lunes, 26 de diciembre de 2016

Capítulo 11: El club de duelo

Al  despertar Harry  la  mañana  del  domingo, halló  el  dormitorio  resplandeciente con  la  luz del sol  de invierno,  y  su brazo otra  vez  articulado, aunque  muy  rígido. Se  sentó enseguida  y  miró  hacia  la  cama  de Colin, pero  estaba  oculto  tras  las largas cortinas que  el  propio Harry  había corrido  el  día  anterior. Al  ver que se había despertado, la  señora  Pomfrey  se  acercó afanosamente  con  la  bandeja del desayuno, y  se puso a flexionarle  y  estirarle a Harry  el  brazo y  los dedos.

—Todo  va  bien  —le  dijo,  mientras él  apuraba  torpemente  con su  mano izquierda las gachas de  avena—.  Cuando  termines de comer,  puedes  irte.

Harry  se vistió lo más  deprisa  que pudo  y  salió  precipitadamente  hacia  la torre  de Gryffindor,  deseoso de  hablar con  Ron  y  Hermione  sobre  Colín  y Dobby,  pero no  los encontró  allí. Harry  dejó  de  buscarlos,  preguntándose adónde  podían  haber ido  y  algo molesto  de  que  no  parecieran  interesados  en saber si él había  recuperado o no  sus  huesos.

Cuando pasó  por delante de  la biblioteca,  Percy  Weasley  precisamente salía  de  ella,  y  parecía estar de mucho mejor humor  que  la  última  vez  que lo habían encontrado.

—¡Ah,  hola,  Harry!  —dijo—. Excelente jugada la  de  ayer, realmente excelente. Gryffindor  acaba  de  ponerse  a  la  cabeza  de  la  copa  de  las casas: ¡ganaste cincuenta puntos!

—¿No has  visto  a  Ron ni a Hermione? —preguntó Harry.

—No,  no  los  he  visto  —contestó  Percy,  dejando de  sonreír—. Espero  que Ron no esté otra vez  en el  aseo de las  chicas...

Harry  forzó  una  sonrisa,  siguió a Percy  con la  vista hasta  que  desapareció, y  se  fue derecho  al aseo  de  Myrtle  la  Llorona.  No  encontraba ningún  motivo para  que  Ron y  Hermione  estuvieran allí,  pero  después de  asegurarse  de  que no  merodeaban por  el  lugar  Filch ni ningún  prefecto, abrió  la puerta y  oyó sus voces provenientes  de  un  retrete cerrado.

—Soy  yo  —dijo, entrando en  los lavabos y  cerrando  la puerta. Oyó un golpe  metálico,  luego otro como  de salpicadura y  un grito  ahogado,  y  vio  a Hermione  mirando por el  agujero de la  cerradura.

—¡Harry!  —dijo ella—.  Vaya  susto que  nos has  dado.  Entra.  ¿Cómo  está  tu brazo?

—Bien  —dijo  Harry,  metiéndose en el  retrete.  Habían puesto un caldero sobre la taza  del  inodoro,  y  un crepitar  que  provenía  de  dentro  le  indicó  que habían  prendido  un fuego  bajo  el  caldero.  Prender fuegos transportables y  sumergibles era la especialidad de Hermione.

—Pensamos ir  a verte,  pero decidimos comenzar  a preparar la  poción multijugos   —le  explicó Ron, después de que Harry  cerrara de  nuevo la  puerta del retrete.  Hemos pensado  que éste es el lugar más seguro para  guardarla.

Harry  empezó  a contarles lo de  Colin,  pero Hermione  lo  interrumpió.

—Ya lo  sabemos, oímos a la  profesora McGonagall hablar con  el  profesor Flitwick  esta  mañana.  Por eso  pensamos que era mejor  darnos  prisa.

—Cuanto antes le saquemos  a Malfoy  una declaración,  mejor —gruñó Ron—. ¿No piensas  igual? Se  ve que después del  partido  de  quidditch  estaba tan sulfurado que la tomó  con  Colin.

—Hay alguien más  —dijo Harry,  contemplando a Hermione, que partía manojos de centinodia  y  los echaba  a  la  poción—. Dobby vino en mitad  de  la noche a hacerme  una visita.

Ron y  Hermione levantaron  la mirada,  sorprendidos.  Harry  les contó  todo  lo que Dobby  le  había dicho... y  lo que no  le  había  querido  decir.  Ron  y  Hermione lo  escucharon  con la  boca abierta.

—¿La Cámara  de  los Secretos ya  fue  abierta antes?  —le  preguntó Hermione.

—Es evidente  —dijo Ron con voz  de  triunfo—. Lucius Malfoy  abriría la cámara en sus tiempos de estudiante  y  ahora le  ha  explicado  a  su  querido Draco  cómo  hacerlo.  Está claro.  Sin  embargo,  me  gustaría  que  Dobby  te hubiera  dicho  qué monstruo  hay  en ella. Me  gustaría saber cómo  es  posible que nadie se lo haya  encontrado merodeando por  el  colegio.

—Quizá  pueda  volverse  invisible —dijo Hermione, empujando unas sanguijuelas hacia  el  fondo del caldero—. O quizá  pueda  disfrazarse,  hacerse pasar por  una armadura o  algo  así. He leído  algo  sobre  fantasmas camaleónicos...

—Lees  demasiado,  Hermione  —le  dijo  Ron,  echando  crisopos  encima de las  sanguijuelas. Arrugó  la  bolsa  vacía  de  los crisopos y  miró  a  Harry—. Así que fue Dobby  el  que  no  nos  dejó  coger  el  tren y  el  que te rompió el  brazo...  — Movió  la cabeza—.  ¿Sabes qué,  Harry?  Si  no deja  de intentar salvarte la  vida, te va a matar.

La  noticia  de  que  habían  atacado a  Colin Creevey  y  de  que  éste yacía  como muerto  en la  enfermería se  extendió por todo el  colegio durante la  mañana  del lunes. El  ambiente se  llenó  de  rumores  y  sospechas.  Los  de  primer  curso  se desplazaban por el  castillo en  grupos muy  compactos, como  si  temieran  que los  atacaran si iban solos.

Ginny  Weasley,  que  se sentaba  junto a  Colin  Creevey  en  la  clase  de Encantamientos, estaba  consternada,  pero  a  Harry  le  parecía  que  Fred  y George  se equivocaban en  la  manera de animarla.  Se  turnaban para esconderse  detrás  de las estatuas, disfrazados con una piel, y  asustarla  cuando  pasaba.  Pero  tuvieron  que parar cuando Percy  se  hartó y  les dijo  que  iba  a escribir a su madre  para contarle que  por su culpa Ginny  tenía pesadillas.

Mientras  tanto,  a  escondidas  de  los  profesores,  se  desarrollaba  en  el colegio un mercado de talismanes,  amuletos  y  otros chismes  protectores. Neville Longbottom  había  comprado  una  gran  cebolla  verde,  cuyo  olor  decían que  alejaba  el  mal,  un cristal púrpura acabado en  punta  y  una  cola  podrida de tritón antes  de  que  los demás chicos  de  Gryffindor  le  explicaran  que  él  no  corría peligro,  porque  tenía  la  sangre limpia  y  por  tanto no  era  probable  que  lo atacaran.

—Fueron  primero por Filch —dijo Neville, con el  miedo  escrito  en su  cara redonda—, y  todo  el  mundo  sabe  que  yo  soy  casi  un  squib.

Durante la  segunda semana  de  diciembre,  la  profesora  McGonagall  pasó, como  de costumbre, a recoger los nombres de los que  se quedarían  en el colegio en  Navidades. Harry,  Ron y  Hermione  firmaron  en  la  lista;  habían  oído que  Malfoy  se  quedaba, lo cual  les pareció  muy  sospechoso.  Las  vacaciones serían  un momento  perfecto para utilizar  la  poción  multijugos  e intentar sonsacarle  una  confesión.

Por desgracia,  la  poción estaba  a medio acabar.  Aún  necesitaban  el cuerno de bicornio y  la  piel  de serpiente arbórea  africana, y  el  único  lugar del que  podrían sacarlos  era  el  armario privado  de  Snape. A  Harry  le  parecía  que preferiría  enfrentarse al monstruo  legendario  de  Slytherin  a  tener  que  soportar las  iras de Snape si lo pillaba robándole en  el  despacho.

—Lo  que tenemos  que hacer  —dijo  animadamente  Hermione, cuando se acercaba la  doble  clase  de  Pociones  de la  tarde  del  jueves— es distraerle  con algo.  Entonces  uno  de  nosotros  podrá entrar en  el despacho  de  Snape  y  coger lo  que  necesitamos. —Harry  y  Ron  la  miraron nerviosos—. Creo  que  es  mejor que me  encargue  yo  misma del robo    —continué Hermione, como  si  tal  cosa— .  A  vosotros dos os expulsarían si os pillaran en otra, mientras que  yo  tengo el expediente  limpio.  Así  que  no  tenéis más que originar  un  tumulto lo  suficientemente  importante para mantener ocupado a Snape unos  cinco minutos.

Harry  sonrió  tímidamente.  Provocar  un tumulto en  la clase de  Pociones  de Snape era  tan arriesgado  como  pegarle  un puñetazo  en el  ojo  a  un dragón dormido.

Las  clases de  Pociones se  impartían  en  una  de  las mazmorras más espaciosas.  Aquella tarde de  jueves,  la  clase se desarrollaba  como  siempre. Veinte  calderos  humeaban  entre  los pupitres  de madera,  en  los que descansaban balanzas  de  latón  y  jarras  con  los ingredientes.  Snape  rondaba por  entre  los  fuegos,  haciendo comentarios envenenados sobre  el  trabajo de los  de  Gryffindor,  mientras  los  de Slytherin  se reían a  cada crítica.  Draco Malfoy, que era el  alumno  favorito  de  Snape,  hacia  burla  con  los  ojos  a  Ron  y Harry, que sabían  que  si le  contestaban  tardarían  en  ser  castigados  menos  de lo  que se tarda en  decir «injusto».

A  Harry  la  pócima  infladora le  salía demasiado  líquida,  pero  en  aquel momento le preocupaban  otras  cosas más  importantes. Aguardaba  una  seña de  Hermione, y  apenas prestó atención  cuando Snape  se  detuvo  a  mirar con desprecio  su  poción  agnada. Cuando  Snape  se  volvió  y  se  fue  a  ridiculizar  a Neville, Hermione  captó la  mirada  de  Harry;  y  le  hizo  con  la  cabeza  un  gesto afirmativo.

Harry  se  agachó  rápidamente  y  se escondió detrás  de  su caldero, se  sacó de  un bolsillo  una de  las bengalas del doctor Filibuster que tenía  Fred,  y  le dio un  golpe  con  la varita. La  bengala se  puso  a  silbar y  echar  chispas.  Sabiendo que  sólo  contaba  con  unos segundos,  Harry  se levantó, apuntó  y  la  lanzó al aire. La  bengala  aterrizó  dentro  del  caldero  de  Goyle.

La  poción  de  Goyle  estalló,  rociando a  toda  la  clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la  pócima  infladora. A  Malfoy  le  salpicó  en  toda  la  cara, y la  nariz  se  le empezó  a hinchar como  un  balón;  Goyle  andaba a  ciegas tapándose  los  ojos  con  las  manos,  que se le pusieron  del  tamaño de platos soperos, mientras  Snape  trataba de  restablecer la calma y  de  entender  qué había sucedido.  Harry  vio a Hermione aprovechar la  confusión  para  salir discretamente  por  la  puerta.

—¡Silencio!  ¡SILENCIO!  —gritaba Snape—. Los que hayan sido  salpicados por la  poción, que vengan  aquí  para  ser curados. Y  cuando averigüe  quién  ha hecho esto...

Harry  intentó contener la risa  cuando vio a Malfoy  apresurarse hacia  la mesa  del profesor, con la  cabeza  caída a causa del peso  de la  nariz, que había llegado a alcanzar el  tamaño de  un pequeño melón.  Mientras  la  mitad  de  la clase se apiñaba en  torno a la  mesa de  Snape,  unos  quejándose  de  sus  brazos del tamaño  de grandes garrotes, y  otros sin  poder  hablar debido  a la  hinchazón de  sus  labios, Harry  vio que  Hermione  volvía a  entrar  en  la mazmorra, con  un bulto debajo de  la  túnica.

Cuando todo el  mundo se hubo  tomado  un trago  de antídoto  y  las  diversas hinchazones remitieron, Snape  se  fue hasta  el  caldero  de  Goyle  y  extrajo los restos negros y  retorcidos de la bengala. Se  produjo un  silencio repentino.

—Si  averiguo quién  ha arrojado esto  —susurró Snape—, me  aseguraré de que lo expulsen.

Harry  puso  una  cara  que  esperaba  que  fuera  de perplejidad.  Snape  lo miraba  a  él,  y  la  campana que sonó al  cabo de  diez  minutos no pudo ser  mejor bienvenida.

—Sabe  que  fui yo  —dijo  Harry  a Ron y  Hermione, mientras iban deprisa a los  aseos de Myrtle  la  Llorona—. Podría  jurarlo.

Hermione  echó al  caldero los nuevos ingredientes y  removió con brío.

—Estará lista  dentro de dos  semanas —dijo contenta.

—Snape  no  tiene  ninguna  prueba de  que  hayas sido  tú —dijo Ron a Harry, tranquilizándolo—.  ¿Qué puede hacer?

—Conociendo  a Snape, algo  terrible  —dijo Harry,  mientras  la  poción levantaba  borbotones y  espuma.

Una  semana más tarde,  Harry,  Ron y  Hermione  cruzaban  el  vestíbulo  cuando vieron a  un  puñado de  gente  que  se agolpaba  delante del  tablón  de  anuncios para  leer un  pergamino  que  acababan de  colgar.  Seamus  Finnigan y  Dean Thomas  les  hacían  señas,  entusiasmados.

—¡Van  a  abrir  un  club  de duelo!  —dijo Seamus—. ¡La primera  sesión  será esta  noche!  No  me  importaría recibir unas clases  de  duelo,  podrían  ser  útiles en  estos  días...

—¿Por  qué?  ¿Acaso piensas que se va  a  batir  el  monstruo  de  Slytherin? —preguntó Ron,  pero lo  cierto es que también él  leía con interés  el  cartel.

—Podría  ser útil  —les  dijo  a  Harry  y  Hermione  cuando se  dirigían  a cenar—.  ¿Vamos?

Harry  y  Hermione  se mostraron completamente  a favor, así  que  aquella noche,  a las  ocho,  se  dirigieron  deprisa al  Gran  Comedor. Las grandes mesas de  comedor  habían  desaparecido, y  adosada a  lo largo  de una  de las paredes había una tarima dorada,  iluminada por miles de  velas  que  flotaban  en  el  aire. El  techo  volvía  a  ser negro, y  la mayor parte de  los alumnos parecían haberse reunido  debajo de  él,  portando sus varitas mágicas  y  aparentemente  entusiasmados.

Me  pregunto quién nos enseñará  —dijo  Hermione, mientras  se internaban  en la  alborotada  multitud—.  Alguien me  ha  dicho que Flitwick fue campeón  de  duelo cuando  era joven,  quizá sea  él.

—Con  tal  de  que no sea...  —Harry  empezó  una  frase  que  terminó en  un gemido:  Gilderoy  Lockhart se  encaminaba  a  la  tarima, resplandeciente  en  su túnica  color  ciruela oscuro,  y  lo acompañaba nada  menos que  Snape,  con  su usual túnica  negra.

Lockhart rogó silencio  con un  gesto  del brazo y  dijo:

—¡Venid aquí,  acercaos!  ¿Me  ve  todo  el  mundo? ¿Me  oís todos? ¡Estupendo!  El  profesor  Dumbledore  me  ha  concedido  permiso para abrir este modesto  club  de  duelo,  con la intención  de prepararos a  todos  vosotros por si algún  día necesitáis  defenderos tal como  me  ha  pasado  a  mí  en  incontables ocasiones  (para más detalles,  consultad mis obras).

»Permitidme  que os  presente a  mi  ayudante, el  profesor Snape  —dijo Lockhart,  con una  amplia  sonrisa—.  Él  dice  que  sabe  un  poquito sobre  el arte de  batirse, y  ha  accedido desinteresadamente a  ayudarme  en  una  pequeña demostración  antes de  empezar.  Pero  no quiero  que  os  preocupéis  los más jóvenes:  no  os quedaréis sin profesor de  Pociones después de  esta demostración,  ¡no  temáis!

—¿No estaría  bien que se  mataran el  uno al  otro? —susurró  Ron  a Harry al  oído.

En  el  labio  superior de  Snape  se apreciaba una especie  de  mueca  de desprecio.  Harry  se preguntaba  por qué Lockhart  continuaba sonriendo;  si Snape  lo  hubiera  mirado como  miraba  a Lockhart,  habría huido a todo  correr en la  dirección  opuesta.

Lockhart  y  Snape  se  encararon  y  se hicieron una reverencia. O,  por lo menos,  la  hizo  Lockhart,  con  mucha floritura de  la  mano,  mientras Snape movía la  cabeza  de mal humor. Luego  alzaron  sus  varitas  mágicas  frente  a  ellos, como  si  fueran  espadas.

—Como  veis,  sostenemos  nuestras  varitas en la posición  de  combate convencional  —explicó  Lockhart  a  la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer  embrujo. Pero  claro  está  que  ninguno  de  los  dos  tiene intención de  matar.

—Yo  no  estaría  tan seguro  —susurró Harry, viendo  a  Snape  enseñar  los dientes.

—Una..., dos...  y  tres.

Ambos alzaron  las varitas y  las  dirigieron  a  los  hombros  del  contrincante. Snape gritó:

—¡Expelliarmus!

Resplandeció  un destello de luz  roja,  y  Lockhart  despegó  en  el  aire, voló hacia  atrás, salió  de  la  tarima, pegó  contra  el  muro  y  cayó  resbalando  por  él hasta  quedar  tendido en el suelo.

Malfoy  y  algunos  otros  de  Slytherin  vitorearon. Hermione se puso de puntillas.

—¿Creéis  que  estará bien? —chilló  por entre  los dedos con que se tapaba la  cara.

—¿A quién le preocupa? —dijeron  Harry  y  Ron al mismo tiempo.

Lockhart se puso  de pie con esfuerzo. Se  le  había caído  el  sombrero  y  su pelo ondulado se le  había puesto  de  punta.

—¡Bueno, ya  lo  habéis visto!  —dijo, tambaleándose  al volver a  la  tarima—. Eso ha  sido  un  encantamiento de  desarme;  como podéis ver,  he  perdido  la varita...  ¡Ah,  gracias, señorita Brown!  Sí, profesor  Snape,  ha  sido  una  excelente idea enseñarlo  a los alumnos, pero  si  no  le  importa  que  se  lo  diga, era  muy evidente  que  iba a  atacar  de  esa  manera. Si  hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy  fácil.  Pero  pensé  que  sería  instructivo  dejarles  que vieran...

Snape parecía  dispuesto a matarlo, y  quizá  Lockhart lo notara,  porque  dijo:

—¡Basta de  demostración!  Vamos a  colocaros por parejas.  Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...

Se  metieron  entre  la  multitud  a  formar parejas. Lockhart  puso a Neville con Justin  Finch-Fletchley,  pero Snape llegó primero hasta donde  estaban Ron y Harry

—Ya es hora de  separar  a este equipo  ideal,  creo  —dijo  con  expresión desdeñosa—.  Weasley,  puedes emparejarte  con Finnigan. Potter...

Harry  se acercó automáticamente  a Hermione.

—Me parece que no  —dijo Snape, sonriendo con  frialdad—.  Señor  Malfoy, aquí.  Veamos qué puedes hacer con el  famoso  Potter.  La  señorita  Granger  que se ponga con  Bulstrode.

Malfoy  se  acercó pavoneándose y  sonriendo. Detrás de  él  iba  una  chica  de Slytherin  que le  recordó  a  Harry  una  foto  que  había  visto  en  Vacaciones con las brujas. Era alta y  robusta,  y  su  poderosa  mandíbula  sobresalía  agresivamente. Hermione  la saludó con  una débil sonrisa que la otra no le  devolvió.

—¡Poneos  frente  a vuestros  contrincantes  —dijo Lockhart,  de  nuevo sobre la  tarima— y  haced una inclinación!

Harry  y  Malfoy  apenas bajaron  la  cabeza,  mirándose fijamente.

—¡Varitas listas!  —gritó  Lockhart—. Cuando cuente  hasta  tres,  ejecutad vuestros  hechizos para desarmar al  oponente.  Sólo  para  desarmarlo;  no queremos  que haya  ningún accidente.  Una, dos y...  tres.

Harry  apuntó  la  varita hacia  los hombros de  Malfoy, pero  éste  ya  había empezado  a  la  de  dos.  Su  conjuro le  hizo  el  mismo  efecto que  si le  hubieran golpeado en la  cabeza  con una  sartén.  Harry  se  tambaleó pero  aguantó, y  sin perder tiempo,  dirigió contra Malfoy  su varita,  diciendo:

—¡Rictusempra!

Un  chorro  de  luz  plateada  alcanzó  a Malfoy  en  el  estómago, y  el  chico  se retorció, respirando  con  dificultad.

—¡He  dicho  sólo  desarmarse! —gritó  Lockhart a  la  combativa multitud cuando  Malfoy  cayó  de  rodillas; Harry  lo  había atacado  con  un  encantamiento de  cosquillas,  y  apenas  se  podía mover de la  risa.  Harry  no volvió a atacar,  porque le  parecía  que no  era  deportivo hacerle  a Malfoy  más  encantamientos mientras  estaba  en  el suelo, pero fue un  error.  Tomando  aire,  Malfoy  apuntó la varita  a  las rodillas de  Harry,  y  dijo  con voz  ahogada:

—¡Tarantallegra!

Un  segundo  después, a  Harry  las piernas se  le  empezaron  a  mover  a saltos,  fuera  de  control,  como  si  bailaran un  baile velocísimo.

—¡Alto!,  ¡alto!  —gritó  Lockhart,  pero Snape se hizo  cargo  de  la situación.

—¡Finite  incantatem!  —gritó. Los  pies de Harry  dejaron  de  bailar,  Malfoy dejó de reír y  ambos pudieron  levantar la vista.

Una  niebla de humo  verdoso  se  cernía  sobre  la  sala. Tanto  Neville  como Justin  estaban  tendidos  en  el suelo, jadeando;  Ron sostenía a Seamus,  que estaba  lívido,  y  le pedía  disculpas por los efectos de su varita rota;  pero Hermione  y  Millicent Bulstrode  no  se  habían  detenido:  Millicent  tenía  a Hermione  agarrada  del cuello  y  la  hacía gemir de  dolor. Las  varitas  de  las  dos estaban  en  el suelo. Harry  se acercó de  un salto  y  apartó a Millicent.  Fue difícil, porque era  mucho más robusta que él.

—Muchachos,  muchachos...  —decía  Lockhart,  pasando  por entre los estudiantes,  examinando las consecuencias de  los duelos—.  Levántate, Macmillan...,  con  cuidado, señorita  Fawcett...,  pellízcalo con fuerza,  Boot, y dejará  de  sangrar  enseguida...

»Creo  que  será  mejor que os enseñe a interceptar los hechizos  indeseados —dijo  Lockhart,  que  se había quedado  quieto, con  aire azorado,  en  medio  del comedor. Miró a Snape y  al  ver  que le  brillaban los ojos, apartó  la  vista de inmediato—. Necesito un par de  voluntarios... Longbottom  y  Finch-Fletchley, ¿qué  tal  vosotros?

—Mala  idea,  profesor Lockhart  —dijo Snape,  deslizándose  como  un murciélago  grande  y  malévolo—. Longbottom  provoca catástrofes con los hechizos  más  simples,  tendríamos que enviar a Finch-Fletchley  a la  enfermería en  una  caja de  cerillas. —La  cara sonrosada  de Neville se puso  de un  rosa aún más  intenso—.  ¿Qué  tal  Malfoy  y  Potter?  —dijo Snape con  una sonrisa malvada.

—¡Excelente idea!  —dijo Lockhart,  haciéndoles un gesto para  que  se acercaran  al  centro del Salón, al  mismo tiempo  que la  multitud  se apartaba para dejarles sitio—. Veamos, Harry  —dijo Lockhart—, cuando Draco te  apunte con  la  varita, tienes que hacer  esto.

Levantó  la  varita,  intentó un complicado  movimiento, y  se le  cayó  al suelo. Snape sonrió  y  Lockhart  se apresuró a recogerla, diciendo:

—¡Vaya, mi  varita está un  poco nerviosa!

Snape se  acercó  a Malfoy,  se  inclinó  y  le  susurró  algo  al  oído.  Malfoy también sonrió.  Harry  miró asustado a Lockhart  y  le  dijo:

—Profesor,  ¿me  podría explicar de  nuevo cómo  se  hace eso  de interceptar?

—¿Asustado? —murmuró Malfoy,  de  forma que  Lockhart  no  pudiera oírle.

—Eso  quisieras tú  —le  dijo  Harry  torciendo  la  boca.

Lockhart dio una palmada  amistosa a Harry  en  el  hombro.

—¡Simplemente, hazlo  como  yo,  Harry!

—¿El  qué?,  ¿dejar caer la  varita? 

Pero  Lockhart no le  escuchaba.

—Tres, dos, uno,  ¡ya!  —gritó. Malfoy  levantó rápidamente la varita  y  bramó:

—¡Serpensortia!

Hubo un  estallido  en  el  extremo de  su  varita.  Harry  vio,  aterrorizado, que de  ella  salía  una  larga  serpiente  negra,  caía  al  suelo entre los dos y  se erguía, lista  para  atacar.  Todos se echaron  atrás  gritando  y  despejaron el  lugar  en  un segundo.

—No  te  muevas, Potter —dijo Snape sin hacer  nada,  disfrutando claramente  de la  visión de  Harry,  que se  había  quedado  inmóvil,  mirando  a  los ojos a la furiosa serpiente—.  Me  encargaré de ella...

—¡Permitidme!  —gritó  Lockhart.  Blandió su varita apuntando a la  serpiente y  se oyó un  disparo:  la  serpiente,  en  vez  de desvanecerse, se  elevó en  el  aire unos tres  metros y  volvió  a  caer  al  suelo  con  un  chasquido.  Furiosa,  silbando de  enojo, se  deslizó  derecha  hacia  Finch-Fletchley  y  se  irguió  de  nuevo, enseñando los  colmillos venenosos.

Harry  no  supo por qué  lo  hizo, ni  siquiera  fue consciente  de ello.  Sólo percibió  que  las  piernas lo  impulsaban  hacia delante como  si fuera sobre ruedas  y  que  gritaba  absurdamente  a  la serpiente: «¡Déjale!»  Y  milagrosa e inexplicablemente,  la serpiente bajó al suelo,  tan inofensiva  como  una gruesa manguera negra de  jardín, y  volvió  los ojos a Harry.  A  éste se  le  pasó  el  miedo. Sabía  que la serpiente ya  no atacaría  a nadie,  aunque  no  habría  podido explicar  por qué  lo  sabía.

Sonriendo,  miró  a  Justin, esperando  verlo aliviado, o  confuso, o agradecido,  pero  ciertamente  no  enojado  y  asustado.

—¿A  qué crees que jugamos?  —gritó,  y  antes de  que  Harry  pudiera contestar,  se había  dado  la  vuelta  y  abandonaba el salón.

Snape se acercó, blandió  la  varita y  la  serpiente  desapareció  en  una pequeña  nube  de  humo  negro. También Snape  miraba  a Harry  de una manera rara;  era  una mirada astuta y  calculadora  que  a  Harry  no  le  gustó. Fue vagamente  consciente  de  que  a su alrededor se  oían  unos  inquietantes  murmullos. A  continuación,  sintió  que  alguien le  tiraba de  la  túnica por detrás.

—Vamos  —le  dijo  Ron al oído—.  Vamos...

Ron lo  sacó  del salón, y  Hermione  fue con  ellos.  Al  atravesar  las  puertas, los  estudiantes  se  apartaban como  si  les diera miedo contagiarse. Harry  no tenía  ni  idea  de lo  que pasaba, y  ni  Ron  ni  Hermione  le explicaron  nada hasta llegar  a  la  sala común de Gryffindor,  que  estaba  vacía. Entonces  Ron  sentó a Harry  en  una butaca y  le  dijo:

Hablas  pársel.  ¿Por qué no nos lo  habías dicho?

—¿Que hablo qué? —dijo Harry.

—¡Pársel!  —dijo Ron—.  ¡Puedes hablar  con las serpientes!

—Lo  sé  —dijo Harry—.  Quiero decir,  que ésta  es  la  segunda  vez  que  lo hago. Una  vez,  accidentalmente, le eché  una  boa  constrictor a  mi  primo  Dudley en  el zoo...  Es  una  larga historia...  pero  ella  me  estaba diciendo  que  no  había estado  nunca  en  Brasil,  y  yo  la liberé  sin  proponérmelo. Fue  antes de  saber que era un mago...

—¿Entendiste que  una boa constrictor te  decía que no  había estado nunca en  Brasil?  —repitió  Ron  con  voz  débil.

—¿Y  qué? —preguntó  Harry—. Apuesto a  que  pueden  hacerlo  montones de  personas.

—Desde luego que no —dijo Ron—.  No  es un don  muy  frecuente.  Harry, eso  no  es bueno.

—¿Que  no  es  bueno? —dijo Harry,  comenzando a enfadarse—. ¿Qué  le pasa a todo el  mundo? Mira,  si no  le hubiera dicho  a  esa  serpiente  que  no atacara a Justin...

—¿Eso es lo que le dijiste?

—¿Qué pasa?  Tú estabas allí...  Tú me  oíste.

—Hablaste  en  lengua  pársel  —le  dijo Ron—,  la  lengua de  las serpientes. Podías  haber  dicho  cualquier  cosa.  No  te  sorprenda que Justin se asustara, parecía  como  si  estuvieras incitando a la  serpiente, o algo así. Fue escalofriante.

Harry  se quedó  con la boca  abierta.

—¿Hablé en otra lengua?  Pero  no  comprendo...  ¿Cómo  puedo  hablar  en una lengua sin  saber que la conozco?

Ron  negó con  la  cabeza.  Por  la  cara que ponían  tanto él  como  Hermione, parecía  como  si acabara de morir  alguien. Harry  no  alcanzaba  a  comprender qué era tan terrible.

—¿Me  quieres decir qué hay  de  malo  en impedir que  una serpiente grande y  asquerosa  arranque  a  Justin  la cabeza  de  un mordisco?  —preguntó—. ¿Qué importa  cómo  lo  hice  si  evité  que  Justin  tuviera que  ingresar en el  Club de Cazadores Sin  Cabeza?

—Sí  importa —dijo Hermione,  hablando  por fin,  en  un  susurro—, porque Salazar Slytherin  era famoso  por su capacidad de hablar con  las  serpientes. Por eso  el  símbolo de  la  casa de  Slytherin es una serpiente.

Harry  se quedó  boquiabierto.

—Exactamente  —dijo Ron—.  Y  ahora  todo  el  colegio  va a  pensar  que  tú eres  su  tatara-tatara-tatara-tataranieto o algo  así.

—Pero  no  lo soy  —dijo Harry,  sintiendo  un  inexplicable  terror.

—Te costará mucho demostrarlo —dijo Hermione—. Él  vivió hace  unos  mil años, así que  bien  podrías  serlo.

Aquella noche, Harry  pasó  varias  horas  despierto. Por una  abertura en  las colgaduras de su cama, veía que  la  nieve  comenzaba  a  amontonarse  al  otro lado de la  ventana  de  la torre, y  meditaba.

¿Era posible que fuera un descendiente de  Salazar Slytherin? Al  fin  y  al cabo, no sabía nada sobre la  familia de  su padre. Los  Dursley  nunca  le  habían permitido  hacerles  preguntas sobre sus familiares  magos.

En  voz  baja,  trató de  decir algo  en  lengua  pársel, pero no  encontró las palabras.  Parecía que  era requisito imprescindible  estar  delante  de  una serpiente.

«Pero estoy  en  Gryffindor —pensó Harry—.  El  Sombrero  Seleccionador  no me habría puesto en  esta  casa si tuviera  sangre de  Slytherin...»

«¡Ah!  —dijo  en  su cerebro una voz  horrible—, pero el  Sombrero Seleccionador  te quería enviar  a  Slytherin,  ¿lo recuerdas?»

Harry  se volvió. Al  día siguiente vería a  Justin  en clase  de Herbología  y  le explicaría  que  le  había pedido  a  la  serpiente  que  se apartara  de  él, no  que  lo atacara, algo  (pensó enfadado, dando  puñetazos a  la  almohada)  de  lo  que cualquier idiota se habría  dado cuenta.

A  la mañana siguiente,  sin  embargo, la nevada  que había  empezado  a  caer  por la  noche  se había  transformado  en una tormenta  de  nieve  tan  recia  que  se suspendió la  última  clase  de  Herbología del trimestre.  La  profesora  Sprout quiso tapar las mandrágoras con  pañuelos y  calcetines, una  operación  delicada que no  habría  confiado a  nadie más,  puesto  que  el  crecimiento  de  las mandrágoras se  había convertido en  algo tan importante para  revivir  a la Señora Norris  y  a Colin  Creevey.

Harry  le  daba  vueltas a aquello,  sentado junto  a  la  chimenea, en la  sala común  de  Gryffindor,  mientras  Ron y  Hermione aprovechaban el  hueco dejado por  la  clase de  Herbología para echar una partida  al ajedrez  mágico.

—¡Por Dios,  Harry!  —dijo Hermione,  exasperada, mientras uno  de  los alfiles  de  Ron  tiraba  al  suelo  al  caballero de  uno  de sus caballos y  lo  sacaba a rastras del   tablero—.  Si  es  tan  importante  para ti,  ve a buscar a Justin.

De  forma que Harry  se levantó y  salió  por el  retrato,  preguntándose  dónde estaría Justin.

El  castillo  estaba más oscuro de lo  normal en pleno  día,  a  causa de  la nieve  espesa  y  gris que se arremolinaba en todas  las ventanas.  Tiritando,  Harry pasó por las aulas en  que estaban haciendo clase, vislumbrando  algunas  escenas  de  lo que ocurría  dentro. La profesora McGonagall  gritaba  a  un  alumno que,  a  juzgar por  lo  que se  oía, había  convertido  a su compañero en  un  tejón. Aguantándose  las ganas  de  echar un  vistazo, Harry  siguió  su  camino, pensando que  Justin  podría  estar  aprovechando su hora  libre  para  hacer alguna  tarea pendiente,  y  decidió  mirar antes que  nada  en  la biblioteca.

Efectivamente,  algunos de  los de  Hufflepuff  que tenían clase de Herbología estaban en  la  parte  de  atrás  de  la  biblioteca, pero no  parecía que  estudiasen. Entre  las  largas filas  de  estantes, Harry  podía verlos con las cabezas casi pegadas unos a otros, en  lo  que parecía una absorbente conversación.  No podía distinguir si  entre  ellos se  encontraba  Justin.  Se  les  estaba  acercando cuando consiguió  entender  algo de  lo  que  decían,  y  se  detuvo a  escuchar, oculto tras  la  sección  de  «Invisibilidad».

—Así  que —decía  un  muchacho  corpulento—  le  dije  a  Justin  que  se ocultara en  nuestro dormitorio.  Quiero  decir  que si  Potter lo  ha  señalado  como su próxima víctima, es mejor que se deje ver  poco durante una temporada.  Por supuesto,  Justin  se  temía  que  algo así  pudiera ocurrir  desde  que se le  escapó decirle  a  Potter  que era  de familia  muggle.  Lo  que  Justin le  dijo  exactamente es que  le  habían  reservado  plaza en  Eton. No  es el  mejor  comentario  que  se  le puede hacer al heredero  de  Slytherin,  ¿verdad?

—¿Entonces  estás convencido  de  que es  Potter, Ernie?  —preguntó asustada una  chica rubia con  coletas.

—Hannah  —le  dijo  solemnemente  el  chico robusto—, sabe  hablar  pársel. Todo  el  mundo sabe  que  ésa  es la  marca de  un  mago  tenebroso. ¿Sabes de alguien  honrado  que  pueda  hablar  con las  serpientes? Al  mismo Slytherin lo llamaban «lengua  de  serpiente».

Esto provocó densos  murmullos. Ernie  prosiguió:

—¿Recordáis lo que  apareció  escrito en la pared?  «Temed,  enemigos del heredero.»  Potter  estaba  enemistado  con  Filch. A  continuación, el gato  de Filch resulta agredido.  Ese  chaval  de  primero,  Creevey,  molestó  a  Potter  en  el partido de  quidditch,  sacándole  fotos  mientras estaba  tendido en  el barro.  Y entonces aparece Creevey  petrificado.

—Pero  —repuso  Hannah,  vacilando— parece  tan  majo... y,  bueno,  fue  él quien  hizo  desaparecer  a Quien-vosotros-sabéis. No  puede ser  tan  malo,  ¿no creéis?

Ernie  bajó  la  voz  para  adoptar un tono  misterioso.  Los de Hufflepuff  se inclinaron  y  se juntaron  más unos a otros, y  Harry  tuvo que  acercarse  más para oírlas  palabras de Ernie.

—Nadie  sabe cómo pudo  sobrevivir  al  ataque  de  Quien-vosotros-sabéis. Quiero decir que era tan  sólo  un niño  cuando ocurrió, y  tendría  que  haber saltado  en pedazos. Sólo  un  mago  tenebroso  con  mucho poder  podría sobrevivir  a una maldición como  ésa. —Bajó la  voz  hasta que no  fue más que un  susurro,  y  prosiguió—: Por eso seguramente es  por  lo  que  Quien-vosotrossabéis quería matarlo antes que a  nadie.  No  quería  tener  a  otro  Señor Tenebroso que le hiciera la  competencia. Me  pregunto  qué  otros poderes oculta Potter.

Harry  no  pudo aguantar más y  salió  de  detrás  de  la  estantería, carraspeando  sonoramente.  De  no  estar tan  enojado,  le  habría parecido divertida la forma  en  que  lo  recibieron:  todos  parecían  petrificados  por su  sola visión, y  Ernie se puso  pálido.

—Hola —dijo Harry—.  Busco a Justin Finch-Fletchley.

Los  peores  temores  de  los  de  Hufflepuff  se  vieron  así confirmados.  Todos miraron  atemorizados a  Ernie.

—¿Para qué lo buscas? —le  preguntó  Ernie, con voz  trémula. —Quería explicarle lo  que  sucedió realmente  con la  serpiente en  el  club  de duelo  —dijo  Harry.

Ernie se mordió  los labios  y  luego,  respirando hondo, dijo:

—Todos  estábamos allí.  Vimos  lo  que  sucedió.

—Entonces  te  darías  cuenta  de  que, después de  lo que le  dije,  la  serpiente retrocedió  —le dijo  Harry.

—Yo  sólo me  di  cuenta —dijo Ernie  tozudamente, aunque temblaba  al hablar— de  que  hablaste  en  lengua  pársel  y  le echaste  la  serpiente a Justin.

—¡Yo  no  se la eché!  —dijo Harry,  con la voz  temblorosa  por  el  enojo—.  ¡Ni siquiera  lo  tocó!

—Le  anduvo  muy  cerca  —dijo  Ernie—. Y  por si  te  entran  dudas  —añadió apresuradamente—,  he de  decirte  que  puedes rastrear  mis antepasados hasta nueve  generaciones de  brujas  y  brujos  y  no  encontrarás una  gota  de  sangre muggle, así  que...

—¡No  me  preocupa  qué tipo  de  sangre tengas!  —dijo  Harry  con  dureza—. ¿Por  qué  tendría  que  atacar  a  los  de  familia  muggle?

—He  oído  que odias a esos  muggles  con  los que  vives —dijo  Ernie apresuradamente.

—No  es  posible  vivir  con los Dursley  sin odiarlos —dijo Harry—.  Me gustaría  que lo intentaras.

Dio media vuelta  y  salió de  la  biblioteca,  provocando  una  mirada reprobatoria  de la  señora Pince, que  estaba  sacando  brillo  a  la  cubierta  dorada de  un  gran  libro  de  hechizos.  Furioso como  estaba, iba  dando  traspiés  por el corredor, sin ser  consciente de adónde iba. Y  al  fin  se  dio  de  bruces  contra  una mole  grande y  dura que  lo  tiró al  suelo de  espaldas.

—¡Ah, hola,  Hagrid!  —dijo Harry,  levantando la vista.

Aunque  llevaba la  cara completamente tapada por  un  pasamontañas  de lana cubierto  de  nieve,  no podía  tratarse de  nadie  más  que  Hagrid,  pues ocupaba  casi  todo el  ancho del corredor con  su abrigo  de piel  de topo.  En  una de  sus  grandes  manos enguantadas llevaba un gallo muerto.

—¿Va  todo bien,  Harry? —preguntó Hagrid,  quitándose  el  pasamontañas para poder  hablar—.  ¿Por qué no estás en clase?

—La  han  suspendido  —contestó  Harry, levantándose—. ¿Y  tú,  qué  haces aquí?

Hagrid  levantó el  gallo sin vida.

—El  segundo  que matan  este trimestre —explicó—. O  son zorros o chupasangres, y  necesito  el  permiso del director para  poner  un  encantamiento alrededor del  gallinero.

Miró  a Harry  más de  cerca por debajo de  sus  cejas  espesas,  cubiertas  de nieve.

—¿Estás  seguro de  que  te  encuentras bien? Pareces preocupado y alterado.

Harry  no pudo repetir lo que  decían  de  él  Ernie y  el  resto de  los de Hufflepuff.

—No  es nada —repuso—. Mejor será que  me  vaya,  Hagrid,  después  tengo Transformaciones  y  debo recoger los libros.

Se  fue con  la  mente cargada con  todo  lo que  había dicho Ernie sobre él:

«Justin  se temía  que algo  así pudiera  ocurrir desde que  se le  escapó decirle  a Potter que  era de familia  muggle...»

Harry  subió las escaleras y  volvió  por otro  corredor.  Estaba  mucho  más oscuro,  porque  el viento fuerte y  helado que penetraba  por el cristal  flojo  de  una ventana  había  apagado  las  antorchas.  Iba por la  mitad del corredor cuando  tropezó  y  cayó  de  cabeza  contra  algo  que había  en  el suelo.

Se  volvió y  afinó la vista  para ver  qué era  aquello  sobre  lo  que  había  caído, y  sintió que el mundo le  venía encima.

Sobre el suelo, rígido  y  frío,  con una  mirada  de  horror en el  rostro  y  los ojos en  blanco  vueltos  hacia  el  techo, yacía Justin  Finch-Fletchley.  Y  eso  no  era todo.  A  su lado  había otra  figura, componiendo  la visión más extraña  que  Harry hubiera  contemplado  nunca.

Se  trataba  de Nick Casi  Decapitado,  que no
era  ya  transparente  ni  de  color blanco  perlado, sino  negro  y  neblinoso,  y  flotaba inmóvil,  en  posición horizontal, a  un  palmo  del suelo.  La  cabeza  estaba  medio colgando,  y  en  la cara  tenía una expresión  de  horror idéntica  a  la  de  Justin.

Harry  se  puso  de pie, con  la respiración acelerada  y  el  corazón  ejecutando contra  sus costillas lo  que parecía un  redoble de  tambor. Miró  enloquecido arriba y  abajo del  corredor desierto  y  vio  una  hilera  de  arañas huyendo  de  los cuerpos a  todo correr.  Lo  único que se  oía eran  las  voces amortiguadas de  los profesores que daban clase a ambos  lados.

Podía  salir  corriendo,  y  nadie se  enteraría de que  había estado allí. Pero no  podía  dejarlos de  aquella manera..., tenía que hacer algo  por  ellos.  ¿Habría alguien que  creyera que  él  no había tenido  nada  que ver?

Aún estaba  allí,  aterrorizado, cuando  se abrió de  golpe  la puerta que tenía a su derecha. Peeves  el  poltergeist  surgió  de ella  a toda velocidad.

—¡Vaya, si es  Potter  pipí en  el  pote!  —cacareó  Peeves,  ladeándole  las gafas de un  golpe al  pasar  a su lado  dando saltos—. ¿Qué  trama Potter?  ¿Por qué acecha?

Peeves se  detuvo  a  media voltereta. Boca abajo,  vio  a Justin  y  Nick  Casi Decapitado.  Cayó  de  pie,  llenó  los pulmones  y,  antes de  que  Harry  pudiera impedirlo, gritó:

—¡AGRESIÓN!  ¡AGRESIÓN!  ¡OTRA AGRESIÓN!  NINGUN  MORTAL  NI FANTASMA  ESTÁ A  SALVO!  SALVESE QUIEN PUEDA!  AGREESIÓÓÓÓN!

Pataplún,  patapán,  pataplún:  una  puerta tras otra, se fueron  abriendo  todas las  que había en  el  corredor, y  la  gente empezó  a salir.  Durante  varios  minutos, hubo  tal  jaleo que por  poco no  aplastan a Justin  y  atraviesan el  cuerpo  de  Nick Casi Decapitado.

Los  alumnos acorralaron  a  Harry  contra la  pared  hasta que los profesores pidieron calma.  La  profesora  McGonagall llegó  corriendo,  seguida  por sus alumnos,  uno de  los cuales aún tenía el  pelo  a rayas blancas y  negras. La profesora  utilizó  la  varita mágica para provocar una  sonora explosión que restaurase el silencio  y  ordenó  a  todos que  volvieran  a  las  aulas. Cuando  el lugar  se  hubo  despejado  un  poco,  llegó  corriendo  Ernie,  el  de  Hufflepuff.

—¡Te han  cogido con las manos en  la masa!  —gritó  Ernie,  con  la  cara completamente blanca,  señalando con el dedo a Harry.

—¡Ya  vale,  Macmillan!  —dijo con  severidad la profesora McGonagall.

Peeves se meneaba por  encima  del  grupo con  una  malvada sonrisa, escrutando la  escena;  le  encantaba el follón.  Mientras los profesores se inclinaban  sobre  Justin  y  Nick Casi Decapitado, examinándolos,  Peeves  rompió a  cantar:

—¡Oh, Potter,  eres un zote, estás podrido,  te  cargas  a  los  estudiantes,  y  te parece divertido!

—¡Ya  basta,  Peeves!  —gritó  la  profesora McGonagall,  y  Peeves  escapó por  el  corredor,  sacándole la lengua a Harry.

Los profesores Flitwick y  Sinistra,  del departamento de  Astronomía,  fueron los encargados de llevar a Justin  a la  enfermería,  pero  nadie  parecía  saber qué hacer con  Nick Casi Decapitado. Al  final,  la  profesora  McGonagall  hizo aparecer de la nada  un  gran  abanico,  y  se lo  dio a  Ernie con  instrucciones de subir a  Nick Casi  Decapitado  por  las escaleras. Ernie  obedeció,  abanicando  a Nick  por  el  corredor  para  llevárselo por el  aire  como  si  se  tratara  de  un aerodeslizador  silencioso  y  negro.  De  esa forma, Harry  y  la  profesora McGonagall  se  quedaron  a  solas.

—Por aquí,  Potter —indicó  ella. —Profesora  —le dijo  Harry  enseguida—,  le  juro  que  yo  no...

—Eso se escapa  de  mi  competencia, Potter  —dijo  de  manera cortante  la profesora McGonagall.

Caminaron en  silencio,  doblaron una  esquina,  y  ella  se paró ante una gárgola  de  piedra grande y  extremadamente fea.

—¡Sorbete  de  limón!  —dijo  la  profesora.

Se  trataba,  evidentemente, de  una contraseña,  porque  de  repente  la gárgola  revivió  y  se  hizo  a  un lado,  al  tiempo  que la  pared  que  había  detrás se abría  en  dos.  Incluso  aterrorizado  como  estaba  por  lo  que  le  esperaba,  Harry no  pudo  dejar  de  sorprenderse.  Detrás del muro  había una escalera de  caracol que subía lentamente  hacia  arriba, como  si  fuera  mecánica. Al  subirse  él  y  la profesora McGonagall, la pared  volvió  a cerrarse tras ellos con  un  golpe  sordo.

Subieron  más  y  más  dando  vueltas,  hasta que al fin,  ligeramente mareado, Harry  vio ante él  una reluciente puerta de  roble,  con  una  aldaba  de  bronce  en forma de  grifo,  el  animal mitológico  con cuerpo  de león  y  cabeza de  águila.

Entonces  supo  adónde  lo  llevaba. Aquello debía de  ser  la  vivienda  de Dumbledore.

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Capítulo 4: Caldero Chorreante

Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustab...