martes, 27 de diciembre de 2016

Capítulo 13: El diario secretísimo

Hermione  pasó varias semanas  en  la  enfermería. Corrieron rumores  sobre  su desaparición  cuando  el  resto  del  colegio regresó a  Hogwarts al final de  las vacaciones de  Navidad,  porque naturalmente todos creyeron  que  la  habían atacado. Eran  tantos  los alumnos que  se  daban  una  vuelta  por  la  enfermería tratando de echarle  la vista encima, que la  señora  Pomfrey  quitó  las  cortinas  de su  propia  cama  y  las puso en  la  de  Hermione  para  ahorrarle  la  vergüenza  de que la vieran  con la cara peluda.

Harry  y  Ron iban  a  visitarla todas las noches.  Cuando  comenzó  el  nuevo trimestre, le llevaban cada  día  los deberes.

—Si a mí  me  hubieran salido bigotes de  gato,  aprovecharía  para  descansar —le  dijo  Ron  una noche,  dejando  un  montón  de  libros  en  la  mesita  que  tenía Hermione  junto a la  cama.

—No  seas tonto,  Ron, tengo que mantenerme  al  día  —replicó  Hermione rotundamente.  Estaba  de  mucho mejor humor porque  ya  le había desaparecido el  pelo  de la  cara, y  los ojos, poco  a  poco,  recuperaban  su  habitual  color  marrón—.  ¿Tenéis  alguna  pista nueva?  —añadió en  un  susurro, para  que  la señora Pomfrey  no pudiera oírla.

—Nada —dijo Harry  con  tristeza.

—Estaba  tan  convencido  de  que era Malfoy...  —dijo Ron  por  centésima vez.

—¿Qué es  eso?  —preguntó  Harry, señalando  algo  dorado  que  sobresalía debajo  de  la almohada de  Hermione.

—Nada, una tarjeta  para desearme  que me  ponga bien —dijo Hermione  a toda  prisa, intentando  esconderla,  pero  Ron  fue  más rápido que ella. 

La  sacó, la abrió  y  leyó  en voz  alta:

A  la  señorita  Granger deseándole  que  se  recupere muy pronto,  de  su preocupado profesor  Gilderoy  Lockhart,  Caballero de  tercera  clase de la  Orden de  Merlín, Miembro Honorario de  la  Liga  para  la Defensa Contra  las  Fuerzas Oscuras y cinco  veces ganador del Premio  a la Sonrisa más Encantadora,  otorgado por  la  revista «Corazón  de  Bruja».

Ron miró a Hermione  con disgusto.

—¿Duermes con esto debajo  de  la almohada?

Pero  Hermione no  necesitó responder, porque la  señora Pomfrey  llegó  con la  medicina de la  noche.

—¿A  que  Lockhart es el  tío más pelota que has conocido  en tu vida? —dijo Ron a Harry  al abandonar la  enfermería y  empezar a  subir  hacia  la  torre  de Gryffindor.  Snape  les  había mandado tantos deberes,  que a Harry  le parecía que  no  los terminaría  antes de  llegar  al sexto  curso. Precisamente  Ron  estaba diciendo  que  tenía  que  haber  preguntado a Hermione cuántas colas de rata había  que  echar  a  una  poción crecepelo, cuando llegó hasta  sus oídos un arranque  de  cólera que provenía  del piso superior.

—Es Filch —susurró  Harry,  y  subieron  deprisa  las escaleras y  se detuvieron  a  escuchar  donde  no  podía  verlos.

—Espero que no  hayan  atacado a nadie  más —dijo Ron,  alarmado.

Se  quedaron  inmóviles,  con  la  cabeza  inclinada  hacia  la  voz  de  Filch,  que parecía completamente histérico.

—...  aun  más  trabajo  para  mí. ¡Fregar toda  la  noche,  como  si  no  tuviera otra cosa que hacer!  No, ésta  es  la  gota  que  colma  el  vaso, me  voy  a ver a Dumbledore.

Sus pasos se fueron  distanciando,  y  oyeron  un portazo  a  lo  lejos.

Asomaron  la  cabeza  por la  esquina. Evidentemente, Filch había estado cubriendo su habitual puesto de  vigía; se encontraban de  nuevo en  el punto en que  habían  atacado  a  la  Señora  Norris.  Buscaron  lo  que había  motivado los gritos  de  Filch. Un  charco grande de  agua  cubría la  mitad del  corredor, y parecía  que  continuaba saliendo  agua de debajo de  la  puerta de  los aseos de Myrtle  la  Llorona.  Ahora  que los gritos de Filch habían  cesado,  podían  oír los gemidos  de  Myrtle resonando a través de las  paredes  de  los aseos.

—¿Qué le pasará ahora? —preguntó Ron. —Vamos  a  ver  —propuso  Harry,  y  levantándose  la  túnica  por  encima  de los  tobillos, se metieron  en el  charco  chapoteando,  llegaron  a  la  puerta  que exhibía el  letrero  de «No  funciona» y,  haciendo caso omiso  de la  advertencia, como  de  costumbre, entraron.

Myrtle  la  Llorona  estaba  llorando, si  cabía,  con  más ganas y  más sonoramente  que  nunca.  Parecía  estar metida  en  su  retrete  habitual.  Los  aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la  enorme cantidad de  agua  que había  dejado el  suelo y  las paredes  empapados.

—¿Qué pasa,  Myrtle? —inquirió Harry.

—¿Quién  es? —preguntó Myrtle, con  tristeza,  como  haciendo  gorgoritos—. ¿Vienes a arrojarme alguna  otra cosa?

Harry  fue hacia el  retrete  y  le preguntó:

—¿Por  qué  tendría  que  hacerlo? —No  sé —gritó  Myrtle,  provocando al  salir del  retrete una nueva oleada  de agua que cayó  al suelo ya  mojado—.  Aquí  estoy,  intentando sobrellevar  mis propios problemas,  y  todavía hay  quien  piensa  que  es  divertido  arrojarme  un libro...

—Pero  si alguien  te  arroja algo, a  ti no  te  puede  doler  —razonó  Harry—. Quiero decir, que  simplemente te atravesará,  ¿no?

Acababa  de  meter la  pata.  Myrtle  se  sintió  ofendida  y  chilló:

—¡Vamos  a  arrojarle  libros  a  Myrtle, que  no puede sentirlo!  ¡Diez  puntos al que  se  lo  cuele  por el  estómago!  ¡Cincuenta puntos al  que le  traspase  la cabeza!  ¡Bien, ja, ja, ja!  ¡Qué  juego tan divertido, pues  para mí  no  lo  es!

—Pero  ¿quién te lo arrojó?  —le  preguntó  Harry.

—No  lo sé...  Estaba  sentada en  el sifón, pensando en  la  muerte, y  me  dio en  la  cabeza  —dijo  Myrtle, mirándoles—. Está  ahí,  empapado.

Harry  y  Ron  miraron  debajo del lavabo, donde  señalaba  Myrtle. Había  allí un  libro pequeño  y  delgado. Tenía  las  tapas muy  gastadas, de  color negro,  y estaba  tan  humedecido  como  el  resto de  las cosas que había en  los lavabos. Harry  se acercó para  cogerlo,  pero Ron  lo  detuvo con  el  brazo.

—¿Qué pasa?  —preguntó Harry.

—¿Estás  loco?  —dijo Ron—.  Podría resultar peligroso.

—¿Peligroso?  —dijo Harry, riendo—. Venga, ¿cómo va  a  resultar peligroso?

—Te sorprendería saber  —dijo  Ron, asustado,  mirando  el  librito— que entre  los  libros  que el Ministerio  ha  confiscado  había  uno que  les quemó  los ojos. Me  lo ha  dicho mi  padre. Y  todos los que han leído  Sonetos del  hechicero han  hablado  en  cuartetos  y  tercetos el  resto  de  su  vida. ¡Y  una  bruja vieja  de Bath  tenía un  libro que  no  se podía parar nunca  de  leer!  Uno  tenía  que  andar por  todas partes con el libro delante,  intentando  hacer  las  cosas con  una  sola mano. Y...

—Vale,  ya  lo he  entendido —dijo Harry.  El  librito  seguía en  el  suelo, empapado y  misterioso—. Bueno, pero si no  le  echamos un  vistazo,  no  lo averiguaremos —dijo y,  esquivando  a  Ron, lo recogió del suelo.

Harry  vio  al  instante que  se trataba  de  un  diario, y  la  desvaída fecha  de la cubierta  le  indicó  que  tenía  cincuenta  años  de  antigüedad. Lo  abrió  intrigado. En  la  primera  página  podía  leerse, con tinta emborronada, «T.M. Ryddle».

—Espera —dijo Ron, que  se había acercado con cuidado  y  miraba  por encima  del hombro  de  Harry—, ese  nombre me  suena...  T.M. Ryddle  ganó un premio hace  cincuenta años  por Servicios  Especiales al  Colegio.

—¿Y cómo sabes eso?  —preguntó Harry  sorprendido.

—Lo  sé  porque  Filch me  hizo  limpiar su  placa  unas  cincuenta veces cuando nos  castigaron  —dijo Ron con  resentimiento—. Precisamente fue encima  de  esta  placa donde vomité una  babosa.  Si  te  hubieras  pasado  una hora limpiando un nombre, tú  también te acordarías de él.

Harry  separó las  páginas humedecidas.  Estaban en blanco.  No  había  en ellas el más leve  resto  de  escritura,  ni  siquiera «cumpleaños de  tía Mabel» o «dentista, a las tres  y  media».

—No llegó a  escribir  nada  —dijo Harry,  decepcionado.

—Me  pregunto  por  qué  querría  alguien  tirarlo al  retrete —dijo Ron con curiosidad.

Harry  volvió  a mirar las tapas del  cuaderno  y  vio  impreso  el  nombre  de  un quiosco  de  la  calle Vauxhall,  en  Londres.

—Debió  de  ser de  familia  muggle  —dijo Harry, especulando—, ya  que compró el diario en  la  calle Vauxhall...

—Bueno,  eso da  igual  —dijo Ron.  Luego  añadió en voz  muy  baja—. Cincuenta puntos  si  lo  pasas  por la  nariz  de  Myrtle.

Harry, sin embargo,  se lo  guardó  en  el bolsillo.

Hermione  salió de  la enfermería, sin bigotes,  sin cola  y  sin pelaje, a comienzos de  febrero.  La primera  noche que  pasó  en  la  torre de  Gryffindor, Harry  le enseñó el  diario  de T.M.  Ryddle y  le  contó la  manera en  que  lo  habían encontrado.

—¡Aaah,  podría  tener  poderes ocultos!  —dijo con  entusiasmo  Hermione, cogiendo el diario  y  mirándolo de cerca.

—Si los tiene,  los oculta  muy  bien  —repuso Ron—.  A  lo  mejor  es tímido. No  sé  por  qué  lo  guardas, Harry

—Lo  que me  gustaría  saber es  por qué  alguien  intentó tirarlo —dijo Harry— . Y  también me gustaría  saber cómo  consiguió Ryddle  el  Premio  por  Servicios Especiales.

—Por  cualquier cosa  —dijo  Ron—. A  lo  mejor acumuló  treinta  matrículas de  honor en  Brujería  o  salvó  a  un  profesor  de  los  tentáculos  de  un  calamar gigante. Quizás asesinó  a Myrtle,  y  todo el  mundo  lo  consideró  un  gran servicio...

Pero  Harry  estaba  seguro, por  la  cara  de  interés que ponía  Hermione, de que ella  estaba pensando lo mismo que él.

—¿Qué pasa?  —dijo Ron,  mirando  a  uno y  a otro.

—Bueno,  la  Cámara  de  los Secretos  se  abrió  hace  cincuenta años, ¿no? —explicó  Harry—. Al  menos,  eso  nos dijo  Malfoy.

—Sí... —admitió Ron.

—Y  este diario  tiene  cincuenta  años —dijo Hermione,  golpeándolo, emocionada, con el  dedo.

—¿Y?

—Venga, Ron,  despierta  ya  —dijo  Hermione  bruscamente—. Sabemos  que la  persona  que abrió  la  cámara la  última  vez  fue  expulsada  hace  cincuenta años.  Sabemos  que a  T.M.  Ryddle le  dieron un  premio  hace cincuenta  años  por Servicios Especiales al Colegio.  Bueno,  ¿y  si  a Ryddle le  dieron  el  premio  por atrapar al  heredero  de Slytherin?  En  su  diario seguramente  estará  todo explicado: dónde está  la cámara, cómo  se  abre  y  qué  clase de  criatura vive  en ella.  La  persona que  haya  cometido  las agresiones en  esta ocasión no  querría que el diario anduviera por ahí,  ¿no?

—Es una  teoría brillante,  Hermione  —dijo Ron—,  pero tiene  un  pequeño defecto:  que no hay  nada escrito  en  el diario.

Pero  Hermione sacó su varita  mágica  de  la bolsa.

—¡Podría  ser tinta invisible!  —susurró.

Y dio tres golpecitos  al  cuaderno, diciendo:

—¡Aparecium!

Pero  no  ocurrió  nada.  Impertérrita,  volvió a meter la  mano en la  bolsa  y sacó  lo  que parecía una goma de  borrar de  color rojo.

—Es un  revelador,  lo  compré  en  el callejón  Diagon  —dijo ella. Frotó con fuerza  donde  ponía «1 de  enero».  Siguió  sin pasar  nada.

—Ya  te  lo  decía yo; no hay  nada  que encontrar aquí —dijo Ron—. Simplemente, a Ryddle  le  regalaron un  diario  por  Navidad,  pero  no  se  molestó en  rellenarlo.

Harry  no podría haber explicado, ni siquiera a  sí  mismo,  por  qué  no  tiraba  a  la basura el diario  de Ryddle.  El  caso  es que  aunque  sabía  que  el  diario  estaba en  blanco, pasaba  las  páginas atrás  y  adelante, concentrado  en  ellas, como  si contaran  una  historia  que quisiera  acabar de  leer.  Y, aunque estaba  seguro de no  haber  oído  antes  el  nombre de T.M.  Ryddle, le  parecía que  ese nombre  le decía  algo,  como  si se  tratara de un  amigo olvidado de  la más remota  infancia. Pero  era absurdo:  no  había  tenido amigos  antes de  llegar  a Hogwarts, Dudley se había encargado  de  eso.

Sin  embargo,  Harry  estaba  determinado  a averiguar algo  más sobre Ryddle, así que  al  día siguiente,  en  el recreo,  se  dirigió a la  sala de  trofeos  para examinar  el  premio  especial  de  Ryddle, acompañado  por  una  Hermione rebosante de interés y  un  Ron  muy  reticente,  que les  decía que había visto el premio lo  suficiente para recordarlo toda  la  vida.

La  placa de oro bruñido de  Ryddle estaba  guardada  en  un  armario esquinero.  No  decía nada de por  qué se lo  habían  concedido.

—Menos  mal —dijo  Ron—,  porque  si  lo  dijera, la placa sería más grande,  y en  el  día de hoy  aún no habría  acabado de sacarle brillo.

Sin  embargo, encontraron el  nombre de Ryddle  en una vieja Medalla  al Mérito  Mágico y  en  una  lista de antiguos alumnos que  habían recibido el Premio  Anual.

—Me recuerda  a  Percy  —dijo  Ron, arrugando  con  disgusto  la  nariz—: prefecto,  Premio  Anual...,  supongo que  sería el primero de la  clase.

—Lo dices  como  si  fuera algo  vergonzoso  —señaló  Hermione,  algo  herida.

El  sol había  vuelto a brillar  débilmente  sobre  Hogwarts.  Dentro  del  castillo,  la gente  parecía  más optimista. No había vuelto a haber ataques después del cometido contra Justin y  Nick Casi  Decapitado, y  a  la  señora Pomfrey  le encantó  anunciar que  las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas  y reservadas, lo  que  quería decir que rápidamente dejarían  atrás  la  infancia.  Una tarde,  Harry  oyó  que la señora Pomfrey  decía a Filch amablemente:

—Cuando  se  les  haya  ido  el  acné, estarán listas para volver  a ser trasplantadas.  Y  entonces,  las cortaremos  y  las coceremos inmediatamente. Dentro de poco  tendrá a la  Señora Norris  con  usted  otra  vez.

Harry  pensaba  que  tal  vez  el heredero de Slytherin  se  había  acobardado. Cada  vez  debía  de  resultar más arriesgado  abrir la Cámara de los Secretos, con  el  colegio  tan alerta y  todo  el mundo tan receloso. Tal vez  el monstruo, fuera  lo  que fuera,  se disponía  a  hibernar durante otros cincuenta años.

Ernie  Macmillan,  de  Hufflepuff,  no era  tan optimista. Seguía  convencido  de que Harry  era el  culpable y  que se  había delatado en  el  club  de  duelo.  Peeves no  era  precisamente una ayuda,  pues iba  por  los abarrotados corredores saltando  y  cantando:  «¡Oh,  Potter, eres  un  zote, estás podrido...!», pero  ahora además interpretando un baile al  ritmo  de  la canción.

Gilderoy  Lockhart  estaba convencido  de que era él  quien había puesto freno  a  los  ataques. Harry  le  oyó  exponerlo  así ante  la  profesora  McGonagall mientras los de  Gryffindor marchaban  en  hilera hacia  la  clase  de  Transfiguración.

—No  creo  que volvamos a tener  problemas,  Minerva  —dijo, guiñando un ojo  y  dándose golpecitos en la nariz  con el dedo, con  aire  de  experto—. Creo que  esta  vez  la cámara  ha  quedado bien  cerrada.  Los  culpables se  han  dado cuenta  de  que  en  cualquier momento  yo  podía  pillarlos y  han  sido  lo  bastante sensatos para detenerse ahora, antes de  que  cayera  sobre  ellos...  Lo  que ahora  necesita  el  colegio es una inyección  de  moral,  ¡para barrer los recuerdos del trimestre anterior!  No te digo  nada  más,  pero  creo  que  sé  qué  es  exactamente  lo  que...

De  nuevo se tocó  la nariz  en  prueba de  su buen olfato  y  se  alejó  con  paso decidido.

La  idea  que  tenía  Lockhart  de una inyección  de  moral se hizo  patente durante el desayuno  del día 14 de febrero.  Harry  no  había dormido  mucho  a causa del entrenamiento  de  quidditch  de  la  noche  anterior  y  llegó  al  Gran Comedor  corriendo,  algo  retrasado.  Pensó, por  un momento, que se  había equivocado de  puerta.

Las  paredes  estaban  cubiertas  de  flores grandes de un  rosa chillón. Y,  aún peor, del  techo de  color azul  pálido caían  confetis  en forma  de corazones. Harry  se fue  a  la  mesa de  Gryffindor,  en  la  que estaban Ron,  con  aire asqueado,  y  Hermione, que  se reía tontamente.

—¿Qué ocurre?  —les  preguntó Harry,  sentándose y  quitándose de  encima el  confeti.

Ron,  que  parecía estar demasiado  enojado  para  hablar, señaló la  mesa  de los  profesores.  Lockhart,  que llevaba una  túnica  de un  vivo color rosa  que combinaba con  la decoración,  reclamaba silencio  con las manos.  Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban  estupefactos.  Desde  su  asiento, Harry  pudo  ver a  la profesora  McGonagall con un  tic en  la mejilla.  Snape  tenía el  mismo aspecto  que si se hubiera bebido  un  gran  vaso  de  crecehuesos.

—¡Feliz  día de  San  Valentín!  —gritó  Lockhart—. ¡Y  quiero también  dar  las gracias  a  las  cuarenta  y  seis personas que  me  han enviado  tarjetas!  Sí, me  he tomado  la  libertad de  preparar esta pequeña  sorpresa  para  todos vosotros... ¡y no  acaba  aquí la  cosa!

Lockhart  dio una  palmada, y  por la  puerta  del  vestíbulo  entraron  una docena de  enanos de  aspecto  hosco. Pero no  enanos así, tal cual;  Lockbart les había puesto alas doradas y  además  llevaban arpas.

—¡Mis amorosos  cupidos portadores de  tarjetas!  —sonrió  Lockhart—. ¡Durante todo  el  día de  hoy  recorrerán  el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San  Valentín!  ¡Y  la diversión  no  acaba aquí!  Estoy  seguro  de que mis colegas querrán  compartir  el espíritu de  este día.  ¿Por qué no  pedís al profesor Snape que  os  enseñe  a preparar un filtro amoroso?  ¡Aunque  el  profesor Flitwick,  el muy  pícaro,  sabe más  sobre encantamientos de  ese tipo  que  ningún  otro  mago que haya conocido!

El  profesor  Flitwick se  tapó  la  cara  con las manos. Snape  parecía dispuesto a  envenenar  a  la  primera  persona que se  atreviera a pedirle un  filtro amoroso.

—Por favor,  Hermione, dime  que no  has sido una de  las  cuarenta  y  seis  — le  dijo Ron,  cuando abandonaban  el  Gran  Comedor para  acudir  a la  primera clase.  Pero  a  Hermione  de repente le  entró la  urgencia de  buscar el  horario en la  bolsa,  y  no  respondió.

Los  enanos  se  pasaron el día interrumpiendo las  clases  para  repartir tarjetas,  ante  la  irritación  de  los profesores, y  al  final  de  la  tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia  el  aula de  Encantamientos,  uno  de  ellos  alcanzó  a Harry.

—¡Eh, tú!  ¡Harry  Potter!  —gritó  un  enano  de  aspecto  particularmente malhumorado, abriéndose camino a codazos para  llegar a donde estaba  Harry.

Ruborizándose  al  pensar  que le  iba a  ofrecer una felicitación  de San Valentín delante de  una fila  de  alumnos de  primero,  entre  los cuales  estaba Ginny  Weasley,  Harry  intentó escabullirse.  El  enano,  sin embargo,  se  abrió camino a base de  patadas en las espinillas y  lo  alcanzó antes de que diera dos pasos.

—Tengo  un  mensaje  musical para  entregar a  Harry  Potter en persona — dijo, rasgando el  arpa de  manera pavorosa.

—¡Aquí  no!  —dijo Harry  enfadado,  tratando de escapar.

—¡Párate!  —gruñó el enano,  aferrando  a Harry  por la bolsa para  detenerlo.

—¡Suéltame!  —gritó  Harry,  tirando fuerte.

Tanto tiraron  que  la bolsa  se partió  en dos. Los  libros, la  varita mágica,  el pergamino  y  la pluma  se  desparramaron por el  suelo,  y  la  botellita de tinta se rompió encima  de todas  las demás  cosas.

Harry  intentó recogerlo  todo antes  de  que  el  enano comenzara a cantar ocasionando  un  atasco en  el  corredor.

—¿Qué pasa ahí?  —Era la  voz  fría de  Draco  Malfoy,  que  hablaba arrastrando  las palabras. Harry  intentó febrilmente meterlo todo  en  la bolsa rota,  desesperado  por  alejarse antes de  que Malfoy  pudiera  oír  su felicitación musical de  San Valentín.

—¿Por  qué  toda  esta conmoción?  —dijo otra  voz  familiar,  la  de  Percy Weasley,  que se acercaba.

A  la  desesperada,  Harry  intentó  escapar corriendo, pero el  enano se  le echó  a las rodillas  y  lo  derribó.

—Bien  —dijo,  sentándose  sobre  los tobillos de  Harry—, ésta es tu canción de  San  Valentín:

Tiene los ojos  verdes como  un  sapo en  escabeche

y el pelo negro como  una pizarra  cuando  anochece.

Quisiera que  fuera mío,  porque es glorioso, 

el  héroe que venció  al Señor Tenebroso.

Harry  habría  dado  todo  el oro de  Gringotts por desvanecerse en  aquel momento.  Intentando  reírse  con  todos  los demás, se  levantó, con  los  pies entumecidos por el  peso del enano, mientras  Percy  Weasley  hacía  lo  que  podía para  dispersar  al  montón  de  chavales, algunos de  los cuales  estaban llorando de  risa.

—¡Fuera  de  aquí,  fuera!  La campana  ha sonado  hace  cinco minutos, a clase todos ahora  mismo —decía,  empujando  a algunos de los más pequeños—.  Tú también, Malfoy.

Harry  vio que Malfoy  se  agachaba  y  cogía  algo,  y  con una mirada  burlona se  lo  enseñaba a Crabbe  y  Goyle.  Harry  comprendió que  lo que había recogido era  el  diario  de Ryddle.

—¡Devuélveme  eso!  —le  dijo  Harry  en  voz  baja.

—¿Qué habrá escrito  aquí  Potter?  —dijo  Malfoy,  que  obviamente  no  había visto  la fecha en la cubierta  y  pensaba  que era el diario  del propio  Harry.  Los espectadores  se quedaron  en silencio.  Ginny  miraba  alternativamente  a  Harry  y al  diario,  aterrorizada.

—Devuélvelo, Malfoy  —dijo Percy  con severidad.

Cuando  le  haya  echado un vistazo —dijo Malfoy, burlándose  de  Harry.

Percy  dijo:

—Como prefecto del colegio...

Pero  Harry  estaba fuera  de  sus casillas.  Sacó su varita mágica y  gritó:

—¡Expelliarmus!

Y  tal como  Snape había  desarmado a  Lockhart,  así  Malfoy  vio  que  el  diario se  le  escapaba  a Malfoy  de  las manos y  salía volando.  Ron, sonriendo, lo atrapó.

—¡Harry!  —dijo  Percy  en voz  alta—.  No  se puede  hacer  magia en  los pasillos.  ¡Tendré que  informar de esto!

Pero  Harry  no se  preocupó. Le había ganado una  a Malfoy,  y  eso bien valía  cinco  puntos  de  Gryffindor.  Malfoy  estaba  furioso,  y  cuando Ginny  pasó por su  lado  para  entrar  en  el  aula,  le  gritó  despechado:

—¡Me  parece que  a Potter no le  gustó mucho tu felicitación de San Valentín!

Ginny  se  tapé  la  cara  con  las  manos y  entró en  clase  corriendo. Dando  un gruñido,  Ron  sacó  también su  varita mágica, pero Harry  se  la quitó de  un tirón. Ron  no  tenía  necesidad  de pasarse  la clase de  Encantamientos vomitando babosas.

Harry  no  se dio cuenta de que algo raro había  ocurrido en  el diario  de Ryddle hasta que  llegaron a  la  clase  del  profesor  Flitwick.  Todos los  demás libros  estaban  empapados de  tinta  roja.  El  diario,  sin  embargo,  estaba  tan limpio  como  antes  de  que la  botellita  de tinta  se hubiera  roto. Intentó  hacérselo ver a Ron, pero  éste volvía  a tener  problemas  con  su  varita  mágica: de  la  punta salían  pompas  de  color  púrpura,  y  él no  prestaba atención  a  nada  más.

Aquella  noche,  Harry  fue  el  primero de su  dormitorio en  irse  a dormir. En  parte fue porque  no  creía poder  soportar  a Fred  y  George  cantando:  «Tiene los ojos verdes  como  un  sapo  en  escabeche»  una vez  más, y  en  parte,  porque quería examinar  de  nuevo el  diario  de  Ryddle, y  sabía que Ron  opinaba  que eso  era una pérdida de  tiempo.

Se  sentó  en  la  cama  y  hojeó  las páginas en  blanco; ninguna tenía  la  más ligera  mancha  de  tinta roja.  Luego  sacó una nueva botellita de  tinta  del  cajón  de la  mesita,  mojó  en  ella  su  pluma y  dejó caer  una  gota en  la  primera  página  del diario.

La  tinta brilló intensamente sobre el papel durante un  segundo y  luego, como  si  la  hubieran  absorbido  desde  el  interior  de  la  página,  se  desvaneció. Emocionado, Harry  mojó  de  nuevo  la  pluma y  escribió:

«Mi  nombre es Harry  Potter.»

Las  palabras brillaron  un  instante  en  la  página  y  desaparecieron  también sin dejar  huella.  Entonces  ocurrió algo.

Rezumando de  la  página,  en  la  misma  tinta que  había  utilizado  él, aparecieron unas palabras que Harry  no había escrito:

«Hola,  Harry  Potter.  Mi  nombre es  Tom  Ryddle. ¿Cómo ha llegado  a  tus manos mi  diario?»

Estas palabras también se  desvanecieron,  pero  no  antes  de  que  Harry comenzara  de  nuevo  a  escribir:

«Alguien intentó  tirarlo por  el  retrete.»

Aguardó con  impaciencia  la respuesta de Ryddle.

«Menos  mal  que  registré mis memorias  en algo más duradero que la  tinta. Siempre supe  que habría gente que  no  querría que mi  diario fuera leído.»

«¿Qué  quieres  decir?»,  escribió Harry, emborronando la  página  debido a los nervios.

«Quiero decir  que este diario  da fe  de  cosas  horribles;  cosas  que  fueron ocultadas;  cosas que sucedieron en  el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.»

«Es donde  estoy  yo  ahora», escribió Harry  apresuradamente. «Estoy  en Hogwarts,  y  también  suceden cosas horribles.  ¿Sabes algo  sobre  la  Cámara de los Secretos?»

El  corazón  le latía  violentamente. La réplica de  Ryddle no  se hizo  esperar, pero la letra se volvió menos clara,  como  si  tuviera  prisa  por  consignar  todo cuanto sabía.

«¡Por  supuesto que sé algo sobre la Cámara de  los Secretos!  En  mi  época, nos  decían  que  era  sólo una  leyenda,  que no existía realmente. Pero no era cierto.  Cuando  yo  estaba  en  quinto, la  cámara se  abrió y  el  monstruo  atacó  a varios estudiantes y  mató a  uno. Yo  atrapé  a  la  persona  que  había  abierto  la cámara, y  lo  expulsaron.  Pero  el  director, el  profesor  Dippet,  avergonzado  de que hubiera sucedido  tal  cosa en  Hogwarts, me  prohibió  decir la  verdad. Inventaron la historia  de  que  la  muchacha  había muerto en  un  espantoso  accidente.  A  mí  me  entregaron por mi  actuación  un  trofeo  muy  bonito y  muy brillante,  con  unas  palabras grabadas, y  me  recomendaron  que mantuviera la boca  cerrada.  Pero  yo  sabía que  podía  volver a  ocurrir. El  monstruo sobrevivió, y  el  que  pudo  liberarlo  no  fue  encarcelado.»

En  su precipitación por  escribir,  Harry  casi  vuelca  la  botellita de la tinta.

«Ha  vuelto a  suceder. Ha  habido  tres ataques  y  nadie parece  saber quién está detrás.  ¿Quién fue en  aquella  ocasión?»

«Te lo  puedo mostrar, si quieres», contestó Ryddle.  «No necesitas leer  mis palabras.  Podrás  ver dentro  de  mi  memoria  lo  que ocurrió  la  noche  en  que lo capturé.»

Harry  dudó, y  la  pluma  se detuvo encima  del diario.  ¿Qué  quería  decir Ryddle?  ¿Cómo podía alguien introducirse  en la  memoria de  otro? Miró asustado  la  puerta  del  dormitorio; iba oscureciendo.  Cuando  retornó  la vista  al diario,  vio  que aparecían unas palabras nuevas:

«Deja  que  te  lo  enseñe.»

Harry  meditó durante  una fracción  de  segundo, y  luego  escribió  una  sola palabra:

«Vale.»

Las  páginas  del diario  comenzaron  a pasar,  como  si estuviera soplando un fuerte viento,  y  se detuvieron  a mediados  del mes de  junio.  Con la  boca abierta, Harry  vio  que  el  pequeño  cuadrado  asignado  al día  13  de  junio se convertía en algo  parecido a una minúscula  pantalla de  televisión. Las manos le  temblaban ligeramente. Levantó el cuaderno  para  acercar uno de  sus ojos  a  la  ventanita,  y antes de que comprendiera lo  que sucedía,  se  estaba  inclinando  hacia  delante. La  ventana se ensanchaba,  y  sintió  que  su  cuerpo  dejaba  la  cama  y  era absorbido por la  abertura de  la  página  en  un remolino  de  colores  y  sombras.

Notó  que pisaba  tierra firme y  se quedó temblando, mientras  las  formas borrosas  que  lo  rodeaban  se  iban  definiendo rápidamente.

Enseguida  se  dio cuenta de dónde  estaba. Aquella  sala circular con  los retratos de  gente  dormida era el  despacho  de  Dumbledore,  pero  no  era Dumbledore quien estaba  sentado  detrás  del escritorio. Un  mago  de  aspecto delicado,  con  muchas  arrugas y  calvo, excepto  por algunos pelos blancos, leía una carta a  la  luz  de  una vela.  Harry  no  había visto nunca a aquel  hombre.

—Lo siento —dijo con  voz  trémula—.  No  quería molestarle...

Pero  el  mago no  levantó  la  vista.  Siguió  leyendo, frunciendo  el  entrecejo levemente.  Harry  se acercó más al escritorio  y  balbució:

—¿Me-me voy?

El  mago  siguió  sin  prestarle  atención.  Ni  siquiera  parecía  que  le  hubiera oído.  Pensando  que tal vez  estuviera  sordo,  Harry  levantó la  voz.

—Lamento molestarle, me  iré ahora mismo  —dijo casi  a  gritos.

Con un suspiro, el  mago  dobló  la  carta, se  levantó,  pasó  por delante  de Harry  sin  mirarlo  y  fue  hasta  la  ventana  a  descorrer  las cortinas.

El  cielo, al  otro lado de  la  ventana, estaba  de un  color rojo  rubí; parecía el atardecer.  El  mago  volvió  al  escritorio, se sentó y,  mirando a  la  puerta,  se  puso a juguetear  con los pulgares.

Harry  contempló el  despacho. No  estaba  Fawkes, el  fénix,  ni los artilugios metálicos que hacían  ruiditos. Aquello  era  Hogwarts tal  como  debía  ser en  los tiempos de  Ryddle, y  aquel mago desconocido  tenía que ser el  director  de entonces,  no  Dumbledore,  y  él,  Harry,  era  una  especie  de fantasma, completamente invisible  para la  gente  de  hacía cincuenta años.

Llamaron  a  la  puerta.

—Entre —dijo el  viejo mago  con una voz  débil.

Un  muchacho  de  unos  dieciséis años entró  quitándose el  sombrero puntiagudo. En el  pecho  le  brillaba  una  insignia plateada  de  prefecto.  Era mucho más alto que  Harry  pero tenía, como  él,  el  pelo de  un  negro azabache.

—Ah, Ryddle —dijo el  director.

—¿Quería verme, profesor Dippet?  —preguntó Ryddle.  Parecía azorado.

—Siéntese —indicó  Dippet—.  Acabo de  leer la carta que me  envió.

—¡Ah!  —exclamó  Ryddle,  y  se  sentó, cogiéndose  las  manos fuertemente.

—Muchacho —dijo Dippet con aire  bondadoso—, me  temo  que  no  puedo permitirle  quedarse  en el colegio  durante el verano.  Supongo que querrá ir a casa  para  pasar  las  vacaciones...

—No  —respondió Ryddle  enseguida—, preferiría quedarme en  Hogwarts  a regresar a ese..., a ese...

—Según  creo,  pasa las vacaciones  en  un orfanato  muggle, ¿verdad?  — preguntó Dippet  con  curiosidad.

—Sí,  señor —respondió Ryddle, ruborizándose ligeramente.

—¿Es  usted de familia  muggle?

—A  medias, señor —respondió Ryddle—. De padre  muggle  y  de madre bruja.

—¿Y tanto uno como  otro están...?

—Mi madre murió  nada  más nacer  yo, señor.  En  el  orfanato  me  dijeron que había  vivido  sólo lo  suficiente  para  ponerme nombre: Tom  por mi  padre,  y Sorvolo  por  mi  abuelo.

Dippet  chasqueó  la  lengua en  señal  de  compasión.

—La  cuestión  es,  Tom  —suspiró—, que se  podría  haber hecho  con  usted una excepción, pero  en  las actuales circunstancias...

—¿Se  refiere  a  los ataques, señor?  —dijo Ryddle, y  a Harry  el  corazón le dio un  brinco.  Se  acercó, porque  no  quería perderse ni  una  sílaba  de  lo  que  allí se dijera.

—Exactamente  —dijo el director—.  Muchacho, tiene que  darse  cuenta de lo  irresponsable que sería que  yo  le  permitiera quedarse en  el  castillo  al término  del  trimestre. Especialmente después de  la tragedia...,  la  muerte de esa  pobre muchacha...  Usted estará  muchísimo  más  seguro  en  el  orfanato.  De hecho,  el  Ministerio  de Magia  se  está planteando cerrar el colegio. No creo  que vayamos a poder localizar al..., descubrir  el origen  de  todos  estos sucesos tan desagradables...

Ryddle abrió más los  ojos.

—Señor,  si  esa persona  fuera capturada...  Si  todo  terminara...

—¿Qué  quiere decir? —preguntó Dippet,  soltando un gallo.  Se  incorporó en  el  asiento—.  ¿Ryddle, sabe  usted algo  sobre esas agresiones?

—No,  señor —respondió Ryddle con presteza.

Pero  Harry  estaba  seguro  de que aquel «no» era  del  mismo  tipo  que  el  que él  mismo había  dado a Dumbledore.

Dippet  volvió a hundirse  en  el asiento,  ligeramente  decepcionado.

—Puede irse, Tom.

Ryddle se  levantó del asiento y  salió de  la  habitación pisando fuerte.  Harry fue tras él.

Bajaron  por la escalera  de caracol que se  movía  sola, y  salieron  al corredor,  que  ya  iba  quedando en  penumbra, junto a  la gárgola. Ryddle se detuvo  y  Harry  hizo  lo mismo,  mirándolo. Le pareció  que Ryddle  estaba concentrado:  se  mordía  los  labios  y  tenía  la  frente  fruncida.

Luego,  como  si  hubiera tomado  una  decisión  repentina,  salió precipitadamente,  y  Harry  lo  siguió en  silencio.  No  vieron  a  nadie hasta  llegar al vestíbulo,  cuando un mago de  gran estatura,  con el cabello  largo y  ondulado  de color castaño rojizo  y  con barba,  llamó  a  Ryddle  desde  la  escalera de mármol.

—¿Qué  hace  paseando  por aquí tan  tarde, Tom?

Harry  miró sorprendido  al  mago.  No  era otro que Dumbledore, con cincuenta  años menos.

—Tenía que  ver  al  director,  señor —respondió Ryddle.

—Bien,  pues váyase  enseguida  a  la cama  —le  dijo  Dumbledore, dirigiéndole a  Ryddle la misma mirada  penetrante  que  Harry  conocía  tan  bien— .  Es  mejor no andar por los  pasillos durante  estos  días,  desde que...

Suspiró hondo,  dio las buenas noches a  Ryddle y  se marchó  con paso decidido. Ryddle esperó que se fuera  y  a continuación,  con rapidez,  tomó  el camino de las  escaleras  de  piedra  que bajaban  a las mazmorras, seguido  por Harry.

Pero,  para su decepción, Ryddle  no  lo  condujo  a  un  pasadizo  oculto  ni  a  un túnel  secreto,  sino  a la  misma mazmorra en  que Snape  les daba  clase.  Como las antorchas  no  estaban  encendidas y  Ryddle había cerrado  casi completamente  la  puerta,  lo  único  que Harry  veía era a Ryddle,  que, inmóvil tras la puerta,  vigilaba el  corredor que había  al  otro  lado.

A  Harry  le pareció  que  permanecían allí al  menos una hora. Seguía  viendo únicamente la figura de  Ryddle en la  puerta,  mirando  por  la  rendija, aguardando  inmóvil.  Y  cuando  Harry  dejó de  sentirse  expectante y  tenso,  y empezaron  a  entrarle ganas de volver  al  presente,  oyó que se movía  alga  al otro lado de la  puerta.

Alguien caminaba  por el  corredor sigilosamente. Quienquiera  que  fuese, pasó ante  la  mazmorra  en  la  que  estaban  ocultos él  y  Ryddle.  Éste,  silencioso como  una sombra, cruzó  la  puerta y  lo  siguió,  con  Harry  detrás,  que  se  ponía de  puntillas, sin  recordar  que  no  le  podían  oír.

Persiguieron los  pasos del desconocido durante  unos  cinco  minutos, cuando  de  improviso  Ryddle  se  detuvo,  inclinando  la cabeza  hacia  el  lugar del que provenían  unos ruidos.  Harry  oyó el  chirrido  de  una  puerta  y  luego  a alguien  que  hablaba  en  un  ronco  susurro.

—Vamos...,  te voy  a sacar de aquí  ahora...,  a la  caja...

Algo  le resultaba conocido  en  aquella  voz.

De  repente,  Ryddle  dobló la  esquina de  un  salto. Harry  lo  siguió y  pudo ver la  silueta  de un  muchacho alto  como  un  gigante que estaba  en cuclillas  delante de  una puerta  abierta,  junto a una  caja muy  grande.

—Hola, Rubeus —dijo Ryddle con voz  seria.

El  muchacho  cerró  la  puerta  de  golpe  y  se  levantó.

—¿Qué haces  aquí,  Tom?

Ryddle se le  acercó.

—Todo  ha terminado —dijo—.  Voy  a  tener  que  entregarte,  Rubeus. Dicen que  cerrarán  Hogwarts si  los  ataques no  cesan.

—¿Que vas a...?

—No creo  que  quisieras  matar a nadie.  Pero los monstruos no  son  buenas mascotas.  Me  imagino  que  lo  dejaste  salir  para  que  le  diera  el  aire  y...

—¡No  ha  matado a nadie!  —interrumpió  el  muchachote, retrocediendo contra  la puerta cerrada.  Harry  oía unos curiosos chasquidos  y  crujidos procedentes  del otro lado de la  puerta.

—Vamos,  Rubeus  —dijo  Ryddle, acercándose  aún  más—. Los padres  de la  chica  muerta  llegarán  mañana. Lo  menos que  puede hacer Hogwarts  es asegurarse  de  que  lo  que mató  a su hija sea  sacrificado...

—¡No  fue  él!  —gritó  el  muchacho.  Su  voz  resonaba en el oscuro corredor—.  ¡No sería capaz!  ¡Nunca!

—Hazte  a  un  lado  —dijo Ryddle, sacando su varita mágica.

Su  conjuro  iluminó el  corredor con  un resplandor repentino. La  puerta que había detrás del  muchacho  se  abrió  con tal  fuerza  que golpeó  contra el  muro que  había enfrente.  Por el hueco salió  algo  que hizo  a  Harry  proferir  un  grito que nadie sino  él  pudo oír.

Un  cuerpo  grande,  peludo,  casi  a  ras de suelo, y  una maraña  de patas negras,  varios  ojos  resplandecientes y  unas pinzas afiladas como  navajas... Ryddle levantó de  nuevo  la  varita, pero  fue  demasiado  tarde. El  monstruo  lo derribó  al  escabullirse, enfilando a toda  velocidad por  el  corredor y  perdiéndose de  vista.  Ryddle  se  incorporó, buscando  la  varita. Consiguió  cogerla, pero  el muchachón  se lanzó sobre él, se la  arrancó de  las manos y  lo  tiró de  espaldas contra  el  suelo,  al  tiempo que gritaba:  ¡NOOOOOOOO!

Todo  empezó  a dar vueltas  y  la oscuridad  se  hizo  completa.  Harry  sintió que caía  y  aterrizó  de  golpe con  los brazos  y  las  piernas  extendidos  sobre  su cama  en  el dormitorio  de  Gryffindor,  y  con el  diario  de  Ryddle abierto  sobre  el abdomen.

Antes de  que pudiera recuperar  el aliento, se abrió  la  puerta  del  dormitorio y  entró Ron.

—¡Estás aquí!  —dijo. Harry  se sentó. 

Estaba  sudoroso  y  temblaba.

—¿Qué pasa?  —dijo Ron,  preocupado.

—Fue Hagrid,  Ron. Hagrid abrió la  Cámara  de los Secretos hace  cincuenta años.

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustab...