jueves, 29 de diciembre de 2016

Capítulo 1: Lechuzas mensajeras

Harry Potter era, en muchos sentidos, un muchacho diferente. Por un lado, las vacaciones de verano le gustaban menos que cualquier otra época del año; y por otro, deseaba de verdad hacer los deberes, pero tenía que hacerlos a escondidas,  muy entrada la noche. Y además, Harry Potter era un mago.

Era casi medianoche y estaba tumbado en la cama, boca abajo, tapado con las mantas hasta la cabeza, como en una tienda de campaña. En una mano tenía la linterna y, abierto sobre la almohada, había  un libro grande, encuadernado en piel  (Historia de la Magia, de Adalbert Waffling). Harry recorría la página con la punta de su pluma de águila, con el entrecejo fruncido, buscando algo que le sirviera para su redacción sobre «La inutilidad de la quema de  brujas en el siglo XIV».

La pluma se detuvo en la parte superior de un párrafo que podía serle útil. Harry se subió las gafas redondas, acercó la linterna al libro y leyó:

En la Edad Media, los no magos (comúnmente denominados  muggles) sentían hacia  la magia un especial temor, pero no eran muy duchos en reconocerla. En las raras ocasiones en que capturaban a un auténtico brujo o bruja, la quema carecía en absoluto de efecto. La bruja o el brujo realizaba un sencillo encantamiento para enfriar las llamas y luego fingía que se retorcía de dolor mientras disfrutaba del suave cosquilleo. A Wendelin la Hechicera le gustaba tanto ser quemada que se dejó capturar no menos de cuarenta y siete veces con distintos aspectos.

Harry se puso la pluma entre los dientes y buscó bajo la almohada el tintero y un rollo de pergamino. Lentamente y con mucho cuidado, destapó el tintero, mojó la pluma y comenzó a escribir, deteniéndose a escuchar de vez en cuando, porque si alguno de los Dursley, al pasar hacia el baño, oía el rasgar de la pluma, lo más probable era que lo encerraran bajo llave hasta el final del verano en el armario que había debajo de las escaleras.

La familia Dursley, que vivía en el número 4 de Privet Drive, era el motivo de que Harry no pudiera tener  nunca vacaciones de verano. Tío Vernon, tía Petunia y su hijo Dudley eran los únicos parientes vivos que tenía Harry. Eran muggles, y su actitud hacia la magia era muy medieval. En casa de los Dursley nunca se mencionaba a los difuntos padres de Harry;  que habían sido brujos. Durante años, tía Petunia y tío Vernon habían albergado la esperanza de extirpar lo que Harry tenía de mago, teniéndolo bien sujeto. Les irritaba no haberlo logrado y vivían con el temor de que alguien pudiera descubrir que Harry  había pasado la mayor parte de los últimos dos años en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Lo único que podían hacer los Dursley aquellos días era guardar bajo llave los libros de hechizos, la varita mágica, el caldero y la escoba al inicio de las  vacaciones de verano, y prohibirle que hablara con los vecinos.

Para Harry había representado un grave problema que le quitaran los libros, porque los profesores de Hogwarts le habían puesto muchos deberes para el verano. Uno de los trabajos menos agradables, sobre pociones para encoger; era para el profesor menos estimado por Harry, Snape, que estaría encantado de tener una excusa para castigar a Harry durante un mes. Así que, durante la primera semana de vacaciones, Harry aprovechó la oportunidad: mientras tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban en el jardín admirando el nuevo coche de la empresa de tío Vernon (en voz muy alta, para que el vecindario se enterara), Harry fue a la planta baja, forzó la cerradura del armario de debajo de las escaleras,  cogió algunos libros y los escondió en su habitación. Mientras no dejara manchas de tinta en las sábanas, los Dursley no tendrían por qué enterarse de que aprovechaba las noches para estudiar magia.

Harry no quería problemas con sus tíos y menos en aquellos momentos, porque estaban enfadados con él, y todo porque cuando llevaba una semana de vacaciones había recibido una llamada telefónica de un compañero mago.

Ron Weasley, que era uno de los mejores amigos que Harry tenía en Hogwarts, procedía de una familia de magos. Esto significaba que sabía muchas cosas que Harry ignoraba, pero nunca había utilizado el teléfono.

Por desgracia, fue tío Vernon quien respondió:

—¿Diga?

Harry, que estaba en ese momento en la habitación, se quedó de piedra al oír que era  Ron quien respondía.

—¿HOLA? ¿HOLA? ¿ME OYE? ¡QUISIERA HABLAR CON HARRY POTTER!

Ron daba tales gritos que tío Vernon dio un salto y alejó el teléfono de su oído por lo menos medio metro, mirándolo con furia y sorpresa.

—¿QUIÉN ES? —voceó en dirección al auricular—. ¿QUIÉN ES?

—¡RON WEASLEY!  —gritó Ron a su vez, como si el tío Vernon y él estuvieran comunicándose desde los extremos de un campo de fútbol—. SOY UN AMIGO DE HARRY, DEL COLEGIO.

Los minúsculos ojos de tío Vernon se volvieron hacia Harry; que estaba inmovilizado.

—¡AQUÍ NO VIVE NINGÚN HARRY POTTER!  —gritó tío Vernon, manteniendo el brazo estirado, como si temiera que el teléfono pudiera estallar—. ¡NO SÉ DE QUÉ COLEGIO ME HABLA! ¡NO VUELVA A LLAMAR AQUÍ! ¡NO SE ACERQUE A MI FAMILIA!

Colgó el teléfono como quien se desprende de una araña venenosa.

La bronca que siguió fue una de las peores que le habían echado.

—¡CÓMO TE ATREVES A DARLE ESTE NÚMERO A GENTE COMO... COMO TÚ!  —le gritó tío Vernon, salpicándolo de saliva.

Ron, obviamente, comprendió que había puesto a Harry en un apuro, porque no volvió a llamar. La mejor amiga de Harry en Hogwarts, Hermione Granger, tampoco lo llamó. Harry se imaginaba que Ron le había dicho a Hermione que no lo llamara, lo cual era una pena, porque los padres de Hermione, la bruja más inteligente de la clase de Harry, eran muggles, y ella sabía muy bien cómo utilizar el teléfono, y probablemente habría tenido tacto suficiente para no revelar que estudiaba en Hogwarts.

De manera que Harry había permanecido cinco largas semanas sin tener noticia de sus amigos magos, y aquel verano estaba resultando casi tan desagradable como el anterior. Sólo había una pequeña mejora: después de jurar que no la usaría para enviar mensajes a ninguno de sus amigos, a Harry le habían permitido sacar de la jaula por las noches a su lechuza  Hedwig. Tío Vernon había transigido debido al escándalo que armaba  Hedwig  cuando permanecía todo el tiempo encerrada.

Harry terminó de escribir sobre Wendelin la Hechicera e hizo una pausa para volver a  escuchar. Sólo los ronquidos lejanos y ruidosos de su enorme primo Dudley rompían el silencio de la casa. Debía de ser muy tarde. A Harry le picaban los ojos de cansancio. Sería mejor terminar la redacción la noche siguiente...

Tapó el tintero, sacó una funda de almohada de debajo de la cama, metió dentro la linterna, la  Historia de la Magia, la redacción, la pluma y el tintero, se levantó y lo escondió todo debajo de la cama, bajo una tabla del entarimado que estaba suelta. Se puso de pie, se estiró y miró la hora en la esfera luminosa del despertador de la mesilla de noche.

Era la una de la mañana. Harry se sobresaltó: hacía una hora que había cumplido trece años y no se había dado cuenta.

Harry aún era un muchacho diferente en otro aspecto: en el escaso entusiasmo con que aguardaba sus cumpleaños. Nunca había recibido una tarjeta de felicitación. Los Dursley habían pasado por alto sus dos últimos cumpleaños y no tenía ningún motivo para suponer que fueran a acordarse del siguiente.

Harry atravesó a oscuras la habitación, pasando junto a la gran jaula vacía de  Hedwig, y llegó hasta la ventana, que estaba abierta. Se apoyó en el alféizar y notó con agrado en la cara, después del largo rato pasado bajo las mantas, el frescor de la noche. Hacía dos noches  que  Hedwig  se había ido. Harry no estaba preocupado por ella (en otras ocasiones se había ausentado durante períodos equivalentes), pero esperaba que no tardara en volver. Era el único ser vivo en aquella casa que no se asustaba al verlo.

Aunque Harry seguía siendo demasiado pequeño y esmirriado para su edad, había crecido varios centímetros durante el último año. Sin embargo, su cabello negro azabache seguía como siempre: sin dejarse peinar. No importaba lo que hiciera con él, el pelo no se sometía. Tras  las gafas tenía unos ojos verdes brillantes, y sobre la frente, claramente visible entre el pelo, una cicatriz alargada en forma de rayo.

Aquella cicatriz era la más extraordinaria de todas las características inusuales de Harry. No era, como le habían  hecho creer los Dursley durante diez años, una huella del accidente de automóvil que había acabado con la vida de los padres de Harry, porque Lily y James Potter no habían muerto en un accidente de tráfico, sino asesinados. Asesinados por el mago tenebroso más temido de los últimos cien años: lord Voldemort. Harry había sobrevivido a aquel ataque sin otra secuela que la cicatriz de la frente cuando el hechizo de Voldemort, en vez de matarlo, había rebotado contra su agresor. Medio muerto, Voldemort había  huido...

Pero Harry había tenido que vérselas con él desde el momento en que llegó a Hogwarts. Al recordar junto a la ventana su último encuentro, Harry pensó que si había cumplido los trece años era porque tenía mucha suerte.

Miró el cielo estrellado,  por si veía a  Hedwig, que quizá regresara con un ratón muerto en el pico, esperando sus elogios. Harry miraba distraído por encima de los tejados y pasaron algunos segundos hasta que comprendió lo que veía.

Perfilada contra la luna dorada y creciendo a cada instante se veía una figura de forma extrañamente irregular que se dirigía hacia Harry batiendo las alas. Se quedó quieto viéndola descender. Durante una fracción de segundo, Harry no supo, con la mano en la falleba, si cerrar la ventana de golpe. Pero entonces la extraña criatura revoloteó sobre una farola de Privet Drive, y Harry, dándose cuenta de lo que era, se hizo a un lado.

Tres lechuzas penetraron por la ventana, dos sosteniendo a otra que parecía inconsciente. Aterrizaron suavemente sobre la  cama de Harry, y la lechuza que iba en medio, y que era grande y gris, cayó y quedó allí inmóvil. Llevaba un paquete atado a las patas.

Harry reconoció enseguida a la lechuza inconsciente. Se llamaba  Errol  y pertenecía a la familia Weasley Harry se lanzó  inmediatamente sobre la cama, desató los cordeles de las patas de  Errol, cogió el paquete y depositó a  Errol  en la jaula de  Hedwig.  Errol  abrió un ojo empañado, ululó débilmente en señal de agradecimiento y comenzó a beber agua a tragos.

Harry volvió al lugar en que descansaban las otras lechuzas. Una de ellas (una hembra grande y blanca como la nieve) era su propia  Hedwig. También llevaba un paquete y parecía muy satisfecha de sí misma. Dio a Harry un picotazo cariñoso cuando le quitó la carga, y luego atravesó la habitación volando para reunirse con  Errol. Harry no reconoció a la tercera lechuza, que era muy bonita y de color pardo rojizo, pero supo enseguida de dónde venía, porque además del correspondiente paquete portaba un mensaje con el emblema de  Hogwarts. Cuando Harry le cogió la carta a esta lechuza, ella erizó las plumas orgullosamente, estiró las alas y emprendió el vuelo atravesando la ventana e internándose en la noche.

Harry se sentó en la cama, cogió el paquete de  Errol, rasgó el papel marrón y descubrió un regalo envuelto en papel dorado y la primera tarjeta de cumpleaños de su vida. Abrió el sobre con dedos ligeramente temblorosos. Cayeron dos trozos de papel: una carta y un recorte de periódico.

Supo que el recorte de periódico pertenecía al diario del mundo mágico  El Profeta  porque la gente de la fotografía en blanco y negro se movía. Harry

FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE MAGIA

RECIBE EL GRAN PREMIO

Arthur Weasley, director del Departamento Contra  el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles, ha ganado el gran premio anual Galleon Draw que entrega el diario  El Profeta.

