  con frialdad.

—Quítate  del  camino,  Percy  —decía  Fred—. Harry  tiene  prisa.

—Sí,  va  a la  Cámara  de los Secretos  a tomar el té  con su  colmilludo sirviente —decía  George,  riéndose.

Ginny  tampoco lo encontraba  divertido.

—¡Ah, no!  —gemía  cada vez  que  Fred  preguntaba  a Harry  a  quién planeaba atacar  a  continuación, o  cuando,  al  encontrarse  con  Harry, George hacía  como  que se protegía de Harry  con  un  gran  diente de  ajo.

A  Harry  no le importaba; incluso le aliviaba  que Fred y  George  pensaran que la idea del heredero de  Slytherin  era para  tomársela  a  guasa.  Pero  sus payasadas parecían enervar  a Draco Malfoy, que se  amargaba  más  cada  vez que los veía con aquel  pitorreo.

—Eso es porque  está rabiando  de ganas de  decir que es  él  —dijo  Ron sentenciosamente—. Ya  sabéis cómo  aborrece que  se le  gane  en  cualquier cosa,  y  tú  te estás llevando toda  la  gloria de  su  sucio trabajo.

—No  durante mucho  tiempo  —dijo Hermione  en  tono  satisfecho—. La poción  multijugos  ya  está  casi  lista. Cualquier día  revelaremos la  verdad  sobre él.

Por fin  concluyó  el trimestre,  y  sobre el colegio cayó  un  silencio  tan  vasto  como la  nieve  en los  campos. Más que lúgubre, a Harry  le  pareció tranquilizador,  y  se alegró de  que él,  Hermione  y  los Weasley  pudieran  gobernar  la  torre  de Gryffindor,  lo  que  quería  decir  que podían  jugar al  snap  explosivo  dando voces y  sin  molestar  a nadie,  o podían batirse en  privado. Fred,  George  y  Ginny habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar  a  Bill  a Egipto  con  sus padres.  Percy,  que  desaprobaba  lo  que  llamaba  su infantil comportamiento, no pasaba  mucho  tiempo en la  sala  común de Gryffindor.  Ya  les había  dicho en tono  presuntuoso  que se  quedaba  en  Navidad  porque  era el  deber de  un prefecto  ayudar  a los  profesores  durante los  períodos  difíciles.

Amaneció  el día  de  Navidad,  frío y  blanco.  Hermione despertó  temprano  a Harry  y  Ron,  los  únicos  que quedaban en  aquel dormitorio. Iba ya  vestida  y llevaba regalos para  ambos.

—¡Despertad!  —dijo en  voz  alta,  abriendo las cortinas de la  ventana.

—Hermione..., sabes que no  puedes entrar  aquí  —dijo  Ron,  protegiéndose los  ojos de la  luz.

—Feliz  Navidad a  ti también —le  dijo Hermione,  arrojándole su  regalo—. Me  he  levantado  hace casi  una hora, para añadir  más crisopos a la  poción.  Ya está lista.

Harry  se sentó  en  la cama,  despertando por completo de repente.

—¿Estás segura?

—Del  todo  —dijo Hermione,  apartando a la rata  Scabbers  para poder sentarse  a  los  pies  de  la  cama—. Si  nos decidimos a hacerlo,  creo  que tendría que ser esta  noche.

En  aquel  momento,  Hedwig  aterrizó  en el  dormitorio llevando en  el  pico  un paquete muy  pequeño.

—Hola  —dijo contento  Harry,  cuando la lechuza se posó en su cama—, ¿me hablas de nuevo?

La  lechuza le picó en la oreja  de  manera afectuosa, gesto  que  resultó  ser mucho  mejor regalo que  el que le llevaba, que era de los Dursley.  Éstos le enviaban un mondadientes y  una nota  en  la  que  le  pedían  que averiguara  si podría quedarse en  Hogwarts  también durante las vacaciones de verano.

El  resto  de  los regalos de  Navidad  de  Harry  fueron  bastante  más generosos.  Hagrid le enviaba un  bote  grande de  caramelos de  café  con leche que  Harry  decidió ablandar al fuego antes de  comérselos; Ron le  regaló un  libro titulado  Volando con los  Cannons,  que trataba de  hechos interesantes de su equipo  favorito de  quidditch; y  Hermione  le  había  comprado  una  lujosa  pluma de  águila para  escribir.  Harry  abrió  el  último  regalo y encontró  un  jersey nuevo, tejido  a  mano por la señora Weasley,  y  un  plumcake.  Cogió la  tarjeta con un renovado  sentimiento de  culpa,  acordándose del  coche  del señor Weasley,  que no  habían  vuelto  a  ver desde  la colisión con el sauce  boxeador,  y  de la cantidad de  infracciones  que habían planeado para  el  futuro inmediato.

Nadie  podía  dejar de  asistir a la  comida de  Navidad  en  Hogwarts,  aunque estuviera atemorizado  por tener que  tomar  luego la poción  multijugos.

El  Gran  Comedor relucía  por  todas  partes.  No sólo  había una  docena  de árboles  de  Navidad cubiertos de  escarcha,  y  gruesas  serpentinas  de  acebo  y muérdago  que  se  entrecruzaban  en  el  techo,  sino  que  de  lo  alto caía nieve mágica, cálida  y  seca. Cantaron villancicos, y  Dumbledore los dirigió en algunos de sus favoritos.  Hagrid  gritaba más fuerte a  cada copa  de  ponche  que tomaba. Percy,  que no  se  había  dado cuenta de  que  Fred  le  había  encantado su insignia  de prefecto, en la  que ahora podía leerse «Cabeza de  Chorlito»,  no paraba de preguntar  a todos  de  qué  se  reían.  Harry  ni  siquiera  se preocupaba por los insidiosos comentarios que  desde  la mesa de  Slytherin  hacía  Draco Malfoy, en  voz  alta,  sobre su nuevo  jersey. Con un  poco  de  suerte,  Malfoy recibiría su merecido unas horas después.

Harry  y  Ron  apenas habían  terminado su  tercer trozo de  tarta de  Navidad, cuando  Hermione  les  hizo  salir del salón con ella para ultimar los planes  para la noche.

—Aún  nos falta  conseguir  algo de las personas en  que  os vais  a convertir —dijo Hermione sin  darle importancia,  como  si  los enviara  al  supermercado  a comprar detergente—. Y, desde luego,  lo  mejor será que podáis conseguir  algo de  Crabbe  y  de  Goyle; como  son los mejores amigos de  Malfoy, él les contaría cualquier cosa.  Y  también tenemos que asegurarnos de  que  los  verdaderos Crabbe y  Goyle no aparecen  mientras lo  interrogamos.

»Lo  tengo todo solucionado  —siguió  ella tranquilamente y  sin  hacer  caso de  las caras  atónitas de  Harry  y  Ron. Les  enseñó  dos  pasteles  redondos  de chocolate—. Los he  rellenado con una  simple  pócima  para  dormir.  Todo  lo  que tenéis que  hacer  es  aseguraros de  que Crabbe y  Goyle  los encuentran.  Ya sabéis lo  glotones que  son; seguro que se  los  tragan.  Cuando  estén  dormidos,
los esconderemos  en  uno  de  los armarios  de  la  limpieza  y  les  arrancaremos unos pelos.

Harry  y  Ron  se  miraron incrédulos.

—Hermione,  no  creo...

—Podría  salir muy  mal...

Pero  Hermione  los  miró con expresión severa, como  la  que  habían  visto  a veces adoptar  a  la  profesora  McGonagall.

—La  poción no  nos servirá de  nada  si  no  tenemos  unos  pelos  de  Crabbe  y Goyle    —dijo  con  severidad—. Queréis  interrogar a  Malfoy, ¿no?

—De  acuerdo,  de  acuerdo  —dijo  Harry

—.  Pero  ¿y  tú? ¿A  quién  se  lo  vas  a arrancar tú?

—¡Yo  ya  tengo el  mío!  —dijo Hermione  alegre,  sacando  una  botellita diminuta  de un  bolsillo  y  enseñándoles un  único pelo  que  había dentro de ella—. ¿Os acordáis de  que me  batí con  Millicent  Bulstrode  en  el  club  de duelo?  ¡Al  estrangularme  se dejó esto  en  mi  túnica!  Y  se  ha  ido  a  su  casa  a pasar  las  Navidades.  Así que  lo único que tengo que  decirles a los de Slytherin es que he decidido volver.

Al  marcharse  Hermione corriendo para  ver cómo  iba  la  poción  multijugos, Ron se volvió  hacia  Harry  con una  expresión fatídica.

—¿Habías  oído  alguna vez  un  plan  en el  que  pudieran  salir mal  tantas cosas?

Pero,  para  sorpresa  de Harry  y  de Ron, la  primera fase de  la  operación  resultó tan  sencilla  como  Hermione había supuesto.  Se  escondieron en el  vacío vestíbulo después de la  merienda  de  Navidad, esperando a  Crabbe  y  a  Goyle, que  se  habían quedado  solos en la  mesa de  Slytherin, acometiendo cuatro porciones de  bizcocho. Harry  había  dejado  los  pasteles  de  chocolate  en  el extremo  del  pasamanos.  Al  ver a  Crabbe y  Goyle  salir del Gran Comedor, Harry  y  Ron  se ocultaron  rápidamente  detrás de una  armadura, junto a  la puerta principal.

—¿Cuánto puede llegar uno  a  engordar?  —susurró Ron  entusiasmado  al ver que Crabbe,  lleno de alegría, señalaba  a  Goyle  los  pasteles  y  los cogía. Sonriendo  de  forma  estúpida,  se  metieron  los pasteles enteros en  la boca. Los masticaron  glotonamente durante un  momento, poniendo  cara  de  triunfo. Luego, sin  el más leve cambio en  la expresión,  se  desplomaron  de espaldas en el  suelo.

Lo  más difícil fue arrastrarlos hasta  el  armario, al otro  lado  del  vestíbulo.  En cuanto los tuvieron bien escondidos entre  las fregonas y  los calderos,  Harry arrancó  un  par de  pelos como  cerdas,  de  los que Goyle tenía bien avanzada la frente,  y  Ron arrancó a Crabbe también algunos.  Les  cogieron  asimismo  los zapatos,  porque los  suyos eran  demasiado  pequeños para  el  tamaño  de  los pies  de  Crabbe y  Goyle. Luego, todavía  aturdidos por lo  que  acababan de hacer,  corrieron hasta los  aseos de  Myrtle  la  Llorona.

Apenas podían ver nada  a  través  del  espeso  humo  negro  que  salía  del retrete en  que  Hermione  estaba  removiendo  el caldero.  Subiéndose  las  túnicas para taparse la  cara,  Harry  y  Ron llamaron suavemente  a  la  puerta.

—¿Hermione?

Se oyó el  chirrido  del cerrojo y  salió Hermione, con  la cara sudorosa y  una mirada inquieta.  Tras ella  se oía el  gluglu  de  la  poción que hervía, espesa como melaza. Sobre la  taza  del retrete había  tres vasos  de  cristal ya  preparados.

Harry  sacó  el  pelo de Goyle.

—Bien.  Y  yo  he cogido  estas túnicas de la  lavandería  —dijo Hermione, enseñándoles una pequeña  bolsa—. Necesitaréis tallas mayores  cuando  os hayáis convertido en  Crabbe  y  Goyle.

Los tres  miraron el  caldero. Vista de  cerca, la  poción parecía barro  espeso y  oscuro que borboteaba  lentamente.

—Estoy  segura  de  que lo  he  hecho  todo  bien  —dijo  Hermione,  releyendo nerviosamente la manchada  página  de  Moste Potente Potions—. Parece  que es tal  como  dice el  libro...  En  cuanto  la  hayamos  bebido,  dispondremos  de  una hora antes de volver a  convertirnos en nosotros  mismos.

—¿Qué se hace ahora?  —murmuró Ron.

—La  separamos en los tres  vasos y  echamos los  pelos.  Hermione  sirvió  en cada  vaso  una  cantidad considerable de  poción. Luego,  con mano  temblorosa, trasladó el pelo de  Millicent  Bulstrode  de  la botella al  primero  de  los vasos.

La  poción  emitió  un  potente silbido, como  el  de  una olla  a  presión, y empezó  a salir muchísima espuma.  Al  cabo de  un  segundo, se había vuelto  de un  amarillo  asqueroso.

—Aggg...,  esencia  de  Millicent  Bulstrode —dijo Ron,  mirándolo con aversión—.  Apuesto a que  tiene un  sabor repugnante.

—Echad  los vuestros, venga —les  dijo  Hermione.

Harry  metió el  pelo de  Goyle  en el  vaso  del medio, y  Ron,  el  pelo  de Crabbe en  el  último.  Una y  otra poción  silbaron  y  echaron  espuma, la de  Goyle se volvió  del  color caqui de  los mocos,  y  la  de  Crabbe, de  un  marrón  oscuro  y turbio.

—Esperad —dijo  Harry,  cuando Ron y  Hermione  cogieron  sus vasos—. Será  mejor que  no los bebamos aquí juntos los tres:  al  convertirnos en  Crabbe y  Goyle ya  no  estaremos delgados.  Y  Millicent  Bulstrode  tampoco  es  una sílfide.

—Bien  pensado  —dijo  Ron,  abriendo la puerta—.  Vayamos a retretes separados.

Con mucho  cuidado para no  derramar 
una gota de poción  multijugos,  Harry pasó al del  medio.

—¿Listos?  —preguntó. —Listos —le  contestaron las  voces de Ron y  Hermione.

—A la una,  a  las dos, a las tres...

Tapándose  la nariz,  Harry  se  bebió la  poción  en  dos  grandes tragos.  Sabía a col  muy  cocida.

Inmediatamente, se le  empezaron  a retorcer  las tripas como  si  acabara  de tragarse serpientes vivas. Se  encogió y  temió  ponerse  malo.  Luego,  un  ardor surgido del estómago se  le  extendió  rápidamente  hasta  las  puntas  de  los dedos de  manos  y  pies. Jadeando,  se  puso a  cuatro patas  y  tuvo  la  horrible  sensación de  estarse derritiendo  al  notar que  la  piel  de  todo  el  cuerpo  le  quemaba  como cera  caliente,  y  antes de  que los ojos  y  las  manos le  empezaran  a crecer, los dedos  se  le  hincharon,  las  uñas se  le  ensancharon y  los nudillos se le  abultaron como  tuercas. Los hombros se  le  separaron  dolorosamente,  y  un  picor  en  la frente le indicó  que el pelo  se  le  caía  sobre  las  cejas.  Se le  rasgó la  túnica al ensanchársele  el  pecho como  un barril  que reventara  los  cinchos.  Los pies  le dolían dentro  de  unos  zapatos cuatro números menos de su medida...

Todo  concluyó  tan repentinamente  como  había  comenzado. Harry  se encontró  tendido  boca  abajo,  sobre  el  frío suelo de  piedra, oyendo a Myrtle sollozar  de tristeza  al  fondo  de  los aseos. Con dificultad, se desprendió de  los zapatos y  se puso de  pie. O  sea que así se  sentía uno  siendo  Goyle.  Con  una gran  mano temblorosa  se desprendió de  su  antigua  túnica, que le  quedaba  a un  palmo  de  los  tobillos,  se  puso  la  otra  y se  abrochó  los  zapatos  de  Goyle,  que eran  como  barcas. Se  llevó  una  mano  a  la  frente para  retirarse  el  pelo de  los ojos,  y  se  encontró  sólo  con unos pelos cortos, como  cerdas,  que le  nacían  en la  misma  frente. Entonces comprendió  que las gafas le  nublaban  la  vista, porque obviamente Goyle no las  necesitaba. Se  las quitó  y  preguntó:

—¿Estáis bien? —De  su  boca surgió  la voz  baja y  áspera  de  Goyle.

—Sí —contestó,  proveniente  de  su derecha, el gruñido  de  Crabbe.

Harry  abrió  su puerta y  se  acercó al  espejo quebrado.  Goyle  le  devolvió  la mirada con ojos apagados y  hundidos  en las cuencas. Harry  se rascó  una oreja, tal como  hacía Goyle.

Se  abrió  la  puerta de  Ron. Se  miraron. Salvo  por estar  pálido  y  asustado, Ron era  idéntico  a Crabbe en  todo,  desde  el  pelo  cortado  con  tazón  hasta  los largos brazos  de  gorila.

—Es  increíble  —dijo  Ron, acercándose al  espejo  y  pinchando  con el  dedo la  nariz  chata  de  Crabbe—. Increíble.

—Mejor  que  nos vayamos —dijo  Harry, aflojándose  el  reloj  que  oprimía  la gruesa  muñeca  de  Goyle—. Aún tenemos que averiguar dónde se encuentra la sala  común  de  Slytherin.
Espero  que demos con  alguien a quien podamos seguir hasta allí.

Ron  dijo, contemplando  a  Harry:

—No sabes lo raro  que se me  hace ver a Goyle pensando. Golpeó en la  puerta de  Hermione.

—Vamos,  tenemos que  irnos...  Una  voz  aguda le contestó:

—Me...  me  temo  que no voy  a poder ir.  Id vosotros sin  mí.

—Hermione, ya  sabemos  que Millicent Bulstrode  es  fea,  nadie  va  a  saber que eres tú.

—No,  de  verdad...  no  puedo ir.  Daos prisa  vosotros,  no  perdáis tiempo.

Harry  miró  a  Ron,  desconcertado.

—Pareces  Goyle —dijo Ron—. Siempre  pone esta  cara  cuando  un profesor pregunta.

—Hermione,  ¿estás bien? —preguntó  Harry  a través de  la  puerta.

—Sí,  estoy  bien...  Marchaos.

Harry  miró el reloj.  Ya  habían transcurrido  cinco de  sus  preciosos sesenta minutos.

—Espera aquí hasta que volvamos,  ¿vale? —dijo él.

Harry  y  Ron  abrieron  con  cuidado  la  puerta  de  los lavabos, comprobaron que no había  nadie a la vista y  salieron.

—No muevas así los brazos  —susurró Harry  a Ron.

—¿Eh?

—Crabbe los  mantiene  rígidos...

—¿Así?

—Sí,  mucho mejor.

Bajaron  por  la  escalera  de  mármol. Lo que necesitaban en  aquel momento era  a  alguien de Slytherin  a quien pudieran  seguir  hasta  la  sala  común,  pero  no había nadie por allí.

—¿Tienes  alguna idea? —susurró Harry.

—Cuando  los  de  Slytherin bajan  a  desayunar,  creo que  vienen de por allí —dijo Ron, señalando con  un gesto de  la  cabeza  la  entrada  de  las  mazmorras. Apenas  lo  había  terminado de  decir, cuando  una chica de  pelo  largo  rizado salió  de  la  entrada.

—Perdona  —le  dijo  Ron, yendo  deprisa  hacia  ella—, se  nos  ha  olvidado por dónde  se  va  a  nuestra  sala  común.

—Me  parece  que  no  os entiendo  —dijo la  chica muy  tiesa—. ¿Nuestra sala común? Yo  soy  de Ravenclaw.

Y se alejó,  volviendo  recelosa  la  vista hacia  ellos.

Harry  y  Ron  bajaron  corriendo  los escalones de  piedra y  se internaron en  la oscuridad.  Sus  pasos resonaban muy  fuerte  cuando  los  grandes  pies  de Crabbe y  Goyle golpeaban contra el  suelo,  pero temían que la  cosa  no resultara tan fácil como  se  habían  imaginado.

Los  laberínticos corredores  estaban  desiertos. Fueron  bajando más y  más pisos, mirando  constantemente  sus relojes para  comprobar  el  tiempo  que  les quedaba.  Después  de  un  cuarto de  hora,  cuando ya  estaban empezando a desesperarse, oyeron  un  ruido  delante.

—¡Eh!  —exclamó Ron,  emocionado—.  ¡Uno de ellos!

La  figura  salía de una sala  lateral.  Sin embargo,  después  de  acercarse  a toda  prisa,  se  les  cayó  el alma  a los pies: no se  trataba  de nadie de  Slytherin, era  Percy.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ron,  con sorpresa.  Percy  lo miró ofendido.

—Eso —contestó  fríamente—  no  es  asunto​ de  tu incumbencia.  Tú eres Crabbe, ¿no?

—Eh...  sí —respondió Ron.

—Bueno,  id a  vuestros  dormitorios —dijo Percy  con severidad—. En  estos días  no  es  muy  prudente  merodear por  los  corredores.

—Pues tú  lo  haces  —señaló  Ron.

—Yo —dijo  Percy,  dándose importancia—  soy  un prefecto. Nadie  va a atacarme.

Repentinamente,  resonó  una  voz  detrás  de  Harry  y  Ron. Draco Malfoy caminaba hacia  ellos,  y  por primera vez  en su vida,  a  Harry  le  encantó  verlo.

—Estáis  ahí —dijo él, mirándolos—. ¿Os habéis pasado todo  el  tiempo  en el  Gran Comedor,  poniéndoos como  cerdos?  Os estaba  buscando,  quería enseñaros algo realmente  divertido.

Malfoy  echó  una  mirada  fulminante a  Percy.

—¿Y qué haces  tú aquí,  Weasley?  —le  preguntó  con aire  despectivo.

Percy  se ofendió aún más.

—¡Tendrías que  mostrar un poco  más de respeto  a  un  prefecto!  —dijo—. ¡No  me  gusta ese  tono!

Malfoy  lo miró  despectivamente e  indicó  a Harry  y  a  Ron  que  lo siguieran. A Harry  casi se  le  escapa  disculparse ante  Percy,  pero  se dio  cuenta  justo a tiempo.  Él  y  Ron  salieron  a  toda prisa detrás de  Malfoy, que  les decía, mientras tomaban  el  siguiente  corredor:

—Ese Peter Weasley...

—Percy  —le  corrigió  automáticamente  Ron.

—Como  sea  —dijo  Malfoy—. He  notado  que  últimamente  entra  y  sale mucho  por  aquí,  a  hurtadillas. Y apuesto a que sé qué  es lo  que pasa. Cree que va a pillar al heredero  de  Slytherin  él  solito.

Lanzó  una risotada breve y  burlona. Harry  y  Ron se cambiaron miradas de emoción.

Malfoy  se detuvo ante un  trecho  de  muro descubierto  y  lleno  de  humedad.

—¿Cuál  es la nueva contraseña?  —preguntó a Harry.

—Eh...  —dijo éste.

—¡Ah, ya!  «¡Sangre limpia!»  —dijo  Malfoy,  sin  escuchar,  y  se abrió una puerta de  piedra disimulada  en  la pared.  Malfoy  la  cruzó y  Harry  y  Ron lo siguieron.

La  sala común  de  Slytherin  era  una  sala  larga,  semisubterránea,  con  los muros  y  el  techo de  piedra  basta.  Varias  lámparas  de  color verdoso  colgaban del techo  mediante  cadenas. Enfrente  de  ellos, debajo  de  la  repisa  labrada  de la  chimenea,  crepitaba  la  hoguera,  y  contra ella  se recortaban  las siluetas  de algunos  miembros  de la  casa Slytherin, acomodados  en  sillas de estilo  muy recargado.

—Esperad aquí  —dijo  Malfoy  a  Harry  y  Ron,  indicándoles un  par de  sillas vacías  separadas del  fuego—. Voy  a  traerlo. Mi  padre  me  lo  acaba  de  enviar.

Preguntándose qué era lo  que  Malfoy  iba  a  enseñarles,  Harry  y  Ron se sentaron, intentando aparentar que  se  encontraban en  su  casa.

Malfoy  volvió  al  cabo  de  un  minuto, con  lo  que  parecía  un  recorte  de periódico. Se  lo  puso  a  Ron  debajo  de  la  nariz.

—Te vas a reír  con  esto  —dijo.

Harry  vio que  Ron abría los ojos,  asustado.  Leyó  deprisa  el  recorte, rió  muy forzadamente y  pasó  el  papel a Harry.

Era de  El Profeta, y  decía:

INVESTIGACIÓN EN EL  MINISTERIO  DE  MAGIA

Arthur  Weasley,  director  del  Departamento  Contra el  Uso Indebido  de la  Magia,  ha  sido  multado hoy con  cincuenta  galeones por  embrujar  un automóvil  muggle.

El  señor Lucius  Malfoy, miembro del  Consejo  Escolar del Colegio Hogwarts de  Magia, en  donde  el  citado  coche  embrujado  se  estrelló  a comienzos del presente  curso, ha  pedido  hoy la  dimisión  del  señor Weasley.

«Weasley  ha  manchado la  reputación  del  Ministerio»,  declaró el señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que  no  es  la  persona adecuada para  redactar nuestras leyes,  y su ridícula  Ley de  defensa de  los  muggles  debería ser retirada  inmediatamente.»

El  señor  Weasley  no  ha querido hacer declaraciones,  si bien su esposa amenazó a los periodistas  diciéndoles que si no  se  marchaban, les  arrojaría el  fantasma  de la familia.

—¿Y  bien? —dijo Malfoy  impaciente, cuando Harry  le  devolvió  el recorte—. ¿No os parece divertido?

—Ja, ja —rió  Harry  lúgubremente.

—Arthur  Weasley  tiene  tanto  cariño  a  los  muggles  que  debería romper su varita  mágica e  irse con ellos  —dijo Malfoy  desdeñosamente—. Por la  manera en  que se comportan,  nadie diría que  los Weasley  son de sangre limpia.

A  Ron  (o,  más bien, a Crabbe) se le  contorsionaba  la  cara de  la  rabia.

—¿Qué te  pasa, Crabbe? —dijo Malfoy  bruscamente.

—Me duele el  estómago  —gruñó Ron.

—Bueno, pues id  a  la  enfermería  y  dadles  a  todos  esos  sangre sucia  una patada de  mi  parte —dijo Malfoy,  riéndose—. ¿Sabéis qué? Me  sorprende  que El  Profeta  aún no  haya  dicho nada de  todos  esos  ataques  —continuó  diciendo pensativamente—.  Supongo  que Dumbledore está  tapándolo  todo.  Si  no para la  cosa  pronto,  tendrá  que  dimitir.  Mi  padre dice siempre que  la  dirección de Dumbledore  es lo peor  que  le  ha  ocurrido  nunca  a este  colegio.  Le  gustan los que vienen de familia  muggle.  Un  director decente no habría admitido nunca una basura  como  el Creevey  ése.

Malfoy  empezó  a  sacar  fotos con una cámara imaginaria,  imitando a Colin, cruel pero acertadamente.

—Potter, ¿puedo  sacarte  una  foto,  Potter?  ¿Me  concedes  un  autógrafo? ¿Puedo lamerte los  zapatos, Potter,  por  favor?

Bajó  las manos y  se quedó  mirando  a  Harry  y  a Ron.

—¿Qué os pasa a vosotros  dos?

Demasiado  tarde,  Harry  y  Ron  se rieron  a la fuerza; sin embargo,  Malfoy pareció satisfecho.  Quizá  Crabbe  y  Goyle  fueran  siempre lentos  para comprender las  gracias.

—San  Potter,  el  amigo de  los  sangre sucia  —dijo Malfoy  lentamente—.  Ése es otro  de los que  no tienen verdadero sentimiento  de mago,  de  lo  contrario  no iría por ahí con esa  sangre sucia  presuntuosa  que  es  Granger.  ¡Y  se  creen  que él  es  el  heredero  de  Slytherin!

Harry  y  Ron estaban con el corazón en un puño;  quizás  a  Malfoy  le faltaban  unos  segundos  para  decirles  que el  heredero era  él. Pero en  aquel momento...

—Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulante—.  Podría ayudarle.

A  Ron se le  quedó  la boca abierta, de  manera  que  la  cara  de  Crabbe parecía  aún  más  idiota  de  lo  usual. Afortunadamente, Malfoy  no  se dio cuenta, y  Harry,  pensando rápido, dijo:

—Tienes que tener  una idea de quién  hay  detrás de todo  esto.

—Ya sabes que no,  Goyle, ¿cuántas veces tengo que  decírtelo?  —dijo Malfoy  bruscamente—. Y  mi  padre tampoco quiere contarme  nada  sobre  la última  vez  que  se abrió  la  Cámara de  los  Secretos.  Aunque  sucedió  hace cincuenta  años,  y  por  tanto  antes  de  su época, él  lo  sabe  todo  sobre  aquello, pero dice que  la cosa se mantuvo en  secreto y  asegura que  resultaría sospechoso  si  yo  supiera  demasiado. Pero  sé algo: la  última  vez  que  se abrió la  Cámara de  los Secretos, murió un  sangre sucia. Así que supongo que sólo es cuestión  de  tiempo que  muera  otro  esta vez... Espero que sea Granger  — dijo con  deleite.

Ron  apretaba  los grandes  puños de Crabbe. Dándose  cuenta  de  que  todo se echaría a  perder  si pegaba a  Malfoy,  Harry  le  dirigió una mirada de  aviso y dijo:

—¿Sabes  si  cogieron  al que abrió  la  cámara  la  última  vez?

—Sí...  Quienquiera que  fuera, lo  expulsaron  —dijo Malfoy—. Aún  debe de estar en  Azkaban.

—¿En Azkaban? —preguntó Harry,  sin  entender.

Claro, en Azkaban,  la  prisión mágica,  Goyle  —dijo  Malfoy,  mirándole,  sin dar  crédito  a  su  torpeza—.  La  verdad  es que si fueras  más  lento irías para atrás.

Se  movió nervioso en su silla y  dijo:

—Mi padre  dice  que  tengo que  mantenerme  al margen  y  dejar que  el heredero  de Slytherin haga  su trabajo. Dice  que  el  colegio tiene  que  librarse  de toda  esa  infecta  sangre sucia, pero  que  yo  no  debo mezclarme.  Naturalmente, él  ya  tiene bastantes problemas por  el momento. ¿Sabéis que el  Ministerio  de Magia registró nuestra casa la  semana  pasada?  —Harry  intentó  que  la inexpresiva  cara  de Goyle  expresara  algo  de preocupación—. Sí...  —dijo Malfoy—.  Por  suerte,  no  encontraron gran  cosa.  Mi  padre  posee  algunos objetos de Artes  Oscuras muy  valiosos.  Pero  afortunadamente nosotros también tenemos nuestra propia  cámara secreta debajo del suelo del salón.

—¡Ah!  —exclamó Ron.

Malfoy  lo  miró.  Harry  hizo  lo mismo. Ron se  puso  rojo,  incluso  el  pelo  se  le volvió un poco  rojo. También  se  le  alargó  la  nariz.  La  hora  de  que  disponían llegaba a  su fin, de  forma que Ron  estaba  empezando  a  convertirse  en  sí mismo,  y  a juzgar por la  mirada  de  horror que dirigía a  Harry,  a  éste  le  estaba sucediendo lo  mismo.

Se  pusieron  de  pie  de  un salto.

—Necesito  algo  para  el  estómago  —gruñó Ron, y  sin  más preámbulos echaron a  correr  a  lo  largo  de  la  sala  común  de Slytherin, lanzándose contra el muro  de  piedra  y  metiéndose  por el  corredor,  y  deseando  desesperadamente que  Malfoy  no  se  hubiera dado  cuenta de nada.  Harry  podía  notarse los pies sueltos dentro  de los grandes zapatos de Goyle, y  tuvo que levantarse  los bajos de  la  túnica al  hacerse  más pequeño.  Subieron  los  escalones  y  llegaron al  oscuro  vestíbulo  de  entrada,  en  que se  oían los sordos golpes  que  llegaban del  armario  en  que  habían  encerrado  a  Crabbe  y  Goyle.  Dejando los zapatos junto  a la puerta del armario,  subieron corriendo  en calcetines hasta los  lavabos de  Myrtle  la  Llorona.

—Bueno, no ha  sido  completamente  inútil  —dijo Ron, cerrando tras  ellos  la puerta  de  los  aseos—.  Ya  sé que todavía  no  hemos  averiguado  quién  ha cometido las agresiones,  pero mañana voy  a  escribir  a  mi  padre  para  decirle que  miren  debajo  del  salón  de  Malfoy.

Harry  se  miró la  cara en  el espejo  roto. Volvía  a  la  normalidad. Se  puso  las gafas  mientras Ron llamaba a la puerta del  retrete de  Hermione.

—Hermione, sal, tenemos  muchas  cosas  que  contarte.

—¡Marchaos!  —chilló  Hermione.

Harry  y  Ron  se  miraron el  uno al  otro.

—¿Qué  pasa?  —dijo Ron—.  Tienes  que  estar a  punto de  volver a  la normalidad, nosotros  ya...

Pero  Myrtle  la  Llorona  salió de repente  atravesando  la  puerta del  retrete. Harry  nunca la  había visto tan contenta.

—¡Aaaaaaaah, ya  la veréis!  —dijo—.  ¡Es horrible!

Oyeron descorrerse el cerrojo,  y  Hermione  salió, sollozando, tapándose la cara  con la túnica.

—¿Qué pasa?  —preguntó Ron, vacilante—. ¿Todavía  te  queda  la  nariz  de Millicent  o algo así?

Hermione  se descubrió  la  cara y  Ron retrocedió hasta darse  en  los  riñones con un  lavabo.

Tenía la  cara cubierta de  pelo negro.  Los  ojos  se  le  habían  puesto amarillos y  unas orejas  puntiagudas le sobresalían  de  la cabeza.

—¡Era un pelo de gato!  —maulló—. ¡Mi-Millicent  Bulstrode  debe  de  tener un  gato!  ¡Y  la poción  no  está pensada para transformarse en  animal!

—¡Eh, vaya!  —exclamó Ron.

—Todos se  van a  reír  de  ti  —dijo  Myrtle,  muy  contenta.

—No  te  preocupes,  Hermione —se  apresuró  a decir Harry—. Te llevaremos a la  enfermería. La señora  Pomfrey  no  hace  nunca  demasiadas preguntas...

Les  costó mucho trabajo  convencer  a Hermione de que  saliera de los aseos. Myrtle  la  Llorona  los siguió riéndose  con ganas.

—¡Pues  ya  verás  cuando todos se enteren  de que  tienes cola!

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustab...