martes, 27 de diciembre de 2016

Capítulo 14: Cornelius Fudge

Harry, Ron  y  Hermione  siempre  habían  sabido  que  Hagrid  sentía  una desgraciada  afición por las criaturas  grandes y  monstruosas.  Durante  el  curso anterior  en  Hogwarts  había  intentado criar un  dragón en  su  pequeña  cabaña de madera,  y  pasaría mucho tiempo  antes  de  que  pudieran  olvidar al  perro gigante de  tres  cabezas  al  que había  puesto por nombre  Fluffy. Harry  estaba  seguro  de que si,  de  niño,  Hagrid  se  enteró de  que  había  un  monstruo  oculto  en  algún lugar  del  castillo,  hizo  lo  imposible  por echarle  un  vistazo.  Seguro  que  le parecía  inhumano  haber  tenido  encerrado  al  monstruo  tanto  tiempo  y  debía  de pensar que  el  pobre  tenía derecho  a  estirar  un  poco  sus numerosas piernas. Podía  imaginarse perfectamente  a  Hagrid, con  trece  años, intentando  ponerle un  collar  y  una  correa. Pero  también  estaba  seguro  de que él  nunca  había tenido  intención  de  matar a  nadie.

Harry  casi  habría preferido no  haber averiguado  el  funcionamiento  del diario  de  Ryddle.  Ron  y  Hermione  le  pedían  constantemente  que  les  contase una  y  otra  vez  todo lo  que  había  visto, hasta que se  cansaba de  tanto hablar  y de  las  largas  conversaciones  que seguían a su relato  y  que no conducían  a ninguna parte.

—A lo  mejor Ryddle  se equivocó  de  culpable —decía  Hermione—. A lo mejor  el  que atacaba  a  la  gente  era  otro  monstruo...

—¿Cuántos  monstruos crees que  puede  albergar  este  castillo?  —le preguntó Ron,  aburrido.

—Ya  sabíamos  que a Hagrid  lo habían expulsado  —dijo Harry,  apenado—. Y  supongo  que  entonces  los  ataques  cesaron.  Si  no hubiera sido  así,  a  Ryddle no  le  habrían  dado  ningún  premio.

Ron intentó verlo de otro modo.

—Ryddle me  recuerda  a Percy.  Pero ¿por  qué tuvo que delatar  a  Hagrid?

—El monstruo  había matado  a una  persona,  Ron —contestó Hermione.

—Y Ryddle habría tenido  que  volver  al  orfanato  muggle  si hubieran cerrado Hogwarts —dijo Harry—.  No  lo culpo por querer quedarse  aquí.

Ron se mordió  un  labio y  luego vaciló  al decir:

—Tú te  encontraste a Hagrid  en  el callejón  Knockturn,  ¿verdad,  Harry?

—Dijo  que había ido  a comprar un repelente contra  las babosas carnívoras —dijo Harry  con  presteza.

Se  quedaron  en  silencio.  Tras  una  pausa prolongada, Hermione  tuvo  una idea elemental.

—¿Por qué  no  vamos y  le  preguntamos a Hagrid?

—Sería una  visita  muy  cortés  —dijo  Ron—. Hola, Hagrid, dinos, ¿has estado  últimamente  dejando en  libertad por el castillo  a una cosa  furiosa  y peluda?

Al  final,  decidieron  no  decir  nada  a Hagrid  si no  había otro  ataque, y  como los días se sucedieron sin siquiera  un susurro de  la voz  que  no  salía  de  ningún sitio,  albergaban  la  esperanza  de  no tener que  hablar con  él sobre el motivo de su expulsión. Ya  habían pasado  casi cuatro meses desde  que  petrificaron  a Justin  y  a  Nick  Casi Decapitado, y  parecía que todo  el  mundo creía que el agresor,  quienquiera  que  fuese, se había retirado, afortunadamente.  Peeves se había cansado  por  fin de  su  canción  ¡Oh, Potter, eres  un  zote!; Ernie Macmillan,  un día,  en  la  clase  de Herbología,  le  pidió  cortésmente  a Harry  que le  pasara un  cubo  de  hongos  saltarines, y  en  marzo algunas mandrágoras montaron  una  escandalosa  fiesta  en el  Invernadero 3. Esto puso muy  contenta a  la  profesora  Sprout.

—En cuanto  empiecen a querer  cambiarse unas a las macetas de  otras, sabremos que han alcanzado la  madurez  —dijo a  Harry—.  Entonces  podremos revivir a esos pobrecillos de la  enfermería.

  

                             •     •     •

Durante las vacaciones de Semana  Santa, los de  segundo  tuvieron  algo  nuevo en  que  pensar.  Había  llegado el  momento  de elegir optativas para el  curso siguiente,  decisión  que  al  menos  Hermione  se tomó  muy  en serio.

—Podría  afectar a todo nuestro  futuro  —dijo  a Harry  y  Ron,  mientras repasaban minuciosamente la lista  de  las nuevas materias,  señalándolas.

—Lo único que quiero es no  tener  Pociones —dijo Harry.

—Imposible  —dijo  Ron  con  tristeza—. Seguiremos con  todas las  materias que tenemos ahora. Si  no, yo  me  libraría  de  Defensa Contra  las Artes Oscuras.

—¡Pero  si  ésa  es  muy  importante!  —dijo  Hermione,  sorprendida.

—No  tal  como  la  imparte  Lockhart  —repuso  Ron—. Lo  único  que  me  ha enseñado es que  no  hay  que  dejar  sueltos a los duendecillos.

Neville Longbottom  había recibido carta  de todos los  magos  y  brujas  de  su familia,  y  cada  uno  le aconsejaba  materias  distintas. Confundido  y  preocupado, se sentó a leer  la  lista  de  las  materias  y  les preguntaba  a  todos  si pensaban que  Aritmancia era  más difícil  que Adivinación Antigua. Dean  Thomas, que, como  Harry, se  había criado  con  muggles, terminó  cerrando los ojos y apuntando  a la  lista con  la varita  mágica,  y  escogió  las materias que había tocado  al azar. Hermione  no  siguió el consejo  de  nadie y  las escogió todas.

Harry  sonrió  tristemente al imaginar  lo  que  habrían  dicho  tío  Vernon  y  tía Petunia si les consultara sobre su futuro de  mago.  Pero  alguien  lo  ayudó: Percy Weasley  se desvivía  por hacerle  partícipe  de  su experiencia.

—Depende de  adónde quieras  llegar, Harry  —le  dijo—. Nunca  es demasiado pronto para  pensar en  el  futuro,  así  que  yo  te  recomendaría Adivinación. La gente dice  que los  estudios  muggles  son  la  salida más fácil, pero  personalmente  creo  que los  magos deberíamos tener completos  conocimientos de  la  comunidad  no  mágica, especialmente  si  queremos trabajar  en estrecho  contacto con  ellos.  Mira  a  mi  padre,  tiene que tratar  todo  el tiempo  con muggles. A  mi  hermano Charlie  siempre  le  gustó  el  trabajo  al  aire  libre,  así  que escogió  Cuidado  de  Criaturas Mágicas. Escoge  aquello  para  lo  que  valgas, Harry.

Pero  lo único  que  a  Harry  le  parecía que se  le daba  realmente  bien  era  el quidditch.  Terminó eligiendo  las mismas optativas  que Ron,  pensando que  si era  muy  malo  en ellas, al menos contaría con alguien que  podría ayudarle.

A  Gryffindor le  tocaba  jugar  el  siguiente  partido  de  quidditch  contra  Hufflepuff. Wood  los  machacaba con entrenamientos  en  equipo  cada  noche  después  de cenar,  de  forma que Harry  no  tenía  tiempo para nada más que para  el  quidditch y  para  hacer los deberes. Sin embargo,  los  entrenamientos  iban  mejor,  y  la noche  anterior al  partido del sábado se  fue a la  cama  pensando  que  Gryffindor nunca  había  tenido  más posibilidades de  ganar  la  copa.

Pero su alegría  no duró mucho. Al  final  de  las escaleras que conducían  al dormitorio  se encontró con  Neville  Longbottom, que  lo  miraba  desesperado.

—Harry, no sé quién  lo  hizo. Yo  me  lo encontré...

Mirando a  Harry  aterrorizado,  Neville abrió  la  puerta.  El  contenido  del baúl de  Harry  estaba  esparcido  por  todas partes.  Su  capa  estaba  en  el  suelo, rasgada.  Le  habían  levantado las sábanas  y  las mantas de  la  cama,  y  habían sacado  el  cajón de  la mesita y  el  contenido estaba desparramado  sobre  el colchón.

Harry  fue hacia  la  cama, pisando  algunas páginas  sueltas  de  Recorridos con  los  trols. No  podía  creer lo  que  había  sucedido.

En  el momento  en  que  Neville  y  él  hacían  la  cama,  entraron  Ron,  Dean  y Seamus.  Dean  gritó:

—¿Qué ha sucedido,  Harry?

—No  tengo  ni  idea  —contestó.  Ron examinaba  la  túnica  de  Harry. Habían dado la vuelta a todos los  bolsillos.

—Alguien  ha  estado buscando  algo  —dijo Ron—.  ¿Qué te falta?

Harry  empezó  a  coger  sus cosas y  a dejarlas en el baúl.  Hasta  que  hubo separado  el  último  libro  de  Lockhart,  no se dio cuenta  de  qué era  lo  que  faltaba.

—Se han llevado el  diario  de Ryddle —dijo a Ron  en  voz  baja.

—¿Qué?

Harry  señaló  con  la  cabeza  hacia  la  puerta  del  dormitorio,  y  Ron  lo siguió.

Bajaron  corriendo  hasta  la  sala  común  de  Gryffindor,  que estaba  medio vacía, y encontraron  a Hermione, sentada, sola,  leyendo un  libro titulado  La  adivinación antigua al alcance de  todos.

A  Hermione  la  noticia  la  dejó aterrorizada.

—Pero...  sólo puede  haber  sido alguien de  Gryffindor.  Nadie  más conoce  la contraseña.

—En efecto —confirmó  Harry.

Despertaron  al  día siguiente  con  un  sol intenso y  una brisa ligera y  refrescante.

—¡Perfectas condiciones para jugar  al  quidditch!  —dijo Wood  emocionado a  los de  la  mesa de  Gryffindor, llevando los platos con  los huevos  revueltos—. ¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!

Harry  había estado observando  la mesa abarrotada  de Gryffindor, preguntándose  si  tendría  delante  de las narices  al nuevo poseedor del  diario  de Ryddle.  Hermione lo  intentaba  convencer de que  notificara el  robo, pero  a Harry  no  le gustaba la  idea.  Tendría  que contar  todo  lo referente al diario a algún  profesor,  ¿y  cuánta gente  sabía por  qué  habían expulsado  a Hagrid hacía  cincuenta  años?  No  quería ser él  quien lo sacara  de  nuevo a la luz.

Al  abandonar el Gran  Comedor  con  Ron  y  Hermione  para ir  a recoger su equipo  de  quidditch,  otro  motivo  de  preocupación se añadió  a la  creciente lista de  Harry. Acababa  de  poner los  pies  en la  escalera  de  mármol  cuando  oyó  de nuevo aquella  voz:

—Matar esta vez...  Déjame  desgarrar...  Despedazar...

Harry  dio un grito,  y  Ron y  Hermione  se  separaron de él  asustados.

—¡La  voz!  —dijo Harry,  mirando  a un lado—. Acabo de  oírla  de  nuevo, ¿vosotros no?

Ron,  con  los ojos  muy  abiertos,  negó  con la  cabeza.  Hermione, sin embargo,  se llevó una  mano a la  frente.

—¡Harry,  creo  que  acabo de  comprender algo!  ¡Tengo  que ir  a  la biblioteca!

Y se fue corriendo por  las escaleras.

—¿Qué  habrá comprendido?  —dijo Harry  distraídamente,  mirando alrededor,  intentando averiguar  de  dónde podía  provenir la voz.

—Muchas  más cosas que  yo  —respondió Ron,  negando con la  cabeza.

—Pero  ¿por  qué habrá tenido que  irse a la biblioteca?

—Porque  eso  es  lo  que Hermione hace siempre  —contestó Ron, encogiéndose de hombros—.  Cuando le entra  alguna duda,  ¡a  la  biblioteca!

Harry  se  quedó indeciso,  intentando volver  a  captar  la  voz,  pero  los alumnos  empezaron  a salir  del Gran  Comedor hablando  alto,  hacia  la  puerta principal.  Iban  al campo de  quidditch.

—Será  mejor que  te muevas —dijo Ron—.  Son casi las  once..., el partido.

Harry  subió  a  la  carrera la  torre de  Gryffindor, cogió su  Nimbus 2.000 y  se mezcló  con  la  gente  que  se dirigía hacia el  campo de  juego. Pero  su mente  se había  quedado en  el castillo, donde sonaba  la voz  que no  salía de  ningún sitio, y  mientras  se  ponía  su túnica de juego  en los vestuarios,  su  único  consuelo era saber  que  todos estaban  allí  para  ver el  partido.

Los equipos saltaron  al  campo  de  juego  en  medio  del  clamor del  público. Oliver  Wood  despegó para  hacer un vuelo  de  calentamiento alrededor de los postes,  y  la señora Hooch sacó  las  bolas.  Los  de  Hufflepuff, que  jugaban  de  color amarillo canario, se habían  reunido  para  repasar  la  táctica  en  el  último minuto.

Harry  acababa de  montarse en  la  escoba  cuando la  profesora  McGonagall llegó  corriendo al campo,  llevando consigo  un  megáfono de color púrpura.

—El partido acaba  de ser suspendido  —gritó  por  el  megáfono  la  profesora, dirigiéndose al  estadio abarrotado.  Hubo  gritos y  silbidos.  Oliver  Wood,  con aspecto desolado, aterrizó  y  fue  corriendo  a  donde estaba la  profesora McGonagall sin  desmontar de  la  escoba.

—¡Pero  profesora!  —gritó—. Tenemos  que jugar... la  Copa...  Gryffindor...

La  profesora  McGonagall no  le hizo  caso  y  continuó  gritando por el megáfono:

—Todos  los estudiantes tienen que volver  a  sus  respectivas  salas comunes,  donde  les informarán los jefes de  sus casas. ¡Id  lo  más deprisa que podáis,  por favor!

Luego bajó el  megáfono e hizo  una seña  a  Harry  para que se acercara.

—Potter,  creo  que será  mejor que vengas  conmigo.

Preguntándose por qué  sospecharía de él  en aquella ocasión, Harry  vio que Ron  se  separaba de la  multitud descontenta y  se unía a  ellos  corriendo para volver al  castillo. Para sorpresa  de  Harry, la  profesora McGonagall no  se opuso.

—Sí,  quizá sea mejor que tú también vengas,  Weasley. Algunos de  los estudiantes que  había a  su alrededor rezongaban por la suspensión  del partido y  otros  parecían preocupados. Harry  y  Ron  siguieron  a la  profesora  McGonagall y,  al llegar al castillo,  subieron  con ella  la  escalera de  mármol. Pero esta vez  no  se  dirigían  a  ningún  despacho.

—Esto os  resultará un  poco sorprendente  —dijo  la  profesora  McGonagall con  voz  amable  cuando se acercaban a la  enfermería—.  Ha  habido otro ataque...  Un  ataque doble.

A  Harry  le  dio  un  brinco el  corazón. La  profesora  McGonagall  abrió  la puerta y  entraron en  la  enfermería.

La  señora Pomfrey  atendía  a  una muchacha de  quinto curso  con  el  pelo largo y  rizado. Harry  reconoció en  ella a la  chica de Ravenclaw  a  la  que  por error  habían  preguntado  cómo  se iba a la sala común de Slytherin. Y  en la cama  de  al lado estaba...

—¡Hermione!  —gimió Ron.

Hermione  yacía  completamente inmóvil,  con los ojos abiertos y  vidriosos.

—Las  encontraron junto  a la  biblioteca  —dijo  la  profesora  McGonagall—. Supongo  que no  podéis explicarlo.  Esto estaba  en  el suelo,  junto a ellas...

Levantó un pequeño espejo redondo.

Harry  y  Ron  negaron  con la cabeza,  mirando a Hermione.

—Os  acompañaré  a  la torre de  Gryffindor  —dijo con seriedad  la profesora McGonagall—.  De  cualquier  manera,  tengo que hablar  a  los estudiantes.

—Todos  los alumnos estarán de  vuelta en  sus respectivas salas comunes a las seis  en  punto  de  la  tarde.  Ningún  alumno  podrá dejar los  dormitorios  después de  esa hora.  Un  profesor os acompañará siempre al  aula.  Ningún alumno  podrá entrar  en los  servicios sin ir  acompañado por un  profesor. Se  posponen  todos los  partidos  y entrenamientos  de  quidditch. No habrá más actividades extraescolares.

Los  alumnos  de  Gryffindor,  que abarrotaban la  sala común,  escuchaban en silencio  a  la profesora  McGonagall,  quien al  final enrolló el  pergamino  que había estado leyendo  y  dijo  con la  voz  entrecortada  por la impresión:

—No  necesito añadir que rara  vez  me  he  sentido  tan  consternada.  Es probable que se cierre el  colegio  si no  se  captura  al  agresor.  Si  alguno  de vosotros  sabe de alguien que  pueda tener una  pista,  le  ruego que  lo  diga.

La  profesora  salió  por el  agujero  del  retrato  con  cierta  torpeza,  e inmediatamente los  alumnos de Gryffindor rompieron el  silencio.

—Han  caído  dos  de Gryffindor,  sin contar  al  fantasma,  que  también es  de
Gryffindor, uno de  Ravenclaw  y  otro  de  Hufflepuff  —dijo  Lee  Jordan,  el  amigo de  los  gemelos  Weasley,  contando con los dedos—.  ¿No se ha dado cuenta ningún  profesor  de  que  los  de  Slytherin  parecen estar a salvo?  ¿No es evidente que  todo  esto  proviene  de  Slytherin? El  heredero  de Slytherin,  el  monstruo  de Slytherin... ¿Por qué no  expulsan  a todos los de  Slytherin?  —preguntó  con fiereza.  Hubo alumnos  que asintieron  y  se oyeron  algunos  aplausos aislados.

Percy  Weasley  estaba  sentado en una  silla, detrás de Lee,  pero  por  una vez  no  parecía  interesado en  exponer sus puntos de  vista. Estaba pálido  y parecía ausente.

—Percy  está  asustado  —dijo  George a  Harry  en voz  baja—. Esa chica de Ravenclaw..,  Penélope  Clearwater...,  es prefecta.  Supongo  que  Percy  creía que el monstruo  no  se atrevería a atacar a un  prefecto.

Pero  Harry  sólo escuchaba a  medias.  No parecía poder  olvidar  la  imagen de  Hermione, inmóvil  sobre la  cama  de  la  enfermería, como  esculpida  en piedra.  Y  si no  pillaban pronto al  culpable, él  tendría que  pasar  el  resto de  su vida  con  los Dursley.  Tom  Ryddle  había delatado  a  Hagrid  ante  la  perspectiva del orfanato  muggle  si se  cerraba el  colegio.  Harry  entendía  perfectamente cómo  se  había  sentido.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ron a Harry  al  oído—.  ¿Crees que sospechan  de  Hagrid?

—Tenemos que  ir  a  hablar con él  —dijo  Harry,  decidido—. No  creo  que esta vez  sea  él,  pero si fue  el  que  lo  liberó la  última  vez,  también  sabrá llegar hasta  la  Cámara  de  los  Secretos,  y  algo  es  algo.

—Pero  McGonagall  nos ha  dicho  que  tenemos que  permanecer  en nuestras torres  cuando no estemos en  clase...

—Creo —dijo Harry,  en  voz  todavía  más baja— que  ha  llegado  ya  el momento de volver  a  sacar la vieja capa  de mi  padre.

Harry  sólo  había heredado una  cosa  de  su  padre:  una  capa  larga y  plateada para hacerse  invisible. Era  su  única posibilidad  para salir  a hurtadillas  del colegio  y  visitar  a  Hagrid  sin  que  nadie se enterara. Fueron  a la cama  a la  hora habitual,  esperaron  a  que  Neville, Dean  y  Seamus  hubieran  dejado  de  hablar sobre la Cámara de  los Secretos  y  se  durmieran, y  entonces  se  levantaron, volvieron a  vestirse  y  se  cubrieron  con  la  capa.

El  recorrido por  los  corredores  oscuros  del castillo no  fue  en  absoluto agradable. Harry,  que ya  en ocasiones anteriores había caminado por  allí  de noche,  no  lo  había visto nunca,  después de la  puesta del sol, tan  lleno de gente:  profesores,  prefectos  y  fantasmas circulaban por los  corredores  en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como,  a  pesar  de  llevar  la capa  invisible,  hacían el mismo ruido  de  siempre, hubo  un  instante especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un  dedo  del  pie,  y  estaban muy  cerca  del lugar  en  que Snape montaba  guardia.  Afortunadamente, Snape estornudó en  el  momento  preciso  en  que  Ron  gritó. Cuando finalmente alcanzaron  la puerta principal de  roble  y  la  abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.

Era una  noche  clara y  estrellada. Avanzaron  con  rapidez  guiándose por la luz  de las ventanas  de la  cabaña  de  Hagrid, y  no  se desprendieron  de  la  capa hasta  que  hubieron  llegado  ante  la  puerta.

Unos  segundos  después de  llamar, Hagrid les abrió.  Les apuntaba  con una ballesta,  y  Fang, el  perro  jabalinero, ladraba  furiosamente  detrás  de  él.

—¡Ah!  —dijo, bajando  el  arma  y  mirándolos—.  ¿Qué hacéis  aquí los dos? —¿Para qué es  eso? —preguntó Harry,  señalando la  ballesta al entrar.

—Nada, nada... —susurró  Hagrid—. Estaba  esperando... No  importa... Sentaos, prepararé  té.

Parecía  que apenas sabía lo  que  hacía.  Casi  apagó  el  fuego  al  derramar agua  de la  tetera  metálica, y  luego rompió  la  de  cerámica de  puros  nervios  al golpearla con  la  mano.

—¿Estás  bien,  Hagrid? —dijo  Harry—.  ¿Has  oído  lo  de  Hermione?

—¡Ah, sí, claro  que lo he  oído!  —dijo Hagrid con  la  voz  entrecortada.

Miró  por  la  ventana,  nervioso.  Les sirvió  sendas jarritas  llenas sólo  de agua hirviendo  (se  le  había olvidado poner las bolsitas de  té).  Cuando les estaba poniendo en  un  plato  un  trozo  de  pastel  de  frutas,  aporrearon  la puerta.

Se  le  cayó  el pastel. Harry  y  Ron  intercambiaron  miradas de  pánico,  se echaron  encima  la  capa para hacerse  invisibles y  se  retiraron a un  rincón oculto.  Tras asegurarse de que  no  se  les  veía,  Hagrid cogió la ballesta y  fue otra vez  a abrir  la  puerta.

—Buenas noches,  Hagrid.

Era Dumbledore. Entró,  muy  serio, seguido por otro  individuo de  aspecto muy  raro.

El  desconocido era un hombre  bajo  y  corpulento, con el  pelo  gris alborotado y  expresión  nerviosa.  Llevaba  una  extraña  combinación  de  ropas: traje  de  raya  diplomática, corbata  roja,  capa  negra larga  y  botas  púrpura acabadas  en  punta.  Sujetaba  bajo el  brazo un sombrero hongo  verde lima.

—¡Es  el jefe  de mi  padre!  —musitó  Ron—. ¡Cornelius  Fudge,  el  ministro  de Magia!

Harry  dio un codazo  a Ron  para que se callara.

Hagrid  estaba  pálido  y  sudoroso. Se  dejó  caer abatido  en  una  de las sillas y  miró a Dumbledore y  luego a Cornelius Fudge.

—¡Feo  asunto,  Hagrid!  —dijo Fudge,  telegráficamente—.  Muy  feo.  He tenido  que  venir.  Cuatro  ataques contra  hijos de  muggles. El  Ministerio  tiene que intervenir.

—Yo nunca...  —dijo Hagrid,  mirando implorante a Dumbledore—.  Usted sabe  que yo  nunca, profesor Dumbledore,  señor...

—Quiero  que quede claro, Cornelius,  que  Hagrid  cuenta con mi  plena confianza  —dijo Dumbledore, mirando a Fudge  con el entrecejo  fruncido.

—Mira,  Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid  tiene  antecedentes.  El Ministerio tiene que  hacer algo... El  consejo  escolar  se ha  puesto en  contacto...

—Aun  así,  Cornelius, insisto en  que  echar a  Hagrid  no  va  a  solucionar nada —dijo Dumbledore.  Los ojos azules le  brillaban  de  una  manera  que  Harry no  había visto nunca.

—Míralo  desde  mi  punto  de vista  —dijo Fudge, cogiendo  el  sombrero y haciéndolo  girar entre las manos—. Me  están  presionando.  Tengo  que acreditar  que  hacemos  algo. Si  se demuestra que  no fue Hagrid,  regresará y  no habrá más que  decir.  Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si  no,  no estaría cumpliendo con  mi  deber...

—¿Llevarme?  —dijo Hagrid, temblando—.  ¿Llevarme  adónde?

—Sólo  por  poco  tiempo —dijo  Fudge, evitando los ojos  de  Hagrid—. No se trata de  un  castigo,  Hagrid, sino  más  bien  de  una precaución. Si  atrapamos  al culpable,  a usted  se  le  dejará  salir  con una  disculpa en  toda  regla.

—¿No será  a  Azkaban?  —preguntó Hagrid  con voz  ronca.

Antes de  que Fudge  pudiera responder,  llamaron  con fuerza  a la  puerta.

Abrió Dumbledore.  Ahora  fue Harry  quien  recibió  un codazo  en  las costillas, porque había  dejado  escapar un grito ahogado bien audible.

El  señor  Lucius  Malfoy  entró en la  cabaña  de  Hagrid  con paso decidido, envuelto  en  una  capa  de  viaje negra  y  con  una gélida sonrisa  de  satisfacción. Fang  se puso a aullar.

—¡Ah, ya  está  aquí,  Fudge!  —dijo complacido al entrar—.  Bien, bien...

—¿Qué  hace  usted  aquí?  —le  dijo  Hagrid  furioso—. ¡Salga  de  mi  casa!

—Créame,  buen  hombre,  que no me  produce ningún  placer entrar  en esta...  ¿la ha llamado  casa?  —repuso  Lucius Malfoy  contemplando  la  cabaña con  desprecio—.  Simplemente,  he  ido  al colegio y  me  han dicho que el director estaba  aquí.

—¿Y qué es lo  que quiere  de mí,  exactamente, Lucius?  —dijo  Dumbledore. Hablaba cortésmente,  pero aún  tenía los  ojos azules llenos de  furia.

—Es  lamentable,  Dumbledore —dijo perezosamente el  señor Malfoy, sacando  un  rollo de  pergamino—, pero el  consejo  escolar  ha  pensado  que  es hora de  que usted  abandone. Aquí traigo  una orden  de  cese, y  aquí  están  las doce  firmas.  Me  temo  que este  asunto se  le  ha  escapado  de  las manos. ¿Cuántos  ataques ha  habido  ya? Otros dos esta  tarde,  ¿no es  cierto? A  este ritmo, no  quedarán  en Hogwarts alumnos  de  familia  muggle, y  todos sabemos el  gran perjuicio  que  ello supondría  para el colegio.

—¿Qué? ¡Vaya,  Lucius!  —dijo Fudge,  alarmado—, Dumbledore  cesado... No,  no...,  lo  último  que  querría, precisamente ahora...

—El nombramiento  y  el  cese  del  director  son  competencia  del  consejo escolar,  Fudge  —dijo  con suavidad  el  señor Malfoy—. Y  como  Dumbledore no ha  logrado detener las agresiones...

—Pero,  Lucius, si Dumbledore no  ha logrado detenerlas  —dijo  Fudge,  que tenía  el  labio  superior  empapado  en  sudor—, ¿quién  va  a  poder?

—Ya  se  verá —respondió el  señor Malfoy  con una desagradable sonrisa—. Pero  como  los doce  hemos votado...

Hagrid  se levantó de  un  salto, y  su  enredada cabellera negra rozó  el techo.

—¿Y  a cuántos  ha  tenido que amenazar y  chantajear para  que  accedieran, eh,  Malfoy?  —preguntó.

—Muchacho,  muchacho,  por  Dios,  este  temperamento  suyo  le dará un disgusto un  día  de  éstos  —dijo  Malfoy—. Me  permito  aconsejarle  que no  grite de  esta  manera a los  carceleros de Azkaban.  No  creo que se  lo  tomen a bien.

—¡Puede quitar a  Dumbledore!  —chilló  Hagrid, y  Fang, el perro  jabalinero, se encogió  y  gimoteó en  su cesta—.  ¡Lléveselo, y  los alumnos de  familia muggle  no  tendrán ni  una oportunidad!  ¡Y  habrá más asesinatos!

—Cálmate, Hagrid  —le  dijo  bruscamente  Dumbledore.  Luego  se  dirigió  a Lucius Malfoy—.  Si  el  consejo escolar quiere mi  renuncia,  Lucius, me  iré.

—Pero... —tartamudeó Fudge.

—¡No!  —gimió Hagrid.

Dumbledore no  había  apartado  sus vivos ojos azules  de los ojos fríos  y grises de Malfoy.

—Sin  embargo  —dijo Dumbledore, hablando muy  claro y  despacio, para que todos entendieran  cada una de  sus  palabras—, sólo  abandonaré  de  verdad el  colegio  cuando no  me  quede nadie fiel.  Y  Hogwarts siempre ayudará  al  que lo  pida.

Durante  un  instante, Harry  estuvo  convencido  de  que  Dumbledore  les había guiñado  un  ojo,  mirando hacia el  rincón  donde  Ron y  él estaban ocultos.

—Admirables sentimientos —dijo Malfoy, haciendo una  inclinación—. Todos  echaremos  de  menos su personalísima  forma  de dirigir el  centro, Albus, y  sólo espero que su sucesor consiga  evitar los...  asesinatos.

Se  dirigió  con  paso decidido a la puerta  de  la  cabaña,  la  abrió,  saludó  a Dumbledore  con una inclinación y  le indicó que saliera. Fudge esperaba,  sin dejar de  manosear su  sombrero, a que  Hagrid  pasara  delante,  pero  Hagrid  no se movió,  sino  que respiró hondo  y  dijo  pausadamente:

—Si alguien quisiera desentrañar  este embrollo,  lo  único que  tendría  que hacer es seguir a las  arañas.  Ellas lo conducirían.  Eso es todo  lo que  tengo  que decir.  —Fudge  lo  miró  extrañado—. De  acuerdo, ya  voy  —añadió,  poniéndose el  abrigo  de  piel  de  topo.  Cuando  estaba  a  punto  de  seguir a Fudge  por la puerta, se  detuvo  y  dijo  en voz  alta—: Y  alguien  tendrá  que darle  de  comer  a Fang  mientras estoy  fuera.

La  puerta se cerró de  un  golpe y  Ron se quitó la capa  invisible.

—En  menudo  embrollo  estamos metidos —dijo con  voz  ronca—. Sin Dumbledore. Podrían cerrar el  colegio  esta misma noche. Sin él,  habrá  un ataque cada  día.

Fang  se puso a aullar,  arañando la  puerta.

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

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