El señor Weasley, radiante de alegría, declaró a  El Profeta: «Gastaremos el dinero en unas vacaciones estivales en Egipto, donde trabaja Bill, nuestro hijo mayor, deshaciendo hechizos para el banco mágico Gringotts

La familia Weasley pasará un mes en Egipto, y regresará para el comienzo del nuevo curso escolar de Hogwarts, donde estudian actualmente cinco hijos del matrimonio Weasley.

Observó la fotografía en movimiento, y una sonrisa se le dibujó en la cara al ver a los nueve Weasley ante una enorme pirámide, saludándolo con la mano. La pequeña y rechoncha señora Weasley, el alto y calvo señor Weasley, los seis hijos y la hija tenían  (aunque la fotografía en blanco y negro no lo mostrara) el pelo de un rojo intenso. Justo en el centro de la foto aparecía Ron, alto y larguirucho, con su rata  Scabbers  sobre el hombro y con el brazo alrededor de Ginny, su hermana pequeña.

Harry no sabía  de nadie que mereciera un premio más que los Weasley, que eran muy buenos y pobres de solemnidad. Cogió la carta de Ron y la desdobló.

Querido Harry:

¡Feliz cumpleaños!

Siento mucho lo de la llamada de teléfono. Espero que los muggles no te dieran un mal  rato. Se lo he dicho a mi padre y él opina que no debería haber gritado.

Egipto es estupendo. Bill nos ha llevado a ver todas las tumbas, y no te creerías las maldiciones que los antiguos brujos egipcios ponían en ellas. Mi madre no dejó que Ginny entrara en la última. Estaba llena de esqueletos mutantes de muggles que habían profanado la tumba y tenían varias cabezas y cosas así.

Cuando mi padre ganó el premio de  El Profeta  no me lo podía creer. ¡Setecientos galeones! La mayor parte se nos ha ido en estas vacaciones, pero me van a comprar otra varita mágica para el próximo curso.

Harry recordaba muy bien cómo se le había roto a Ron su vieja varita mágica. Fue cuando el coche en que los dos habían ido volando a Hogwarts chocó contra un árbol del parque  del colegio.

Regresaremos más o menos una semana antes de que comience el curso. Iremos a Londres a comprar la varita mágica y los nuevos libros. ¿Podríamos vernos allí?

¡No dejes que los muggles te depriman!  

Intenta venir a Londres.

Ron

Posdata: Percy  ha ganado el Premio Anual. Recibió la notificación la semana pasada.

Harry volvió a mirar la foto. Percy, que estaba en el séptimo y último curso de Hogwarts, parecía especialmente orgulloso. Se había colocado la medalla del Premio Anual en el fez que  llevaba graciosamente sobre su pelo repeinado.

Las gafas de montura de asta reflejaban el sol egipcio.

Luego Harry cogió el regalo y lo desenvolvió. Parecía una diminuta peonza de cristal. Debajo había otra nota de

Ron:

Harry:

Esto es un  chivatoscopio  de  bolsillo. Si hay alguien cerca que no sea de fiar, en teoría tiene que dar vueltas y encenderse. Bill dice que no es más que una engañifa para turistas magos, y que no funciona, porque la noche pasada estuvo toda la cena sin parar. Claro que él no sabía  que Fred y George le habían echado escarabajos en la sopa.

Hasta pronto,

Ron

Harry puso el chivatoscopio de bolsillo sobre la mesita de noche, donde permaneció inmóvil, en equilibrio sobre la punta, reflejando las manecillas luminosas del reloj. Lo contempló durante unos segundos, satisfecho, y luego cogió el paquete que había llevado  Hedwig.

También contenía un regalo envuelto en papel, una tarjeta y una carta, esta vez de Hermione:

Querido Harry:

Ron me escribió y me contó lo de su conversación telefónica con tu tío Vernon. Espero que estés bien.

En estos momentos estoy en Francia de vacaciones y no sabía cómo enviarte esto (¿y si lo abrían en la aduana?), ¡pero entonces apareció  Hedwig! Creo que quería asegurarse de que, para variar, recibías un regalo de cumpleaños. El regalo te lo he comprado por catálogo vía lechuza. Había un anuncio en  El Profeta  (me he suscrito, hay que estar al tanto de lo que ocurre en el mundo mágico). ¿Has visto la foto que salió de Ron y su familia hace una semana? Apuesto a que está aprendiendo montones de cosas, me muero de envidia... los brujos del antiguo Egipto eran fascinantes.

Aquí también tienen un interesante pasado en cuestión de brujería. He tenido que reescribir completa la redacción sobre Historia de la Magia  para poder incluir algunas cosas que he averiguado. Espero que no resulte excesivamente larga: comprende dos pergaminos más de los que había pedido el profesor Binns.

Ron dice que irá a Londres la última semana de vacaciones. ¿Podrías ir tú también? ¿Te  dejarán tus tíos? Espero que sí. Si no, nos veremos en el expreso de Hogwarts el 1 de septiembre.

Besos de Hermione

Posdata:

Ron me ha dicho que Percy ha recibido el Premio Anual. Me imagino que Percy estará en una nube. A Ron no parece que le haga mucha  gracia.

Harry volvió a sonreír mientras dejaba a un lado la carta de Hermione y cogía el regalo. Pesaba mucho. Conociendo a Hermione, estaba convencido de que sería un gran libro lleno de difíciles embrujos, pero no. El corazón le dio un vuelco cuando  quitó el papel y vio un estuche de cuero negro con unas palabras estampadas en plata: EQUIPO DE MANTENIMIENTO DE ESCOBAS VOLADORAS.

—¡Ostras, Hermione!  —murmuró Harry, abriendo el estuche para echar un vistazo.

Contenía un tarro grande de abrillantador de  palo de escoba marca Fleetwood, unas tijeras especiales de plata para recortar las ramitas, una pequeña brújula de latón para los viajes largos en escoba y un  Manual de mantenimiento de la escoba voladora.

Después de sus amigos, lo que Harry más apreciaba  de Hogwarts era el quidditch, el deporte que contaba con más seguidores en el mundo mágico. Era muy peligroso, muy emocionante, y los jugadores iban montados en escoba. Harry era muy bueno jugando al quidditch. Era el jugador más joven de Hogwarts de  los últimos cien años. Uno de sus trofeos más estimados era la escoba de carreras Nimbus 2.000.

Harry dejó a un lado el estuche y cogió el último paquete. Reconoció de inmediato los garabatos que había en el papel marrón: aquel paquete lo había enviado Hagrid, el guardabosques de Hogwarts. Desprendió la capa superior de papel y vislumbró una cosa verde y como de piel, pero antes de que pudiera desenvolverlo del todo, el paquete tembló y lo que estaba dentro emitió un ruido fuerte, como de fauces que se cierran.

Harry se estremeció. Sabía que Hagrid no le enviaría nunca nada peligroso a propósito, pero es que las ideas de Hagrid sobre lo que podía resultar peligroso no eran muy normales: Hagrid tenía amistad con arañas gigantes; había comprado en las tabernas feroces perros de tres cabezas; y había escondido en su cabaña huevos de dragón (lo cual estaba prohibido).

Harry tocó el paquete con el dedo, con temor. Volvió a hacer el mismo ruido de cerrar de fauces. Harry cogió la lámpara de la mesita de noche,  la sujetó firmemente con una mano y la levantó por encima de su cabeza, preparado para atizar un golpe. Entonces cogió con la otra mano lo que quedaba del envoltorio y tiró de él.

Cayó un libro. Harry sólo tuvo tiempo de ver su elegante cubierta verde, con  el título estampado en letras doradas,  El monstruoso libro de los monstruos, antes de que el libro se levantara sobre el lomo y escapara por la cama como si fuera un extraño cangrejo.

—Oh... ah  —susurró Harry.

Cayó de la cama produciendo un golpe seco y  recorrió con rapidez la habitación, arrastrando las hojas. Harry lo persiguió procurando no hacer ruido. Se había escondido en el oscuro espacio que había debajo de su mesa. Rezando para que los Dursley estuvieran aún profundamente dormidos, Harry se puso a  cuatro patas y se acercó a él.

—¡Ay!

El libro se cerró atrapándole la mano y huyó batiendo las hojas, apoyándose aún en las cubiertas. Harry gateó, se echó hacia delante y logró aplastarlo. Tío Vernon emitió un sonoro ronquido en el dormitorio contiguo.

Hedwig  y  Errol  lo observaban con interés mientras Harry sujetaba el libro fuertemente entre sus brazos, se iba a toda prisa hacia los cajones del armario y sacaba un cinturón para atarlo. El libro monstruoso tembló de ira, pero ya no podía abrirse ni cerrarse, así que Harry lo dejó sobre la cama y cogió la carta de Hagrid.

Querido Harry:

¡Feliz cumpleaños!

He pensado que esto te podría resultar útil para el próximo curso. De momento no te digo nada más. Te lo diré cuando nos veamos.

Espero que los muggles  te estén tratando bien. Con mis mejores deseos,

Hagrid

A Harry le dio mala espina que Hagrid pensara que podía serle útil un libro que mordía, pero dejó la tarjeta de Hagrid junto a las de Ron y Hermione, sonriendo con más ganas que nunca. Ya sólo le quedaba la carta de Hogwarts.

Percatándose de que era más gruesa de lo normal, Harry rasgó el sobre, extrajo la primera página de pergamino y leyó:

Estimado señor Potter:

Le rogamos que no olvide que el próximo curso dará comienzo el 1 de septiembre. El expreso de Hogwarts partirá a las once en punto de la mañana de la estación de King’s Cross, anden nueve y tres cuartos.

A los alumnos de tercer curso se les permite visitar determinados fines de semana el pueblo de Hogsmeade. Le rogamos que entregue a sus padres o tutores el documento de autorización adjunto para que lo firmen.

También se adjunta la lista de libros del próximo curso.

Atentamente,

Profesora M. McGonagall 

Subdirectora

Harry extrajo la autorización para visitar el pueblo de Hogsmeade, y  la examinó, ya sin sonreír. Sería estupendo visitar Hogsmeade los fines de semana; sabía que era un pueblo enteramente dedicado a la magia y nunca había puesto en él los pies. Pero ¿cómo demonios iba a convencer a sus tíos de que le firmaran la autorización?

Miró el despertador. Eran las dos de la mañana.

Decidió pensar en ello al día siguiente, se metió en la cama y se estiró para tachar otro día en el calendario que se había hecho para ir descontando los días que le quedaban para regresar a Hogwarts. Se  quitó las gafas y se acostó para contemplar las tres tarjetas de cumpleaños.

Aunque era un muchacho diferente en muchos aspectos, en aquel momento Harry Potter se sintió como cualquier otro: contento, por primera vez en su vida, de que fuera su cumpleaños.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Harry Potter y La Piedra Filosofal




Harry Potter se ha quedado huérfano y vive en casa de sus abominables tíos y del insoportable primo Dudley. Harry se siente muy triste y solo, hasta que un buen día recibe una carta que cambiará su vida para siempre. En ella le comunican que ha sido aceptado como alumno en el colegio interno Hogwarts de magia y hechicería. A partir de ese momento, la suerte de Harry da un vuelco espectacular. En esa escuela tan especial aprenderá encantamientos, trucos fabulosos y tácticas de defensa contra las malas artes. Se convertirá en el campeón escolar de quidditch, especie de fútbol aéreo que se juega montado sobre escobas, y se hará un puñado de buenos amigos... aunque también algunos temibles enemigos. Pero sobre todo, conocerá los secretos que le permitirán cumplir con su destino. Pues, aunque no lo parezca a primera vista, Harry no es un chico común y corriente. ¡Es un mago! 

Lista de capítulos >>


Capítulo 1: El niño que vivió

Capítulo 2: El vidrio que se desvaneció 

Capítulo 3: Las cartas de nadie

Capítulo 4: El guardián de las llaves 

Capítulo 5: El callejón Diagon

Capitulo 6: El viaje desde el andén nueve y tres cuartos  

Capítulo 7: El sombrero seleccionador 

Capítulo 8: El profesor de pociones

Capítulo 9: El duelo a media noche

Capítulo 10: Halloween

Capítulo 11: Quidditch

Capítulo 12: El espejo de Oesed

Capítulo 13: Nicolás Flamel

Capítulo 14: Norberto, el ridgeback noruego 

Capítulo 15: El bosque prohibido

Capítulo 16: A travéz de la trampilla

Capítulo 17: El hombre con dos caras




 

Capítulo 18: La recompensa de Dobby

Hubo un  momento de  silencio  cuando Harry,  Ron, Ginny  y  Lockhart aparecieron en  la  puerta, llenos de barro, suciedad  y,  en  el  caso  de  Harry, sangre. Luego alguien gritó:

—¡Ginny!

Era la  señora Weasley,  que  estaba  llorando  delante  de  la  chimenea. Se puso en pie  de  un salto,  seguida  por su marido,  y  se abalanzaron sobre su hija.

Harry,  sin  embargo,  miraba detrás  de ellos. El  profesor Dumbledore estaba ante  la repisa  de la  chimenea,  sonriendo, junto a la  profesora  McGonagall,  que respiraba  con  dificultad  y  se  llevaba una mano  al  pecho.  Fawkes  pasó zumbando  cerca  de Harry  para  posarse  en  el hombro  de  Dumbledore. Sin apenas  darse  cuenta,  Harry  y  Ron  se encontraron atrapados en  el abrazo  de  la señora Weasley

—¡La  habéis  salvado!  ¡La habéis salvado!  ¿Cómo lo  hicisteis?

—Creo que a todos nos encantaría enterarnos  —dijo con un  hilo  de  voz  la profesora McGonagall.

La  señora Weasley  soltó  a Harry,  que dudó  un instante, luego  se  acercó  a la  mesa  y  depositó encima el Sombrero Seleccionador,  la  espada  con  rubíes incrustados y  lo que quedaba del  diario  de Ryddle.

Harry  empezó  a  contarlo  todo.  Habló durante  casi un cuarto de  hora, mientras  los demás  lo  escuchaban absortos  y  en silencio.  Contó  lo  de  la  voz que  no  salía de ningún  sitio;  que  Hermione había  comprendido  que lo  que  él oía  era  un  basilisco  que se movía  por las tuberías; que  él y  Ron  siguieron  a  las arañas por el  bosque;  que  Aragog  les  había dicho dónde  había  matado  a  su víctima el basilisco; que había  adivinado  que  Myrtle  la  Llorona  había sido  la víctima, y  que la  entrada  a la  Cámara de los Secretos podía encontrarse  en  los aseos...

—Muy  bien  —señaló  la  profesora McGonagall,  cuando Harry  hizo  una pausa—,  así  que  averiguasteis dónde estaba  la  entrada, quebrantando un centenar de  normas, añadiría yo. Pero  ¿cómo  demonios conseguisteis  salir  con vida,  Potter?

Así que  Harry, con  la voz  ronca de  tanto hablar,  les  relató  la  oportuna llegada de  Fawkes  y  del  Sombrero  Seleccionador,  que le  proporcionó la espada.  Pero  luego  titubeó.  Había evitado hablar  sobre  la relación entre el diario  de  Ryddle  y  Ginny. Ella  apoyaba  la cabeza  en el  hombro de  su madre, y seguía  derramando  silenciosas lágrimas por las mejillas.  ¿Y  si la  expulsaban?, pensó Harry  aterrorizado.  El diario de  Ryddle no  serviría ya  como  prueba,  pues había quedado  inservible...  ¿cómo  podrían  demostrar  que  era  el  causante  de todo?

Instintivamente, Harry  miró a  Dumbledore, y  éste esbozó  una  leve  sonrisa. La  hoguera de la  chimenea hacía brillar  sus lentes de media luna.

—Lo  que  más  me  intriga —dijo Dumbledore  amablemente—,  es cómo  se las  arregló lord  Voldemort  para  embrujar  a  Ginny, cuando  mis fuentes me indican que actualmente se halla oculto  en  los bosques  de  Albania.

Harry  se sintió  maravillosamente  aliviado.

—¿Qué...  qué? —preguntó el  señor Weasley  con  voz  atónita—. ¿Sabe  quiquién?  ¿Ginny  embrujada?  Pero Ginny  no ha...  Ginny  no ha  sido...  ¿verdad?

—Fue el  diario  —dijo inmediatamente  Harry,  cogiéndolo y  enseñándoselo a Dumbledore—. Ryddle  lo  escribió  cuando  tenía  dieciséis  años.

Dumbledore cogió  el  diario  que  sostenía Harry  y  examinó  minuciosamente sus páginas  quemadas y  mojadas.

—Soberbio  —dijo  con  suavidad—.  Por supuesto, él ha  sido  probablemente el  alumno más inteligente  que  ha  tenido  nunca Hogwarts. —Se volvió  hacia  los Weasley,  que  lo  miraban perplejos—. Muy  pocos  saben  que  lord  Voldemort  se llamó antes Tom  Ryddle.  Yo  mismo  le  di  clase, hace  cincuenta años, en Hogwarts. Desapareció  tras  abandonar el  colegio...  Recorrió  el  mundo..., profundizó  en  las  Artes Oscuras, tuvo trato con los peores  de entre  los nuestros, acometió  peligros, transformaciones mágicas,  hasta tal  punto  que cuando  resurgió  como  lord Voldemort  resultaba  irreconocible.  Prácticamente nadie  relacionó  a  lord  Voldemort  con  el muchacho  inteligente y  encantador que recibió  aquí el  Premio  Anual.

—Pero  Ginny  —dijo la  señora  Weasley—. ¿Qué  tiene que ver nuestra Ginny con  él?

—¡Su...  su  diario!  —dijo Ginny  entre  sollozos—. He  estado  escribiendo en él,  y  me  ha estado  contestando durante  todo  el curso...

—¡Ginny!  —exclamó su  padre,  atónito—.  ¿No te he  enseñado  una  cosa? ¿Qué  te he dicho siempre? No confíes  en  cosas que  tengan la  capacidad  de pensar  pero de  las  cuales  no sepas  dónde tienen  el  cerebro. ¿Por qué no  me enseñaste el diario a mí  o  a  tu madre?  Un  objeto  tan sospechoso  como  ése, ¡tenía que  ser  cosa de magia negra!

—No...,  no lo  sabía  —sollozó Ginny—.  Lo  encontré dentro  de  uno  de  los libros  que me  había  comprado  mamá.  Pensé que alguien  lo había dejado  allí y se le  había olvidado...

—La  señorita Weasley  debería  ir directamente a  la  enfermería  —terció Dumbledore con voz  firme—. Para ella  ha sido  una experiencia terrible.  No habrá castigo. Lord  Voldemort ha  engañado a magos más viejos  y  más sabios. —Fue a abrir la puerta—.  Reposo en cama  y  tal vez  un  tazón de  chocolate caliente.  A  mí  siempre  me  anima  —añadió,  guiñándole  un  ojo bondadosamente—. La  señora  Pomfrey  estará  todavía despierta. Debe  de estar  dando  zumo  de  mandrágora a las víctimas  del basilisco. Seguramente despertarán de un  momento a otro.

—¡Así  que Hermione  está  bien!  —dijo Ron con alegría.

—No les han causado  un  daño irreversible  —dijo Dumbledore.

La  señora  Weasley  salió  con Ginny,  y  el  padre  iba  detrás, todavía muy impresionado.

—¿Sabes,  Minerva?  —dijo pensativamente  el profesor  Dumbledore  a  la profesora  McGonagall—,  creo que  esto  se  merece  un  buen banquete. ¿Te puedo pedir que vayas a avisar a los  de  la cocina?

—Bien —dijo  resueltamente la  profesora McGonagall, encaminándose también hacia  la puerta—, te  dejaré  para que ajustes  cuentas  con  Potter  y Weasley.

—Eso es —dijo Dumbledore.

Salió,  y  Harry  y  Ron miraron a Dumbledore  dubitativos. ¿Qué había querido  decir exactamente la  profesora McGonagall con aquello  de  «ajustar cuentas»?  ¿Acaso  los iban  a  castigar?

—Creo recordar  que os dije  que  tendría que expulsaros si  volvíais  a quebrantar  alguna norma del colegio —dijo Dumbledore.

Ron abrió  la  boca  horrorizado.

—Lo  cual  demuestra  que todos tenemos  que  tragarnos  nuestras  palabras alguna  vez  —prosiguió  Dumbledore, sonriendo—. Recibiréis  ambos el  Premio por Servicios  Especiales al  Colegio  y... veamos..., sí,  creo  que  doscientos puntos para Gryffindor por  cada uno.

Ron  se puso tan sonrosado como  las flores  de  San  Valentín  de Lockhart, y volvió a cerrar la  boca.

—Pero  hay  alguien que parece que no  dice  nada  sobre  su  participación  en la  peligrosa  aventura —añadió Dumbledore—.  ¿Por qué esa  modestia, Gilderoy?

Harry  dio un  respingo.  Se  había olvidado por completo  de  Lockhart.  Se volvió y  vio que estaba  en  un rincón  del despacho, con  una  vaga  sonrisa en  el rostro.  Cuando  Dumbledore  se dirigió a  él,  Lockhart miró  con indiferencia  para ver quién le  hablaba.

—Profesor  Dumbledore  —dijo  Ron  enseguida—,  hubo un accidente en la Cámara  de  los Secretos. El  profesor  Lockhart..

—¿Soy  profesor? —preguntó sorprendido
—.  ¡Dios  mío!  Supongo que seré un  inútil,  ¿no?

—...  intentó  hacer un  embrujo desmemorizante y  el tiro le  salió  por la  culata —explicó  Ron a Dumbledore tranquilamente.

—Hay  que ver  —dijo Dumbledore,  moviendo  la  cabeza  de  forma que le temblaba  el  largo  bigote  plateado—, ¡herido  con  su  propia  espada,  Gilderoy!

—¿Espada? —dijo Lockhart  con voz  tenue—.  No,  no tengo  espada. Pero este chico sí  tiene  una. —señaló  a Harry—.  Él  se  la  podrá prestar.

—¿Te  importaría llevar también al  profesor Lockhart a  la  enfermería?  — dijo Dumbledore a Ron—.  Quisiera  tener  unas palabras con Harry.

Lockhart salió. Ron  miró con  curiosidad  a  Harry  y  Dumbledore  mientras cerraba la puerta.

Dumbledore fue hacia una de las  sillas que había  junto al fuego.

—Siéntate,  Harry  —dijo,  y  Harry  tomó  asiento,  incomprensiblemente azorado—. Antes que nada, Harry,  quiero darte  las gracias —dijo Dumbledore, parpadeando de  nuevo—. Debes de  haber  demostrado  verdadera  lealtad  hacia mí  en  la cámara.  Sólo eso puede hacer que  acuda  Fawkes.

Acarició al  fénix,  que agitaba las  alas posado  sobre una  de  sus rodillas. Harry  sonrió  con  embarazo  cuando  Dumbledore lo  miró directamente  a los ojos.

—Así que  has conocido  a Tom  Ryddle —dijo Dumbledore pensativo—. Imagino que  tendría  mucho interés en verte.

De  pronto, Harry  mencionó  algo que le reconcomía:

—Profesor Dumbledore... Ryddle  dijo  que yo  soy  como  él.  Una  extraña afinidad, dijo...

—¿De verdad?  —preguntó Dumbledore,  mirando a un  Harry  pensativo,  por debajo  de  sus espesas cejas plateadas—.  ¿Y  a ti  qué te  parece,  Harry?

—¡Me  parece  que no  soy  como  él!  —contestó  Harry,  más alto de  lo  que pretendía—.  Quiero decir  que yo..., yo  soy  de  Gryffindor,  yo  soy...

Pero  calló.  Resurgía una  duda  que le acechaba.

—Profesor  —añadió  después de  un  instante—, el Sombrero Seleccionador me  dijo  que  yo... haría  un  buen papel en  Slytherin. Todos creyeron  un  tiempo que yo  era el heredero  de  Slytherin,  porque  sé  hablar  pársel...

—Tú sabes hablar  pársel, Harry  —dijo tranquilamente Dumbledore—, porque  lord  Voldemort, que  es el  último  descendiente  de  Salazar  Slytherin, habla  pársel.  Si  no  estoy  muy  equivocado, él te  transfirió algunos  de  sus poderes la  noche  en  que  te hizo  esa cicatriz. No era su intención,  seguro...

—¿Voldemort puso algo de  él  en  mí?  —preguntó Harry,  atónito.

—Eso parece. —Así  que yo  debería estar en Slytherin  —dijo  Harry, mirando  con desesperación  a  Dumbledore—.  El Sombrero Seleccionador distinguió en  mí poderes  de  Slytherin  y...

—Te puso  en Gryffindor  —dijo  Dumbledore  reposadamente—. Escúchame, Harry.  Resulta que tú  tienes  muchas  de las cualidades que Slytherin apreciaba en  sus alumnos,  que  eran  cuidadosamente escogidos: su propio y  rarísimo don, la  lengua  pársel...,  inventiva...,  determinación...,  un  cierto desdén  por las normas  —añadió,  mientras  le  volvía  a temblar el bigote—. Pero aun así, el sombrero te colocó  en  Gryffindor.  Y  tú sabes por  qué. Piensa.

—Me  colocó en  Gryffindor —dijo Harry  con voz  de  derrota— solamente porque yo  le  pedí no ir a Slytherin...

—Exacto —dijo  Dumbledore,  volviendo  a  sonreír—. Eso  es  lo  que  te diferencia  de Tom  Ryddle.  Son nuestras elecciones,  Harry,  las  que  muestran  lo que somos, mucho más que nuestras  habilidades.  —Harry  estaba  en  su  silla, atónito  e  inmóvil—.  Si  quieres una prueba de  que perteneces a  Gryffindor, te sugiero que mires esto con  más  detenimiento.

Dumbledore  se  acercó al escritorio de  la  profesora McGonagall,  cogió la espada ensangrentada  y  se la  pasó a  Harry. Sin  mucho ánimo, Harry  le  dio  la vuelta  y  vio  brillar  los  rubíes a la  luz  del fuego. Y  luego  vio el  nombre grabado debajo  de  la empuñadura:  Godric  Gryffindor:

—Sólo un  verdadero miembro  de  Gryffindor podría  haber sacado esto  del sombrero, Harry  —dijo simplemente  Dumbledore.

Durante  un  minuto,  ninguno de los dos dijo  nada.  Luego  Dumbledore abrió uno de  los cajones  del  escritorio  de  la  profesora McGonagall y  sacó  de  él  una pluma y  un  tintero.

—Lo  que necesitas,  Harry,  es comer algo y  dormir.  Te sugiero  que  bajes  al banquete,  mientras  escribo a Azkaban:  necesitamos  que  vuelva nuestro guarda. Y  tengo  que redactar  un  anuncio  para  El Profeta, además  —añadió pensativo—.  Necesitamos  un  nuevo  profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.  Vaya, parece  que  no  nos duran  nada,  ¿verdad?

Harry  se  levantó  y  se  dispuso  a salir.  Pero apenas tocó el  pomo  de la puerta,  ésta  se abrió tan bruscamente que pego contra la pared y  rebotó.

Lucius Malfoy  estaba  allí,  con  el  semblante  furioso; y  también Dobby, encogido de miedo y  cubierto  de  vendas.

—Buenas  noches,  Lucius  —dijo  Dumbledore  amablemente.

El  señor  Malfoy  casi  derriba  a Harry  al  entrar en el  despacho. Dobby  lo seguía detrás,  pegado a su capa,  con  una expresión de  terror.

—¡Vaya!  —dijo  Lucius Malfoy,  fijos en  Dumbledore sus fríos ojos—. Ha vuelto.  El  consejo escolar lo  ha  suspendido de sus funciones,  pero  aun  así, usted  ha  considerado conveniente volver.

—Bueno, Lucius, verá  —dijo Dumbledore,  sonriendo  serenamente—,  he recibido  una petición  de  los  otros  once  representantes.  Aquello  parecía  un criadero de lechuzas,  para serle sincero. Cuando recibieron  la noticia de  que la hija de  Arthur  Weasley  había sido  asesinada, me  pidieron  que  volviera inmediatamente.  Pensaron  que, a pesar de todo,  yo  era el hombre más adecuado para  el  cargo. Además,  me  contaron  cosas muy  curiosas.  Algunos incluso decían  que usted  les había  amenazado con  echar una  maldición  sobre sus familias si no  accedían a destituirme.

El  señor Malfoy  se  puso  aún más pálido de  lo  habitual,  pero  seguía  con  los ojos cargados de furia.

—¿Así  que...  ha  puesto fin a  los ataques?  —dijo  con  aire  despectivo—. ¿Ha encontrado  al  culpable?

—Lo hemos encontrado  —contestó  Dumbledore,  con  una sonrisa.

—¿Y bien?  —preguntó  bruscamente  Malfoy—. ¿Quién  es?

—El mismo que la última  vez,  Lucius —dijo Dumbledore—.  Pero  esta  vez lord Voldemort  actuaba a través  de  otra persona, por medio de este diario.

Levantó  el  cuaderno negro agujereado en  el  centro, y  miró a Malfoy atentamente. Harry,  por el contrario,  no  apartaba  los ojos de  Dobby.

El  elfo  hacia  cosas  muy  raras.  Miraba  fijamente  a  Harry, señalando  el diario,  y  luego al señor  Malfoy.  A  continuación se daba puñetazos en  la  cabeza.

—Ya veo... —dijo despacio  Malfoy  a Dumbledore.

—Un  plan  inteligente  —dijo Dumbledore con  voz  desapasionada, sin  dejar de  mirar a  Malfoy  directamente a los ojos—. Porque  si Harry,  aquí  presente  — el  señor Malfoy  dirigió  a Harry  una  incisiva  mirada  de  soslayo—, y  su  amigo Ron  no  hubieran  descubierto este cuaderno..., Ginny  Weasley  habría aparecido como  culpable. Nadie habría podido  demostrar que  ella  no  había actuado libremente...

El  señor  Malfoy  no  dijo  nada. Su  cara se había vuelto de  repente como  de piedra.

—E  imagine —prosiguió Dumbledore—  lo  que podría haber  ocurrido entonces...  Los Weasley  son  una  de las familias de  sangre limpia  más distinguidas. Imagine el  efecto  que  habría tenido sobre Arthur Weasley  y  su  Ley de  defensa de  los  muggles, si se descubriera  que su  propia hija  había  atacado y  asesinado  a  personas de  origen  muggle. Afortunadamente apareció  el  diario, con  los  recuerdos  de  Ryddle  borrados de  él. Quién sabe  lo  que  podría  haber pasado si no  hubiera sido  así.

El  señor Malfoy  hizo  un  esfuerzo  por  hablar.

—Ha sido una  suerte —dijo fríamente.

Pero  Dobby  seguía, a  su  espalda, señalando primero  al  diario,  después  a Lucius Malfoy, y  luego  pegándose en la cabeza.

Y  Harry  comprendió  de  pronto. Hizo  un  gesto  a  Dobby  con  la  cabeza, y éste se retiró a un  rincón,  retorciéndose las orejas para  castigarse.

—¿Sabe  cómo  llegó ese diario  a  Ginny,  señor Malfoy? —le  preguntó  Harry.

Lucius Malfoy  se volvió hacia él.

—¿Por qué  iba  a  saber yo  de dónde lo  cogió  esa tonta? —preguntó.

—Porque  usted  se  lo  dio  —respondió Harry—. En  Flourish  y  Blotts. Usted le  cogió  su libro de  transformación  y  metió  el  diario dentro,  ¿a que  sí?

Vio  que el  señor Malfoy  abría y  cerraba  las manos.

—Demuéstralo —dijo, furioso.

—Nadie  puede demostrarlo  —dijo Dumbledore, y  sonrió  a Harry—,  puesto que  ha  desaparecido  del libro todo  rastro de Ryddle.  Por otro lado, le aconsejo Lucius,  que  deje  de  repartir viejos recuerdos  escolares de lord Voldemort.  Si  algún otro  cayera en  manos  inocentes, Arthur  Weasley  se asegurará  de  que  le sea devuelto  a usted...

Lucius Malfoy  se quedó un  momento quieto, y  Harry  vio  claramente  que  su mano  derecha  se  agitaba como  si quisiera empuñar la varita. Pero  en  vez  de hacerlo,  se  volvió  a  su  elfo  doméstico.

—¡Nos vamos, Dobby!
Tiró de la puerta,  y  cuando el elfo  se acercó  corriendo,  le  dio  una  patada que lo envió fuera. Oyeron a Dobby  gritar de  dolor  por todo  el  pasillo.  Harry reflexionó  un  momento,  y  entonces  tuvo  una  idea.

—Profesor  Dumbledore  —dijo deprisa—, ¿me  permite  que  le  devuelva  el diario  al  señor  Malfoy?

—Claro, Harry  —dijo Dumbledore con  calma—. Pero  date prisa.  Recuerda el  banquete.

Harry  cogió el  diario  y  salió  del despacho  corriendo.  Aún  se  oían alejándose  los  gritos de dolor  de  Dobby,  que ya  había doblado  la  esquina del corredor. Rápidamente,  preguntándose  si sería  posible  que su  plan  tuviera éxito,  Harry  se quitó un zapato, se sacó el  calcetín sucio y  embarrado, y  metió el  diario  dentro. Luego se puso  a  correr por el  oscuro corredor.

Los alcanzó  al  pie  de  las  escaleras.

—Señor Malfoy  —dijo jadeando y  patinando  al  detenerse—,  tengo  algo para usted.

Y le puso  a  Lucius  Malfoy  en  la mano  el calcetín  maloliente.

—¿Qué diablos...?

El  señor Malfoy  extrajo el  diario  del calcetín, tiró éste  al suelo y  luego  pasó la  vista,  furioso,  del  diario  a  Harry.

—Harry  Potter,  vas  a terminar  como  tus padres  uno  de  estos días  —dijo bajando la  voz—. También ellos eran  unos idiotas  entrometidos.  —Y  se  volvió para  irse—. Ven, Dobby.  ¡He  dicho  que  vengas!

Pero  Dobby  no se  movió.  Sostenía el calcetín sucio y  embarrado de  Harry, contemplándolo como  si fuera  un  tesoro de valor incalculable.

—Mi amo le  ha  dado  a Dobby  un  calcetín  —dijo  el  elfo  asombrado—. Mi amo  se  lo  ha dado a Dobby.

—¿Qué?  —escupió  el  señor  Malfoy—. ¿Qué  has dicho?

—Dobby  tiene  un  calcetín —dijo  Dobby  aún sin  poder creérselo—. Mi  amo lo  tiró,  y  Dobby  lo  cogió,  y  ahora Dobby...  Dobby  es libre.

Lucius Malfoy  se quedó  de  piedra,  mirando al elfo.  Luego  embistió  a  Harry.

—¡Por tu  culpa  he  perdido a mi  criado, mocoso! Pero  Dobby  gritó:

—¡Usted  no  hará daño a Harry  Potter!

Se  oyó  un  fuerte  golpe, y  el  señor Malfoy  cayó  de  espaldas.  Bajó  las escaleras de  tres en  tres y  aterrizó  hecho  una  masa  de  arrugas.  Se  levantó, lívido,  y  sacó la  varita,  pero Dobby  le levantó un dedo amenazador.

—Usted  se va  a  ir ahora —dijo con fiereza,  señalando  al  señor Malfoy—. Usted  no  tocará a Harry  Potter.  Váyase ahora mismo.

Lucius Malfoy  no tuvo elección. Dirigiéndoles una última  mirada  de  odio,  se cubrió por completo con  la  capa  y  salió apresuradamente.

—¡Harry  Potter  ha  liberado  a Dobby!  —chilló  el  elfo,  mirando  a  Harry. La luz  de la  luna  se  reflejaba, a  través de  una ventana cercana,  en  sus  ojos esféricos—. ¡Harry  Potter  ha  liberado  a  Dobby!

—Es  lo  menos que podía hacer, Dobby  —dijo Harry,  sonriendo—. Pero prométame que  no  volverá a intentar  salvarme  la  vida.

Una  sonrisa  amplia, con todos los dientes a la  vista, cruzó la  fea cara cetrina del elfo.

—Sólo tengo  una  pregunta, Dobby  —dijo  Harry,  mientras  Dobby  se  ponía el  calcetín  de  Harry  con manos temblorosas—. Usted me  dijo que esto no  tenía nada que  ver  con El-que-no-debe-ser-nombrado,  ¿recuerda?  Bueno...

—Era una  pista,  señor —dijo Dobby,  con los ojos  muy  abiertos, como  si resultara obvio—. Dobby  le daba  una pista. Antes de  que  cambiara  de  nombre, el  Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se  da  cuenta?

—Bien —dijo Harry  con  voz  débil—. Será  mejor  que  me  vaya.  Hay  un banquete,  y  mi  amiga Hermione  ya  estará  recobrada...

Dobby  le echó  los brazos a Harry  en  la  cintura  y  lo  abrazó  con  fuerza.

—¡Harry  Potter  es mucho más grande de  lo que Dobby  suponía!  — sollozó—.  ¡Adiós, Harry  Potter!

Y dando un sonoro chasquido,  Dobby  desapareció.

Harry  había estado presente en  varios banquetes de  Hogwarts,  pero  en ninguno como  aquél.  Todos  iban en pijama, y  la celebración duró  toda  la noche. Harry  no  sabía  si  lo mejor  había  sido  cuando  Hermione  corrió  hacia  él gritando:  «¡Lo  has  conseguido!  ¡Lo has conseguido!»; o cuando Justin se levantó  de la  mesa  de Hufflepuff  y  se le  acercó veloz  para  estrecharle  la  mano  y disculparse  infinitamente  por  haber sospechado de  él; o cuando  Hagrid  llegó,  a las tres  y  media, y  dio  a Harry  y  a Ron unas  palmadas  tan  fuertes  en  los  hombros  que los tiró contra el  postre; o cuando  dieron  a  Gryffindor los  cuatrocientos puntos  ganados  por  él  y  Ron,  con  lo  que  se aseguraron  la  copa  de  las casas por  segundo año consecutivo;  o  cuando la profesora McGonagall se levantó para  anunciar  que  el  colegio,  como  obsequio a los alumnos, había decidido prescindir  de  los exámenes («¡Oh,  no!»,  exclamó Hermione); o  cuando Dumbledore anunció  que, por  desgracia,  el profesor  Lockhart no  podría  volver el  curso siguiente,  debido a que tenía  que  ingresar  en un  sanatorio  para  recuperar la  memoria.  Algunos de  los profesores se  unieron  al  grito  de  júbilo  con  el que los alumnos recibieron estas noticias.

—¡Qué pena!  —dijo  Ron,  cogiendo  una rosquilla  rellena  de  mermelada—. Estaba  empezando a caerme  bien.

El  resto del último  trimestre  transcurrió  bajo  un  sol  radiante  y  abrasador. Hogwarts  había  vuelto  a  la normalidad, con sólo unas pequeñas diferencias: las clases de  Defensa  Contra las Artes Oscuras se  habían  suspendido  («pero hemos  hecho  muchas prácticas»,  dijo  Ron a una  contrariada  Hermione) y Lucius Malfoy  había sido  expulsado del consejo escolar. Draco  ya  no  se pavoneaba  por el  colegio  como  si fuera  el  dueño.  Por  el  contrario,  parecía resentido y  enfurruñado.  Y  Ginny  Weasley  volvía a ser completamente  feliz.

Muy  pronto  llegó  el momento de  volver  a casa en  el expreso de  Hogwarts. Harry, Ron,  Hermione,  Fred, George  y  Ginny  tuvieron  todo  un  compartimento para ellos.  Aprovecharon al  máximo  las  últimas  horas  en  que  les  estaba permitido  hacer  magia  antes  de que comenzaran las  vacaciones. Jugaron al snap  explosivo, encendieron las últimas bengalas del doctor Filibuster  de George  y  Fred, y  jugaron  a desarmarse unos a otros mediante la  magia. Harry estaba  adquiriendo  en  esto  gran habilidad.

Estaban llegando a Kings  Cross cuando Harry  recordó algo.

—Ginny.., ¿qué  es lo  que le  viste  hacer  a  Percy,  que  no  quería  que  se  lo dijeras a  nadie?

—¡Ah, eso!  —dijo Ginny  con  una risita—.  Bueno,  es que  Percy  tiene novia.

A  Fred  se le cayeron los libros que  llevaba en  el  brazo.

—¿Qué?

—Es esa prefecta  de  Ravenclaw,  Penélope  Clearwater  —dijo  Ginny—.  Es a  ella a  quien estuvo  escribiendo  todo el  verano  pasado. Se  han estado  viendo en  secreto por todo  el colegio.  Un  día los descubrí besándose en un  aula vacía. Le  afectó  mucho  cuando  ella  fue..., ya  sabéis..., atacada.  No  os reiréis  de  él, ¿verdad? —añadió.

—Ni  se me  pasaría por la  cabeza  —dijo Fred,  que ponía una  cara  como  si faltase  muy  poco  para  su  cumpleaños.

—Por supuesto que  no  —corroboró George  con una risita.

El  expreso de Hogwarts  aminoró  la  marcha y  al final se detuvo.

Harry  sacó  la  pluma y  un  trozo  de  pergamino  y  se volvió a Ron y  Hermione.

—Esto es lo  que se  llama  un  número  de  teléfono  —dijo  Harry, escribiéndolo  dos  veces y  partiendo el pergamino en dos  para darles un número  a cada  uno—.  Tu padre ya  sabe cómo  se usa el  teléfono, porque el verano  pasado  se  lo  expliqué.  Llamadme  a  casa de los Dursley,  ¿vale? No podría aguantar otros dos meses  sin hablar con nadie más  que con Dudley...

—Pero  tus  tíos  estarán  muy  orgullosos de  ti,  ¿no?  —dijo Hermione  cuando salían  del  tren y  se metían  entre  la  multitud  que  iba  en  tropel  hacia la  barrera encantada—. ¿Y  cuando  se  enteren  de  lo  que  has  hecho  este  curso?

—¿Orgullosos? —dijo  Harry—.  ¿Estás loca? ¿Con  todas las oportunidades que tuve de morir, y  no  lo logré? Estarán  furiosos...

Y juntos atravesaron  la  verja hacia el  mundo  muggle.

Capítulo 17: El heredero de Slytherin

Se  hallaba en  el  extremo de  una  sala  muy  grande,  apenas  iluminada.  Altísimas columnas  de  piedra  talladas  con serpientes enlazadas se  elevaban para sostener un  techo  que  se  perdía  en  la  oscuridad, proyectando largas  sombras negras  sobre la extraña penumbra verdosa que reinaba en  la  estancia.

Con  el  corazón  latiéndole  muy  rápido,  Harry  escuchó aquel silencio  de ultratumba.  ¿Estaría el  basilisco acechando  en  algún  rincón  oscuro, detrás  de una columna? ¿Y  dónde estaría  Ginny?

Sacó  su varita  y  avanzó  por entre las  columnas  decoradas  con  serpientes. Sus  pasos  resonaban  en  los  muros sombríos. Iba con los ojos entornados, dispuesto a  cerrarlos  completamente  al menor indicio de movimiento. Le parecía que las serpientes  de  piedra lo  vigilaban  desde  las cuencas vacías de sus ojos.  Más  de  una vez,  el  corazón le  dio  un vuelco  al  creer que alguna se movía.

Al  llegar  al  último par de  columnas,  vio  una  estatua, tan  alta  como  la  misma cámara,  que surgía imponente,  adosada al muro del fondo.

Harry  tuvo que  echar  atrás la  cabeza  para poder  ver  el  rostro gigantesco que la  coronaba: era  un  rostro  antiguo  y  simiesco,  con  una  barba  larga  y  fina que le llegaba  casi hasta el  final de  la  amplia  túnica  de  mago,  donde  unos enormes  pies  de  color gris se  asentaban  sobre el  liso  suelo.  Y  entre  los  pies, boca abajo,  vio una  pequeña  figura con túnica negra  y  el cabello de un  rojo encendido.

—¡Ginny!  —susurró  Harry, corriendo hacia ella  e hincándose  de rodillas—. ¡Ginny!  ¡No  estés  muerta!  ¡Por favor, no estés muerta!  —Dejó la varita  a  un lado, cogió a  Ginny  por los hombros y  le dio la  vuelta.  Tenía  la  cara  tan  blanca y  fría como  el  mármol,  aunque los ojos  estaban  cerrados, así que  no  estaba petrificada.  Pero entonces tenía que  estar...—.  Ginny,  por favor,  despierta  — susurró  Harry  sin  esperanza, agitándola. La cabeza de  Ginny  se movió, inanimada, de un  lado a otro.

—No despertará  —dijo  una voz  suave.

Harry  se enderezó de un salto.

Un  muchacho  alto, de  pelo negro,  estaba  apoyado contra la  columna  más cercana,  mirándole.  Tenía los contornos borrosos,  como  Harry  si  lo  estuviera mirando  a  través  de  un  cristal  empañado.  Pero  no  había  dudas sobre  quién era.

—Tom... ¿Tom  Ryddle?

Ryddle asintió con  la  cabeza,  sin  apartar los  ojos del  rostro  de  Harry.

—¿Qué quieres decir? ¿Por  qué no  despertará? —dijo  Harry desesperado—.  ¿Ella no está...  no  está...?

—Todavía  está  viva —contestó  Ryddle—,  pero por  muy  poco tiempo.

Harry  lo  miró  detenidamente. Tom  Ryddle había estudiado  en  Hogwarts hacía  cincuenta  años, y  sin embargo  allí, bajo aquella luz  rara,  neblinosa  y brillante,  aparentaba tener  dieciséis años,  ni  un  día más.

—¿Eres un fantasma? —preguntó Harry  dubitativo.

—Soy  un  recuerdo  —respondió Ryddle tranquilamente— guardado  en  un diario  durante  cincuenta  años.

Ryddle señaló  hacia  los gigantescos dedos de los  pies de  la  estatua.  Allí  se encontraba,  abierto, el  pequeño  diario  negro  que  Harry  había  hallado  en  los aseos  de  Myrtle  la  Llorona.  Durante un segundo,  Harry  se  preguntó cómo habría llegado  hasta  allí. Pero tenía  asuntos  más  importantes  en  los  que pensar.

—Tienes que ayudarme,  Tom  —dijo  Harry, volviendo a  levantar  la  cabeza de  Ginny—.  Tenemos  que  sacarla  de  aquí.  Hay  un basilisco... No sé dónde está, pero  podría llegar en  cualquier momento.  Por  favor,  ayúdame...

Ryddle no se  movió.  Harry,  sudando,  logró  levantar a  medias  a Ginny  del suelo, y  se inclinó a recoger  su  varita.

Pero  la  varita ya  no estaba.

—¿Has visto...?

Levantó  los  ojos.  Ryddle  seguía mirándolo...  y  jugueteaba  con  la varita de Harry  entre  los dedos.

—Gracias  —dijo Harry,  tendiendo la  mano  para que  el  muchacho  se  la devolviera.

Una sonrisa  curvó  las comisuras  de  la  boca  de  Ryddle.  Siguió  mirando  a Harry, jugando indolente  con la varita.

—Escucha —dijo Harry  con impaciencia. Las  rodillas se  le  doblaban  bajo  el peso muerto de Ginny—.  ¡Tenemos que  huir!  Si  aparece el  basilisco...

—No vendrá  si  no  es  llamado  —dijo  Ryddle  con  toda  tranquilidad.

Harry  volvió a posar a Ginny  en el  suelo,  incapaz  de  sostenerla.

—¿Qué quieres decir?  —preguntó—. Mira, dame  la  varita,  podría necesitarla.

La  sonrisa de  Ryddle se hizo  más evidente.

—No la  necesitarás —repuso.

Harry  lo miró.

—¿A qué te refieres,  yo  no...?

—He  esperado  este momento  durante  mucho  tiempo, Harry  Potter  —dijo Ryddle—. Quería  verte.  Y  hablarte.

—Mira  —dijo  Harry,  perdiendo  la  paciencia—,  me parece que no lo  has entendido: estamos en  la  Cámara de los  Secretos. Ya  tendremos tiempo  de hablar  luego.

—Vamos  a  hablar  ahora  —dijo Ryddle,  sin  dejar  de sonreír,  y  se  guardó  en el  bolsillo la  varita de Harry.

Harry  lo  miró.  Allí  sucedía algo muy  raro.

—¿Cómo ha llegado  Ginny  a este  estado?  —preguntó, hablando despacio.

—Bueno, ésa  es una cuestión interesante
—dijo  Ryddle,  con  agrado—.  Es una larga historia.  Supongo que el  verdadero motivo  por  el que Ginny  está  así es que le abrió  el corazón  y  le reveló todos  sus  secretos  a  un  extraño  invisible.

—¿De qué hablas? —dijo Harry.

—Del  diario  —respondió Ryddle—. De  mi  diario.  La  pequeña  Ginny  ha estado  escribiendo en  él durante  muchos  meses, contándome  todas sus  penas y  congojas: que  sus hermanos se  burlaban  de  ella,  que  tenía  que  venir  al colegio  con  túnica  y  libros de segunda mano, que...  —A  Ryddle  le  brillaron  los ojos—...  pensaba  que el famoso, el bueno, el gran Harry  Potter  no llegaría nunca a quererla...

Mientras  hablaba, Ryddle  mantenía los ojos fijos  en Harry. Había  en  ellos una mirada  casi ávida.

—Es  una  lata  tener que  oír las tonterías de  una  niña  de once años — siguió—.  Pero  me  armé  de paciencia. Le  contesté por escrito.  Fui  comprensivo, fui bondadoso.  Ginny,  simplemente,  me  adoraba: Nadie  me  ha comprendido nunca como  tú, Tom... Estoy tan  contenta  de poder  confiar en este  diario...  Es como  tener  un  amigo que se puede  llevar  en  el  bolsillo...

Ryddle  se rió con  una risa potente y  fría que  parecía  ajena.  A  Harry  se  le erizaron los  pelos  de  la nuca.

—Si  es necesario  que yo  lo  diga, Harry,  la verdad  es que  siempre  he fascinado  a la  gente  que  me  ha  convenido. Así  que  Ginny  me  abrió  su  alma,  y era  precisamente  su  alma  lo  que yo  quería. Me  hice cada vez  más fuerte alimentándome  de  sus  temores y  de  sus profundos secretos.  Me  hice  más poderoso,  mucho más  que la  pequeña señorita Weasley.  Lo  bastante  poderoso para  empezar  a  alimentar a  la  señorita Weasley  con  algunos  de  mis  propios secretos,  para  empezar  a darle  un  poco  de  mi  alma...

—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry,  con  la  boca completamente seca.

—¿Todavía no  lo adivinas, Harry  Potter? —dijo sin  inmutarse  Ryddle—. Ginny  Weasley  abrió  la  Cámara de  los Secretos.  Ella retorció  el  pescuezo  a  los gallos  del  colegio  y  pintarrajeó  pavorosos mensajes  en  las paredes. Ella  echó la  serpiente  de  Slytherin  contra  los  cuatro  sangre sucia  y  el gato del  squib.

—No —susurró Harry.

—Sí —dijo Ryddle con  calma—. Por supuesto, al  principio  ella  no  sabía  lo que  hacia. Fue muy  divertido. Me  gustaría que hubieras  podido  ver las anotaciones que escribía en  el  diario... Se  volvieron  mucho  más interesantes... Querido Tom  —recitó,  contemplando  la  horrorizada cara de Harry—,  creo  que estoy perdiendo la  memoria. He  encontrado  plumas de  gallo  en  mi  túnica  y  no sé  por  qué  están  ahí.  Querido  Tom,  no  recuerdo  lo  que  hice la  noche  de  Halloween,  pero han atacado a  un gato y yo tengo manchas de  pintura en  la túnica. Querido  Tom,  Percy me  sigue  diciendo  que estoy pálida  y  que  no parezco yo.  Creo que sospecha  de mí...  Hoy ha habido  otro ataque  y  no  sé dónde me  encontraba  en  aquel  momento.  ¿Qué  voy  a hacer,  Tom?  Creo  que me  estoy  volviendo  loca.  ¡Me  parece  que  soy yo la  que  ataca a  todo el  mundo, Tom!

Harry  tenía los  puños  apretados  y  se clavaba las  uñas en  las palmas.

—Le  llevó  mucho  tiempo  a esa tonta  de Ginny  dejar de confiar en  su  diario               —explicó Ryddle—.  Pero  al  final  sospechó  e intentó deshacerse de  él.  Y entonces apareciste  tú, Harry.  Tú lo  encontraste,  y  nada podría haberme  hecho tan  feliz.  De  todos  los  que podrían  haberlo  cogido,  fuiste tú,  la  persona a la  que yo  tenía más ganas de conocer...

—¿Y  por qué querías conocerme?  —preguntó Harry  La ira lo  embargaba  y tenía que hacer un  gran esfuerzo  para mantener firme la  voz.

—Bueno, verás, Ginny  me  lo  contó todo sobre  ti,  Harry  —dijo  Ryddle—. Toda  tu  fascinante  historia. —Sus ojos vagaron por la  cicatriz  en  forma  de  rayo que Harry  tenía  en la  frente, y  su expresión  se  volvió  más ávida—.  Quería averiguar  más sobre  ti,  hablar contigo,  conocerte  si era  posible,  así que  decidí mostrarte  mi  famosa  captura  de  ese zopenco,  Hagrid, para  ganarme  tu confianza.

—Hagrid  es  mi  amigo —dijo Harry,  con  voz  temblorosa—. Y  tú lo  acusaste, ¿no?  Creí que  habías cometido  un  error, pero...

Ryddle volvió a reírse con  su risa  sonora.

—Era  mi  palabra  contra la  de Hagrid.  Bueno,  ya  te puedes  imaginar lo  que pensaría el viejo Armando  Dippet.  Por un lado,  Tom  Ryddle,  pobre  pero  muy inteligente, sin padres pero  muy  valeroso,  prefecto  del  colegio,  estudiante modelo;  por  el  otro  lado,  el  grandón e  idiota  de  Hagrid, que  tenía  problemas cada  dos  por  tres,  que  intentaba criar cachorros de  hombre  lobo debajo  de  la cama,  que  se  escapaba  al  bosque prohibido para luchar con  los trols. Pero admito  que  incluso  yo  me  sorprendí de  lo bien que funcionó  mi  plan. Creía  que alguien al fin  comprendería  que Hagrid no podía  ser el heredero de  Slytherin. Me  había llevado cinco años averiguarlo  todo sobre la  Cámara  de  los  Secretos y  descubrir la  entrada  oculta...  ¡como si Hagrid  tuviera  la inteligencia  o el  poder necesarios!

»Sólo  el  profesor  de  Transformaciones, Dumbledore, creía  en la  inocencia de  Hagrid.  Convenció a  Dippet  para que  retuviera  a  Hagrid  y  le  enseñara  el oficio  de guarda.  Sí, creo que Dumbledore  podría  haberlo  adivinado.  A  Dumbledore nunca  le  gusté tanto como  a  los otros  profesores...

—Me apuesto  algo  a que Dumbledore descubrió tus  intenciones —dijo Harry, rechinando los  dientes.

—Bueno, es  verdad  que él  me  vigiló  mucho  más  después de  la  expulsión de  Hagrid,  me  fastidió  bastante —dijo Ryddle sin  darle  importancia—. Me  di cuenta  de  que  no  sería prudente volver  a abrir  la cámara mientras  siguiera estudiando  en  el  colegio.  Pero no iba a  desperdiciar  todos los  años que había pasado  buscándola.  Decidí  dejar un diario,  conservándome en  sus páginas con mis dieciséis años  de  entonces,  para que  algún  día,  con  un  poco  de  suerte, sirviese de guía para que  otro siguiera  mis pasos  y  completara la  noble  tarea de  Salazar  Slytherin.

—Bueno,  pues  no  la  has completado  —dijo Harry  en  tono triunfante—. Nadie  ha  muerto  esta  vez,  ni  siquiera  el  gato.  Dentro  de  unas pocas  horas  la pócima  de  mandrágora  estará lista  y  todos los petrificados volverán a la  normalidad.

—¿No  te he  dicho  todavía  —dijo Ryddle  con  suavidad—que ya  no  me preocupa  matar a  los  sangre sucia? Desde  hace  meses mi  nuevo  objetivo  has sido...  tú. —Harry  lo  miró—. Imagina mi  disgusto cuando alguien  volvió  a  abrir mi  diario,  y  ya  no  eras  tú  quien  me  escribía, sino  Ginny. Ella  te  vio con  el diario y  se  puso muy  nerviosa.  ¿Y  si averiguabas cómo  funcionaba,  y  el  diario te contaba  todos sus secretos? ¿Y  si,  lo que  aún  era  peor,  te  decía  quién  había retorcido el pescuezo  a  los  pollos?  Así  que  esa  mocosa  esperó  a que  tu dormitorio  quedara vacío  y  te  lo robó. Pero yo  ya  sabía  lo  que  tenía  que  hacer. Era  evidente  que  tú ibas detrás  del  heredero de  Slytherin. Por todo  lo  que Ginny  me  había  dicho sobre ti,  yo  sabía que  irías al fin del mundo para resolver el  misterio...  y  más  si  atacaban a uno de tus mejores amigos.  Y  Ginny  me  había dicho que  todo  el  colegio  era  un  hervidero de rumores porque  te habían  oído hablar  pársel...

»Así  que  hice  que  Ginny  escribiera en  la  pared  su  propia despedida  y bajara a esperarte. Luchó  y  gritó  y  se puso muy  pesada. Pero ya  casi  no  le quedaba vida: había  puesto  demasiado  en  el  diario, en  mí. Lo  suficiente  para que yo  pudiera  salir al  fin  de  las  páginas.  He  estado  esperándote  desde  que llegamos. Sabía  que  vendrías. Tengo muchas preguntas  que  hacerte,  Harry Potter.

—¿Como cuál?  —soltó  Harry,  con  los puños aún apretados.

—Bueno —dijo Ryddle,  sonriendo—, ¿cómo es que un  bebé sin un  talento mágico extraordinario derrota al  mago más  grande  de  todos  los tiempos? ¿Cómo  escapaste sin  más daño  que  una  cicatriz, mientras que  lord  Voldemort perdió sus poderes?

En  aquel  momento apareció  un  extraño brillo  rojo en  su  mirada.

—¿Por  qué  te  preocupa cómo  me  libré?  —dijo Harry  despacio—. Voldemort  fue posterior a ti.

—Voldemort  —dijo  Ryddle  imperturbable— es mi  pasado,  mi presente y  mi futuro, Harry  Potter...

Sacó  del bolsillo  la  varita  de  Harry  y  escribió  en  el  aire  con  ella  tres resplandecientes palabras:

TOM SORVOLO  RYDDLE

Luego volvió a agitar la varita,  y  las letras cambiaron de lugar:

SOY LORD  VOLDEMORT

—¿Ves? —susurró—.  Es  un  nombre  que yo  ya  usaba en  Hogwarts, aunque  sólo entre mis amigos  más  íntimos, claro. ¿Crees  que  iba a  usar siempre mi  sucio nombre  muggle? ¿Yo,  que soy  descendiente  del  mismísimo Salazar Slytherin,  por parte de  madre?  ¿Conservar yo  el  nombre  de  un  vulgar muggle  que  me  abandonó antes de que  yo  naciera, sólo porque  se  enteró  de que su  mujer era  bruja?  No,  Harry.  Me  di  un  nuevo  nombre,  un  nombre  que sabía  que un día temerían pronunciar  todos los magos,  ¡cuando yo  llegara  a ser el  hechicero más grande del mundo!

A  Harry  pareció  bloqueársele  el  cerebro.  Miraba  como  atontado a  Ryddle, al  huérfano  que se convirtió en  el asesino  de sus  padres,  y  de  otra  mucha gente... 

Al  final  hizo  un esfuerzo  por hablar.

—No lo  eres —dijo. Su  voz  aparentemente  calmada estaba  llena  de  odio.

—¿No soy  qué? —preguntó Ryddle  bruscamente.

—No  eres el  hechicero  más grande  del mundo  —dijo  Harry,  con  la respiración  agitada—. Lamento decepcionarte pero  el  mejor  mago  del  mundo es  Albus Dumbledore. Todos  lo  dicen. Ni siquiera cuando eras  fuerte  te atreviste  a apoderarte de Hogwarts.  Dumbledore  te descubrió  cuando  estabas en  el  colegio y  todavía le  tienes miedo,  te escondas  donde te escondas.

De  la  cara  de  Ryddle  había desaparecido  la  sonrisa, y  había  ocupado  su lugar una  mirada  de  desprecio absoluto.

—¡A  Dumbledore  lo  han  echado  del castillo  gracias a  mi  simple  recuerdo! —dijo Ryddle, irritado.

—No  está tan lejos  como  crees  —replicó Harry.  Hablaba casi sin pensar, con  la  intención  de  asustar a  Ryddle  y  deseando,  más  que  creyendo,  que  lo que afirmaba  fuese verdad.

Ryddle abrió la  boca, pero no  dijo  nada.

Llegaba música de  algún lugar. Ryddle se  volvió  para  comprobar que en  la cámara  no había nadie  más.  Pero aquella música sonaba cada vez más y  más fuerte. Era  inquietante, estremecedora,  sobrenatural. A  Harry  le  puso  los  pelos de  punta y  le pareció  que el  corazón  iba a  salírsele  del pecho. Luego, cuando  la música alcanzó tal fuerza  que  Harry  la  sentía  vibrar  en  su  interior,  surgieron llamas de  la  columna más cercana a él.

Apareció  de  repente  un  pájaro  carmesí  del  tamaño  de  un  cisne,  que entonaba  hacia  el  techo  abovedado  su  rara  música. Tenía  una  cola  dorada  y brillante,  tan  larga como  la de  un pavo real, y  brillantes garras doradas,  con las que sujetaba un fardo  de  harapos.

El  pájaro  se  encaminó  derecho a  Harry,  dejó  caer el  fardo  a sus pies  y  se le  posó  en  el  hombro.  Cuando  plegó las grandes alas, Harry  levantó la  mirada  y vio  que tenía un pico  dorado  afilado y  los ojos  redondos y  brillantes.

El  pájaro  dejó  de  cantar y  acercó  su cuerpo  cálido  a  la mejilla de  Harry, sin dejar  de  mirar fijamente  a  Ryddle.

—Es un fénix —dijo Ryddle, devolviéndole una  mirada  perspicaz.

—¿Fawkes?  —musitó  Harry, sintiendo  la  suave presión  de  las garras doradas.

—Y  eso  —dijo Ryddle, mirando  el fardo que  Fawkes  había dejado caer—, eso  no  es más que el  viejo  Sombrero  Seleccionador del colegio.

Así era. Remendado, deshilachado y  sucio,  el  sombrero yacía inmóvil  a los pies de Harry.

Ryddle volvió a reír. Rió  tan fuerte que  su risa  se  multiplicó  en  la  oscura cámara,  como  si estuvieran  riendo diez  Ryddles al mismo  tiempo.

—¡Eso es  lo  que Dumbledore envía  a su  defensor: un  pájaro cantor y  un sombrero viejo!  ¿Te sientes más seguro,  Harry  Potter?  ¿Te  sientes a salvo?

Harry  no  respondió. No veía la  utilidad  de  Fawkes  ni  del viejo sombrero, pero  ya  no se sentía  solo,  y  aguardó con creciente valor a  que Ryddle  dejara de  reír.

—A  lo que íbamos,  Harry  —dijo Ryddle, sonriendo  todavía con ganas—. En  dos  ocasiones,  en  tu pasado,  en  mi  futuro, nos hemos encontrado.  Han sido dos  ocasiones  en  que no  he logrado matarte.  ¿Cómo sobreviviste?  Cuéntamelo todo.  Cuanto más hables —añadió  con voz  suave—,  más  tardarás en morir.

Harry  pensó deprisa,  sopesando sus  posibilidades. Ryddle  tenía  la  varita; él  tenía  a  Fawkes  y  el Sombrero Seleccionador, que  no resultarían de  gran utilidad  en  un  duelo. No  prometían  mucho,  la verdad. Pero cuanto más  tiempo permaneciera  Ryddle allí,  menos vida le  quedaría a Ginny... Harry  percibió  algo de  pronto:  en  el  tiempo  que  llevaban en  la cámara, los  contornos de la  imagen de  Ryddle  se  habían  vuelto más claros, más  corpóreos. Si  Ryddle  y  él  tenían que luchar,  mejor que  fuera pronto.

—Nadie  sabe por qué  perdiste  tus  poderes al  atacarme  —dijo  bruscamente   Harry—.  Yo  tampoco.  Pero sé  por qué  no pudiste  matarme:  porque mi madre murió  para salvarme.  Mi  vulgar  madre de origen  muggle  —añadió,  temblando de  rabia—; ella evitó que me  mataras. Y  yo  te he  visto de  verdad,  te  vi  el  año pasado. Eres  una ruina.  Apenas estás vivo.  A  esto  te  ha llevado  todo  tu  poder. Te ocultas.  ¡Eres horrible,  inmundo!

Ryddle tenía el  rostro  contorsionado.  Forzó una  horrible sonrisa.

—O  sea que  tu  madre  murió  para salvarte. Sí,  ése es  un  potente contrahechizo. Tenía  curiosidad,  ¿sabes?  Porque  existe  una  extraña  afinidad entre  nosotros,  Harry  Potter.  Incluso tú  lo  habrás  notado.  Los  dos somos de sangre  mezclada,  los  dos huérfanos, los dos criados por  muggles. Tal vez somos los dos únicos hablantes de  pársel  que ha habido en  Hogwarts después de  Slytherin.  Incluso nos parecemos físicamente...  Pero,  después de todo, sólo fue suerte  lo  que te salvó  de  mí. Eso es lo que quería saber.

Harry  permaneció quieto, tenso,  aguardando  que  Ryddle  levantara su varita.  Pero  Ryddle  se  limitaba  a exagerar más su sonrisa contrahecha.

—Ahora,  Harry, voy  a darte una pequeña lección.  Enfrentemos  los poderes de  lord Voldemort,  heredero de Salazar Slytherin,  contra el famoso  Harry Potter,  que tiene  de  su parte las  mejores armas  de  Dumbledore.

Ryddle  dirigió una  mirada  socarrona a  Fawkes  y  al  Sombrero Seleccionador,  y  luego anduvo  unos pasos  en dirección opuesta.  Harry, notando que  el miedo  se  le  extendía por las entumecidas  piernas, vio  que Ryddle se  detenía  entre  las altas  columnas  y  dirigía la  mirada  al  rostro de Slytherin,  que  se  elevaba sobre  él  en la  oscuridad. Ryddle  abrió  la boca  y  silbó...  pero Harry  comprendió lo que decía.

—Háblame,  Slytherin, el más grande de  los Cuatro  de  Hogwarts.

Harry  se volvió  hacia  la estatua.  Fawkes  se balanceaba  sobre su hombro.

El  gigantesco  rostro de  piedra  de la  estatua  de  Slytherin  se  movió  y  Harry vio,  horrorizado,  que  abría  la  boca,  más  y  más,  hasta  convertirla en  un  gran agujero.

Algo  se  movía  dentro de la  boca de la estatua. Algo  que salía de  su interior. Harry  retrocedió  hasta  dar  de  espaldas  contra la  pared de  la cámara y cerró  fuertemente los ojos.  Sintió  que el ala  de  Fawkes  le  rozaba  el rostro al emprender  el  vuelo.

Harry  quiso gritar: «¡No me dejes!»  Pero  ¿de  qué  le podía valer un fénix  contra  el  rey  de las serpientes?

Una gran  mole  golpeó  contra el  suelo de piedra de  la  cámara, y  Harry  notó que  toda  la  estancia  temblaba.  Sabía lo  que estaba ocurriendo,  podía sentirlo, podía ver sin abrir  los  ojos  la  gran  serpiente  desenroscándose  de  la  boca  de Slytherin.  Entonces oyó  una voz  silbante.

—Mátalo.

El  basilisco se movía  hacia  Harry, éste podía  oír  su  pesado  cuerpo deslizándose  lentamente  por el  polvoriento suelo.  Con los  ojos  cerrados,  Harry comenzó a moverse  a  ciegas hacia  un  lado,  palpando  con  las  manos el camino. Ryddle reía...

Harry  tropezó.  Cayó  contra la  piedra  y  notó  el  sabor de  la  sangre.  La serpiente se encontraba  a un metro escaso  de  él, y  Harry  la  oía acercarse.

De  repente oyó  un  ruido fuerte,  como  un  estallido,  justo  encima  de  él, y algo  pesado  lo  golpeó  con  tanta  fuerza  que  lo  tiró  contra  el  muro.  Esperando que  la  serpiente  le  hincara  los colmillos, oyó más  silbidos  enloquecidos y  algo que azotaba  las columnas.

No  pudo evitarlo. Abrió  los ojos  lo  suficiente para  vislumbrar qué  sucedía.

La  serpiente, de un  verde brillante y  gruesa como  el tronco  de  un  roble,  se había alzado en  el  aire  y  su  gran cabeza  roma  zigzagueaba  como  borracha entre  las columnas.  Temblando, Harry  se preparó  a cerrar los ojos  en cuanto  el monstruo  hiciera  ademán  de  volverse,  y  entonces vio qué era lo  que  había enloquecido a la serpiente.

Fawkes  planeaba alrededor de  su cabeza, y  el  basilisco  le  lanzaba  furiosos mordiscos con  sus colmillos largos y  afilados como  sables.

Entonces  Fawkes  descendió. Su  largo  pico  de  oro  se hundió  en  la  carne del monstruo y  un chorro  de  sangre  negruzca salpicó  el  suelo. La  cola  de  la serpiente golpeaba  muy  cerca  de  Harry,  y  antes de  que  pudiera  cerrar los párpados, el  basilisco  se volvió.  Harry  miró  de  frente a  su cabeza y  se  dio  cuenta de  que el  fénix lo había picado en  los ojos,  aquellos  grandes  y  prominentes ojos amarillos.  La  sangre resbalaba  hasta  el  suelo  y  la  serpiente  escupía agonizando.

—¡No! oyó  Harry  gritar  a  Ryddle—. ¡Deja  al  pájaro! ¡Deja al  pájaro! ¡El chico está detrás de ti!  ¡Puedes  olerlo!  ¡Mátalo!

La  serpiente ciega  se balanceaba  desorientada, herida  de muerte.  Fawkes describía  círculos  alrededor  de  su cabeza, silbando  su inquietante canción, picando  aquí y  allá en  el  morro lleno  de  escamas  del  basilisco, mientras brotaba la sangre de  sus  ojos heridos.

—¡Ayuda,  ayuda!  —pedía Harry  enloquecido—.  ¡Que  alguien me  ayude!

La  cola  de  la  serpiente volvió  a golpear  contra el  suelo.  Harry  se  agachó. Un  objeto  blando le golpeó  en  la cara.

El  basilisco  había  lanzado en  su furia  el Sombrero Seleccionador sobre Harry,  y  éste lo  cogió. Era cuanto  le quedaba,  su última  oportunidad.  Se  lo caló en  la cabeza  y  se echó  al  suelo antes de  que  la  serpiente  sacudiera  la  cola  de nuevo.

—Ayúdame..., ayúdame...  —pensó  Harry, apretando  los ojos  bajo  el sombrero—, ¡ayúdame,  por favor!

No  hubo  una voz  que le respondiera. En  su  lugar,  el  sombrero  encogió, como  si  una  mano  invisible  lo  estrujara.

Algo  muy  duro y  pesado golpeó  a Harry  en  lo alto de  la  cabeza,  dejándolo casi  sin  sentido.  Viendo  todavía parpadear estrellas  en  los ojos,  cogió el sombrero para  quitárselo y  notó que  debajo había  algo  largo y  duro.

Se  trataba de  una  espada plateada y  brillante,  con la  empuñadura llena  de fulgurantes  rubíes  del tamaño  de huevos.

—¡Mata al  chico! ¡Deja al  pájaro!  ¡El  chico está  detrás de  ti! Olfatea... ¡Huélelo!

Harry  empuñó  la  espada,  dispuesto  a defenderse.  El  basilisco bajó  la cabeza, retorció  el cuerpo, golpeando  contra  las  columnas,  y  se  volvió  para enfrentarse a  Harry. Pudo  verle las cuencas  de los ojos  llenas  de  sangre,  y  la boca que  se abría. Una boca  lo bastante grande  para  tragarlo  entero, bordeada de  colmillos tan largos como  su espada,  delgados,  brillantes, venenosos...

La  bestia  arremetió  a ciegas. Harry,  al  esquivarla, dio  contra  la  pared  de  la cámara.  El  monstruo  arremetió de  nuevo, y  su  lengua bífida  azotó  un  costado de  Harry.  Entonces levantó la espada con  ambas manos.

El  basilisco  atacó  de  nuevo,  pero esta vez  fue  directo a  Harry, que  hincó  la espada  con  todas  sus  fuerzas,  hundiéndola hasta  la empuñadura  en el  velo del paladar  de  la  serpiente.

Pero  mientras  la  cálida sangre le empapaba los  brazos, sintió  un  agudo dolor encima del  codo. Un colmillo  largo  y  venenoso se le  estaba hundiendo más y  más en el  brazo,  y  se  partió cuando  el  monstruo volvió  la  cabeza  a un lado y  con un estremecimiento se desplomó en  el  suelo.

Harry; apoyado en la  pared,  se  dejó  resbalar  hasta  quedar sentado  en  el suelo. Agarró el  colmillo envenenado  y  se lo arrancó.  Pero  sabía  que  ya  era demasiado tarde. El  veneno  había penetrado.  La  herida  le  producía  un  dolor candente que  se le extendía lenta pero  regularmente  por todo  el  cuerpo. Al extraer  el  colmillo  y  ver  su  propia sangre que  le  empapaba la túnica, se le nubló la  vista.  La  cámara  se  disolvió  en  un  remolino  de  colores  apagados.

Una mancha  roja pasó a su lado  y  Harry  oyó  un  ruido de garras.

—Fawkes  —dijo con dificultad—.  Eres  estupendo,  Fawkes... —Sintió que el  pájaro  posaba  su hermosa  cabeza  en  el  brazo, donde  la  serpiente  lo  había herido.

Oyó  unos pasos que  resonaban en la  cámara,  y  luego  vio  una  negra sombra delante de él.

—Estás muerto,  Harry  Potter —dijo sobre  él  la  voz  de  Ryddle—. Muerto. Hasta  el  pájaro de Dumbledore lo sabe.  ¿Ves lo que hace, Potter? Está llorando.

Harry  parpadeó.  Sólo un  instante vio  con  claridad  la  cabeza  de  Fawkes. Por las  brillantes plumas le corrían  unas lágrimas gruesas como  perlas.

—Me voy  a  sentar aquí a  esperar que  mueras, Harry  Potter. Tómate  todo el  tiempo  que quieras. No  tengo  prisa.

Harry  cayó  en un  profundo sopor.  Todo le  daba  vueltas.

—Éste  es  el  fin  del  famoso  Harry  Potter —dijo la  voz  distante  de Ryddle—. Solo  en  la  Cámara de  los Secretos,  abandonado  por  sus amigos, derrotado  al fin  por  el Señor Tenebroso al  que él  tan imprudentemente se enfrentó.  Volverás con  tu  querida madre  sangre sucia, Harry... Ella  compró  con  su  vida  doce  años de  tiempo  para  ti... pero al  final te ha  vencido  lord  Voldemort.  Sabías  que sucedería.

Si  aquello era morirse,  pensó  Harry,  no  era tan desagradable.  Incluso  el dolor se iba...

Pero  ¿de  verdad  era  aquello  la  muerte?  En  lugar  de  oscurecerse,  la cámara se  volvía más clara.  Harry  movió un  poco la  cabeza,  y  allí  estaba Fawkes,  apoyándole todavía  la  suya  en  el  brazo.  Un charquito  de lágrimas brillaba en torno  a  la  herida...  Sólo que  ya  no  había herida.

—Márchate,  pájaro  —dijo de  pronto  la  voz  de  Ryddle—. Sepárate  de  él. ¡He  dicho que te  vayas!

Harry  levantó la  cabeza.  Ryddle apuntaba a  Fawkes  con  la varita de  Harry Sonó  como  un  disparo  y  Fawkes  emprendió  el  vuelo en  un remolino  de rojo  y oro.

—Lágrimas  de  fénix... —dijo Ryddle  en  voz  baja, contemplando el brazo de Harry—. Naturalmente... Poderes  curativos..., me  había  olvidado....  —miró  a Harry  a  la cara—. Pero igual da.  De  hecho, lo prefiero  así.  Solos  tú  y  yo,  Harry Potter...,  tú y  yo...

Levantó la varita.

Entonces, con un  batir de  alas,  Fawkes  pasó de  nuevo por encima de  sus cabezas y  dejó  caer algo  en  el regazo  de Harry:  el  diario.

Lo  miraron los dos durante  una  fracción  de  segundo, Ryddle  con  la  varita levantada.  Luego,  sin pensar,  sin  meditar,  como  si  todo  aquel  tiempo  hubiera esperado  para  hacerlo,  Harry  cogió el  colmillo de basilisco del suelo  y  lo  clavó en  el  cuaderno.

Se  oyó  un  grito  largo,  horrible, desgarrado. La tinta  salió a chorros del diario,  vertiéndose  sobre  las manos de  Harry  e  inundando  el  suelo.  Ryddle  se retorcía, gritando,  y  entonces...

Desapareció. Se  oyó  caer al suelo la  varita de  Harry  y  luego  se  hizo  el silencio,  sólo  roto  por el  goteo  de  la  tinta que  aún manaba del  diario. El  veneno del  basilisco había  abierto  un  agujero incandescente en  el  cuaderno.

Harry  se levantó temblando.  La  cabeza le  daba  vueltas, como  si hubiera recorrido kilómetros  con los polvos  flu. Recogió la  varita y  el  sombrero y,  de un fuerte tirón,  extrajo  la  brillante  espada del  paladar del basilisco.

Le  llegó  un  débil gemido  del  fondo de  la cámara. Ginny  se  movía.  Mientras Harry  corría hacia  ella,  la  muchacha  se sentó, y  sus ojos  desconcertados pasaron  del  inmenso  cuerpo  del  basilisco a  Harry, con la  túnica empapada  de sangre,  y  luego  al cuaderno que éste llevaba en  la mano. Profirió un  grito estremecido  y  se  echó  a  llorar.

—Harry..., ah, Harry, intenté decíroslo en  el  desayuno,  pero  delante  de Percy  no  fui capaz.  Era yo, Harry, pero te juro  que  no  quería...  Ryddle  me obligaba a hacerlo,  se  apoderó  de  mí  y...  ¿cómo lo  has  matado?  ¿Dónde está Ryddle?  Lo  último  que recuerdo es que salió del diario.

—Ha  terminado todo  bien  —dijo Harry,  cogiendo  el diario  para  enseñarle  a Ginny  el agujero hecho  por  el colmillo—. Ryddle ya  no  existe.  ¡Mira!  Ni él  ni  el basilisco. Vamos, Ginny,  salgamos...

—¡Me  van  a  expulsar!  —se lamentó  Ginny,  incorporándose  torpemente  con la  ayuda  de  Harry—. Siempre quise estudiar  en Hogwarts,  desde  que  vino  Bill, y  ahora  tendré que irme  y.. ¿qué pensarán  mis padres?

Fawkes  los estaba  esperando, revoloteando  en  la  entrada  de  la  cámara. Harry  apremió  a  Ginny. Dejaron atrás el  cuerpo  retorcido  e  inanimado  del basilisco,  y  a  través de la penumbra  resonante  regresaron  al  túnel. Harry  oyó cerrarse las puertas  tras ellos con un suave silbido.

Tras  unos  minutos  de  andar  por  el oscuro túnel, a los oídos de Harry  llegó un  distante ruido de piedras.

—¡Ron!  —gritó  Harry,  apresurándose—. ¡Ginny  está bien!  ¡La traigo conmigo!

Oyó  que Ron daba un  grito  ahogado de  alegría, y  al  doblar la  última  curva vieron  su  cara angustiada  que  asomaba  por el  agujero que había logrado  abrir en  el  montón de  piedras.

—¡Ginny!  —Ron  sacó un  brazo  por el  agujero para ayudarla a pasar—. ¡Estás viva!  ¡No me  lo puedo  creer!  ¿Qué ocurrió?

Intentó  abrazarla,  pero Ginny  se apartó,  sollozando.

—Pero  estás  bien, Ginny  —dijo Ron, sonriéndole—. Todo ha  pasado.  ¿De dónde ha  salido ese pájaro?

Fawkes  había pasado por el  agujero después de  Ginny.

—Es de Dumbledore  —dijo Harry,  encogiéndose  para pasar.

—¿Y  cómo  has  conseguido  esa  espada?  —dijo Ron, mirando con la  boca abierta el arma  que brillaba en la  mano de  Harry.

—Te lo explicaré  cuando salgamos —dijo Harry,  mirando  a  Ginny  de soslayo.

—Pero...

—Más  tarde  —insistió  Harry.  No creía  que  fuera buena  idea  decirle  en aquel  momento  quién  había abierto  la  cámara, y  menos delante de Ginny—. ¿Dónde está Lockhart?

—Volvió  atrás  —dijo  Ron,  sonriendo y  señalando con la cabeza  hacia  el principio del  túnel—.  No  está bien.  Ya  veréis.

Guiados por  Fawkes, cuyas  alas  rojas emitían en  la  oscuridad  reflejos dorados, desanduvieron  el camino hasta la  tubería.  Gilderoy  Lockhart estaba allí sentado,  tarareando  plácidamente.

—Ha  perdido  la  memoria  —dijo Ron—.  El  embrujo desmemorizante  le  salió por  la culata.  Le  dio  a él.  No  tiene  ni idea  de quién es, ni  de  dónde está, ni  de quiénes  somos. Le  dije  que se  quedara aquí  y  nos esperara. Es  un peligro para sí mismo.

Lockhart los miró a todos  afablemente.

—Hola —dijo—.  Qué  sitio tan curioso,  ¿verdad? ¿Vivís  aquí?

—No —respondió Ron,  mirando a Harry  y  arqueando las  cejas.

Harry  se inclinó y  miró la larga y  oscura tubería.

—¿Has pensado  cómo  vamos a subir? —preguntó a Ron.

Ron negó con  la cabeza, pero  Fawkes  ya  había pasado  delante de  Harry  y se hallaba revoloteando  delante de él.  Los ojos redondos  del  ave  brillaban  en  la oscuridad mientras agitaba sus alas  doradas.  Harry  lo  miró, dubitativo.

—Parece como  si quisiera  que te cogieras a él... —dijo  Ron,  perplejo—. Pero  pesas demasiado  para  que un pájaro  te suba.

—Fawkes  —aclaró Harry— no es un  pájaro  normal. —Se volvió inmediatamente  a  los otros—.  Vamos a darnos la  mano. Ginny, coge  la de Ron.  Profesor Lockhart...

—Se refiere a usted —aclaró Ron  a  Lockhart. —Coja la  otra mano  de Ginny.

Harry  se  metió  la espada y  el  Sombrero Seleccionador en  el  cinto. Ron se agarró a  los bajos  de  la  túnica  de  Harry,  y  Harry,  a  las  plumas de  la  cola  de Fawkes,  que resultaban curiosamente  cálidas  al  tacto.

Una  extraordinaria  luminosidad  pareció extenderse por todo el cuerpo  del ave,  y  en  un  segundo  se encontraron subiendo por la  tubería  a toda  velocidad. Harry  podía oír  a  Lockhart que  decía:

—¡Asombroso, asombroso!  ¡Parece cosa  de  magia!

El  aire helado  azotaba el  pelo de Harry, y  cuando  empezaba  a  disfrutar del paseo,  el  viaje por la tubería terminó.  Los  cuatro fueron saltando al  suelo mojado  junto a  Myrtle  la  Llorona, y  mientras Lockhart se arreglaba el  sombrero, el  lavabo  que ocultaba  la  tubería volvió  a su lugar cerrando la abertura.

Myrtle  los miraba con  ojos desorbitados.

—Estás vivo —dijo a Harry  sin comprender.

—Pareces muy  decepcionada —respondió  serio, limpiándose las motas de sangre y  de  barro  que tenía en las  gafas.

—No,  es que...  había estado  pensando.  Si  hubieras  muerto, aquí  serías bienvenido.  Te dejaría compartir  mi  retrete  —le  dijo  Myrtle, ruborizándose  de color plata.

—¡Uf!  —dijo  Ron,  cuando  salieron  de los aseos al corredor  oscuro y desierto—. ¡Harry,  creo  que  le  gustas a  Myrtle!  ¡Ginny,  tienes una  rival!

Pero  por el rostro de Ginny  seguían resbalando unas lágrimas silenciosas.

—¿Adónde vamos?  —preguntó  Ron, mirando a Ginny  con  impaciencia. Harry  señaló  hacia delante.

Fawkes  iluminaba el  camino por  el  corredor, con su destello  de  oro.  Lo siguieron  a  grandes  zancadas,  y  en  un  instante se hallaron ante  el  despacho  de la  profesora  McGonagall.

Harry  llamó y  abrió  la puerta.

Capítulo 4: Caldero Chorreante

Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustab...