miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo 17: El heredero de Slytherin

Se  hallaba en  el  extremo de  una  sala  muy  grande,  apenas  iluminada.  Altísimas columnas  de  piedra  talladas  con serpientes enlazadas se  elevaban para sostener un  techo  que  se  perdía  en  la  oscuridad, proyectando largas  sombras negras  sobre la extraña penumbra verdosa que reinaba en  la  estancia.

Con  el  corazón  latiéndole  muy  rápido,  Harry  escuchó aquel silencio  de ultratumba.  ¿Estaría el  basilisco acechando  en  algún  rincón  oscuro, detrás  de una columna? ¿Y  dónde estaría  Ginny?

Sacó  su varita  y  avanzó  por entre las  columnas  decoradas  con  serpientes. Sus  pasos  resonaban  en  los  muros sombríos. Iba con los ojos entornados, dispuesto a  cerrarlos  completamente  al menor indicio de movimiento. Le parecía que las serpientes  de  piedra lo  vigilaban  desde  las cuencas vacías de sus ojos.  Más  de  una vez,  el  corazón le  dio  un vuelco  al  creer que alguna se movía.

Al  llegar  al  último par de  columnas,  vio  una  estatua, tan  alta  como  la  misma cámara,  que surgía imponente,  adosada al muro del fondo.

Harry  tuvo que  echar  atrás la  cabeza  para poder  ver  el  rostro gigantesco que la  coronaba: era  un  rostro  antiguo  y  simiesco,  con  una  barba  larga  y  fina que le llegaba  casi hasta el  final de  la  amplia  túnica  de  mago,  donde  unos enormes  pies  de  color gris se  asentaban  sobre el  liso  suelo.  Y  entre  los  pies, boca abajo,  vio una  pequeña  figura con túnica negra  y  el cabello de un  rojo encendido.

—¡Ginny!  —susurró  Harry, corriendo hacia ella  e hincándose  de rodillas—. ¡Ginny!  ¡No  estés  muerta!  ¡Por favor, no estés muerta!  —Dejó la varita  a  un lado, cogió a  Ginny  por los hombros y  le dio la  vuelta.  Tenía  la  cara  tan  blanca y  fría como  el  mármol,  aunque los ojos  estaban  cerrados, así que  no  estaba petrificada.  Pero entonces tenía que  estar...—.  Ginny,  por favor,  despierta  — susurró  Harry  sin  esperanza, agitándola. La cabeza de  Ginny  se movió, inanimada, de un  lado a otro.

—No despertará  —dijo  una voz  suave.

Harry  se enderezó de un salto.

Un  muchacho  alto, de  pelo negro,  estaba  apoyado contra la  columna  más cercana,  mirándole.  Tenía los contornos borrosos,  como  Harry  si  lo  estuviera mirando  a  través  de  un  cristal  empañado.  Pero  no  había  dudas sobre  quién era.

—Tom... ¿Tom  Ryddle?

Ryddle asintió con  la  cabeza,  sin  apartar los  ojos del  rostro  de  Harry.

—¿Qué quieres decir? ¿Por  qué no  despertará? —dijo  Harry desesperado—.  ¿Ella no está...  no  está...?

—Todavía  está  viva —contestó  Ryddle—,  pero por  muy  poco tiempo.

Harry  lo  miró  detenidamente. Tom  Ryddle había estudiado  en  Hogwarts hacía  cincuenta  años, y  sin embargo  allí, bajo aquella luz  rara,  neblinosa  y brillante,  aparentaba tener  dieciséis años,  ni  un  día más.

—¿Eres un fantasma? —preguntó Harry  dubitativo.

—Soy  un  recuerdo  —respondió Ryddle tranquilamente— guardado  en  un diario  durante  cincuenta  años.

Ryddle señaló  hacia  los gigantescos dedos de los  pies de  la  estatua.  Allí  se encontraba,  abierto, el  pequeño  diario  negro  que  Harry  había  hallado  en  los aseos  de  Myrtle  la  Llorona.  Durante un segundo,  Harry  se  preguntó cómo habría llegado  hasta  allí. Pero tenía  asuntos  más  importantes  en  los  que pensar.

—Tienes que ayudarme,  Tom  —dijo  Harry, volviendo a  levantar  la  cabeza de  Ginny—.  Tenemos  que  sacarla  de  aquí.  Hay  un basilisco... No sé dónde está, pero  podría llegar en  cualquier momento.  Por  favor,  ayúdame...

Ryddle no se  movió.  Harry,  sudando,  logró  levantar a  medias  a Ginny  del suelo, y  se inclinó a recoger  su  varita.

Pero  la  varita ya  no estaba.

—¿Has visto...?

Levantó  los  ojos.  Ryddle  seguía mirándolo...  y  jugueteaba  con  la varita de Harry  entre  los dedos.

—Gracias  —dijo Harry,  tendiendo la  mano  para que  el  muchacho  se  la devolviera.

Una sonrisa  curvó  las comisuras  de  la  boca  de  Ryddle.  Siguió  mirando  a Harry, jugando indolente  con la varita.

—Escucha —dijo Harry  con impaciencia. Las  rodillas se  le  doblaban  bajo  el peso muerto de Ginny—.  ¡Tenemos que  huir!  Si  aparece el  basilisco...

—No vendrá  si  no  es  llamado  —dijo  Ryddle  con  toda  tranquilidad.

Harry  volvió a posar a Ginny  en el  suelo,  incapaz  de  sostenerla.

—¿Qué quieres decir?  —preguntó—. Mira, dame  la  varita,  podría necesitarla.

La  sonrisa de  Ryddle se hizo  más evidente.

—No la  necesitarás —repuso.

Harry  lo miró.

—¿A qué te refieres,  yo  no...?

—He  esperado  este momento  durante  mucho  tiempo, Harry  Potter  —dijo Ryddle—. Quería  verte.  Y  hablarte.

—Mira  —dijo  Harry,  perdiendo  la  paciencia—,  me parece que no lo  has entendido: estamos en  la  Cámara de los  Secretos. Ya  tendremos tiempo  de hablar  luego.

—Vamos  a  hablar  ahora  —dijo Ryddle,  sin  dejar  de sonreír,  y  se  guardó  en el  bolsillo la  varita de Harry.

Harry  lo  miró.  Allí  sucedía algo muy  raro.

—¿Cómo ha llegado  Ginny  a este  estado?  —preguntó, hablando despacio.

—Bueno, ésa  es una cuestión interesante
—dijo  Ryddle,  con  agrado—.  Es una larga historia.  Supongo que el  verdadero motivo  por  el que Ginny  está  así es que le abrió  el corazón  y  le reveló todos  sus  secretos  a  un  extraño  invisible.

—¿De qué hablas? —dijo Harry.

—Del  diario  —respondió Ryddle—. De  mi  diario.  La  pequeña  Ginny  ha estado  escribiendo en  él durante  muchos  meses, contándome  todas sus  penas y  congojas: que  sus hermanos se  burlaban  de  ella,  que  tenía  que  venir  al colegio  con  túnica  y  libros de segunda mano, que...  —A  Ryddle  le  brillaron  los ojos—...  pensaba  que el famoso, el bueno, el gran Harry  Potter  no llegaría nunca a quererla...

Mientras  hablaba, Ryddle  mantenía los ojos fijos  en Harry. Había  en  ellos una mirada  casi ávida.

—Es  una  lata  tener que  oír las tonterías de  una  niña  de once años — siguió—.  Pero  me  armé  de paciencia. Le  contesté por escrito.  Fui  comprensivo, fui bondadoso.  Ginny,  simplemente,  me  adoraba: Nadie  me  ha comprendido nunca como  tú, Tom... Estoy tan  contenta  de poder  confiar en este  diario...  Es como  tener  un  amigo que se puede  llevar  en  el  bolsillo...

Ryddle  se rió con  una risa potente y  fría que  parecía  ajena.  A  Harry  se  le erizaron los  pelos  de  la nuca.

—Si  es necesario  que yo  lo  diga, Harry,  la verdad  es que  siempre  he fascinado  a la  gente  que  me  ha  convenido. Así  que  Ginny  me  abrió  su  alma,  y era  precisamente  su  alma  lo  que yo  quería. Me  hice cada vez  más fuerte alimentándome  de  sus  temores y  de  sus profundos secretos.  Me  hice  más poderoso,  mucho más  que la  pequeña señorita Weasley.  Lo  bastante  poderoso para  empezar  a  alimentar a  la  señorita Weasley  con  algunos  de  mis  propios secretos,  para  empezar  a darle  un  poco  de  mi  alma...

—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry,  con  la  boca completamente seca.

—¿Todavía no  lo adivinas, Harry  Potter? —dijo sin  inmutarse  Ryddle—. Ginny  Weasley  abrió  la  Cámara de  los Secretos.  Ella retorció  el  pescuezo  a  los gallos  del  colegio  y  pintarrajeó  pavorosos mensajes  en  las paredes. Ella  echó la  serpiente  de  Slytherin  contra  los  cuatro  sangre sucia  y  el gato del  squib.

—No —susurró Harry.

—Sí —dijo Ryddle con  calma—. Por supuesto, al  principio  ella  no  sabía  lo que  hacia. Fue muy  divertido. Me  gustaría que hubieras  podido  ver las anotaciones que escribía en  el  diario... Se  volvieron  mucho  más interesantes... Querido Tom  —recitó,  contemplando  la  horrorizada cara de Harry—,  creo  que estoy perdiendo la  memoria. He  encontrado  plumas de  gallo  en  mi  túnica  y  no sé  por  qué  están  ahí.  Querido  Tom,  no  recuerdo  lo  que  hice la  noche  de  Halloween,  pero han atacado a  un gato y yo tengo manchas de  pintura en  la túnica. Querido  Tom,  Percy me  sigue  diciendo  que estoy pálida  y  que  no parezco yo.  Creo que sospecha  de mí...  Hoy ha habido  otro ataque  y  no  sé dónde me  encontraba  en  aquel  momento.  ¿Qué  voy  a hacer,  Tom?  Creo  que me  estoy  volviendo  loca.  ¡Me  parece  que  soy yo la  que  ataca a  todo el  mundo, Tom!

Harry  tenía los  puños  apretados  y  se clavaba las  uñas en  las palmas.

—Le  llevó  mucho  tiempo  a esa tonta  de Ginny  dejar de confiar en  su  diario               —explicó Ryddle—.  Pero  al  final  sospechó  e intentó deshacerse de  él.  Y entonces apareciste  tú, Harry.  Tú lo  encontraste,  y  nada podría haberme  hecho tan  feliz.  De  todos  los  que podrían  haberlo  cogido,  fuiste tú,  la  persona a la  que yo  tenía más ganas de conocer...

—¿Y  por qué querías conocerme?  —preguntó Harry  La ira lo  embargaba  y tenía que hacer un  gran esfuerzo  para mantener firme la  voz.

—Bueno, verás, Ginny  me  lo  contó todo sobre  ti,  Harry  —dijo  Ryddle—. Toda  tu  fascinante  historia. —Sus ojos vagaron por la  cicatriz  en  forma  de  rayo que Harry  tenía  en la  frente, y  su expresión  se  volvió  más ávida—.  Quería averiguar  más sobre  ti,  hablar contigo,  conocerte  si era  posible,  así que  decidí mostrarte  mi  famosa  captura  de  ese zopenco,  Hagrid, para  ganarme  tu confianza.

—Hagrid  es  mi  amigo —dijo Harry,  con  voz  temblorosa—. Y  tú lo  acusaste, ¿no?  Creí que  habías cometido  un  error, pero...

Ryddle volvió a reírse con  su risa  sonora.

—Era  mi  palabra  contra la  de Hagrid.  Bueno,  ya  te puedes  imaginar lo  que pensaría el viejo Armando  Dippet.  Por un lado,  Tom  Ryddle,  pobre  pero  muy inteligente, sin padres pero  muy  valeroso,  prefecto  del  colegio,  estudiante modelo;  por  el  otro  lado,  el  grandón e  idiota  de  Hagrid, que  tenía  problemas cada  dos  por  tres,  que  intentaba criar cachorros de  hombre  lobo debajo  de  la cama,  que  se  escapaba  al  bosque prohibido para luchar con  los trols. Pero admito  que  incluso  yo  me  sorprendí de  lo bien que funcionó  mi  plan. Creía  que alguien al fin  comprendería  que Hagrid no podía  ser el heredero de  Slytherin. Me  había llevado cinco años averiguarlo  todo sobre la  Cámara  de  los  Secretos y  descubrir la  entrada  oculta...  ¡como si Hagrid  tuviera  la inteligencia  o el  poder necesarios!

»Sólo  el  profesor  de  Transformaciones, Dumbledore, creía  en la  inocencia de  Hagrid.  Convenció a  Dippet  para que  retuviera  a  Hagrid  y  le  enseñara  el oficio  de guarda.  Sí, creo que Dumbledore  podría  haberlo  adivinado.  A  Dumbledore nunca  le  gusté tanto como  a  los otros  profesores...

—Me apuesto  algo  a que Dumbledore descubrió tus  intenciones —dijo Harry, rechinando los  dientes.

—Bueno, es  verdad  que él  me  vigiló  mucho  más  después de  la  expulsión de  Hagrid,  me  fastidió  bastante —dijo Ryddle sin  darle  importancia—. Me  di cuenta  de  que  no  sería prudente volver  a abrir  la cámara mientras  siguiera estudiando  en  el  colegio.  Pero no iba a  desperdiciar  todos los  años que había pasado  buscándola.  Decidí  dejar un diario,  conservándome en  sus páginas con mis dieciséis años  de  entonces,  para que  algún  día,  con  un  poco  de  suerte, sirviese de guía para que  otro siguiera  mis pasos  y  completara la  noble  tarea de  Salazar  Slytherin.

—Bueno,  pues  no  la  has completado  —dijo Harry  en  tono triunfante—. Nadie  ha  muerto  esta  vez,  ni  siquiera  el  gato.  Dentro  de  unas pocas  horas  la pócima  de  mandrágora  estará lista  y  todos los petrificados volverán a la  normalidad.

—¿No  te he  dicho  todavía  —dijo Ryddle  con  suavidad—que ya  no  me preocupa  matar a  los  sangre sucia? Desde  hace  meses mi  nuevo  objetivo  has sido...  tú. —Harry  lo  miró—. Imagina mi  disgusto cuando alguien  volvió  a  abrir mi  diario,  y  ya  no  eras  tú  quien  me  escribía, sino  Ginny. Ella  te  vio con  el diario y  se  puso muy  nerviosa.  ¿Y  si averiguabas cómo  funcionaba,  y  el  diario te contaba  todos sus secretos? ¿Y  si,  lo que  aún  era  peor,  te  decía  quién  había retorcido el pescuezo  a  los  pollos?  Así  que  esa  mocosa  esperó  a que  tu dormitorio  quedara vacío  y  te  lo robó. Pero yo  ya  sabía  lo  que  tenía  que  hacer. Era  evidente  que  tú ibas detrás  del  heredero de  Slytherin. Por todo  lo  que Ginny  me  había  dicho sobre ti,  yo  sabía que  irías al fin del mundo para resolver el  misterio...  y  más  si  atacaban a uno de tus mejores amigos.  Y  Ginny  me  había dicho que  todo  el  colegio  era  un  hervidero de rumores porque  te habían  oído hablar  pársel...

»Así  que  hice  que  Ginny  escribiera en  la  pared  su  propia despedida  y bajara a esperarte. Luchó  y  gritó  y  se puso muy  pesada. Pero ya  casi  no  le quedaba vida: había  puesto  demasiado  en  el  diario, en  mí. Lo  suficiente  para que yo  pudiera  salir al  fin  de  las  páginas.  He  estado  esperándote  desde  que llegamos. Sabía  que  vendrías. Tengo muchas preguntas  que  hacerte,  Harry Potter.

—¿Como cuál?  —soltó  Harry,  con  los puños aún apretados.

—Bueno —dijo Ryddle,  sonriendo—, ¿cómo es que un  bebé sin un  talento mágico extraordinario derrota al  mago más  grande  de  todos  los tiempos? ¿Cómo  escapaste sin  más daño  que  una  cicatriz, mientras que  lord  Voldemort perdió sus poderes?

En  aquel  momento apareció  un  extraño brillo  rojo en  su  mirada.

—¿Por  qué  te  preocupa cómo  me  libré?  —dijo Harry  despacio—. Voldemort  fue posterior a ti.

—Voldemort  —dijo  Ryddle  imperturbable— es mi  pasado,  mi presente y  mi futuro, Harry  Potter...

Sacó  del bolsillo  la  varita  de  Harry  y  escribió  en  el  aire  con  ella  tres resplandecientes palabras:

TOM SORVOLO  RYDDLE

Luego volvió a agitar la varita,  y  las letras cambiaron de lugar:

SOY LORD  VOLDEMORT

—¿Ves? —susurró—.  Es  un  nombre  que yo  ya  usaba en  Hogwarts, aunque  sólo entre mis amigos  más  íntimos, claro. ¿Crees  que  iba a  usar siempre mi  sucio nombre  muggle? ¿Yo,  que soy  descendiente  del  mismísimo Salazar Slytherin,  por parte de  madre?  ¿Conservar yo  el  nombre  de  un  vulgar muggle  que  me  abandonó antes de que  yo  naciera, sólo porque  se  enteró  de que su  mujer era  bruja?  No,  Harry.  Me  di  un  nuevo  nombre,  un  nombre  que sabía  que un día temerían pronunciar  todos los magos,  ¡cuando yo  llegara  a ser el  hechicero más grande del mundo!

A  Harry  pareció  bloqueársele  el  cerebro.  Miraba  como  atontado a  Ryddle, al  huérfano  que se convirtió en  el asesino  de sus  padres,  y  de  otra  mucha gente... 

Al  final  hizo  un esfuerzo  por hablar.

—No lo  eres —dijo. Su  voz  aparentemente  calmada estaba  llena  de  odio.

—¿No soy  qué? —preguntó Ryddle  bruscamente.

—No  eres el  hechicero  más grande  del mundo  —dijo  Harry,  con  la respiración  agitada—. Lamento decepcionarte pero  el  mejor  mago  del  mundo es  Albus Dumbledore. Todos  lo  dicen. Ni siquiera cuando eras  fuerte  te atreviste  a apoderarte de Hogwarts.  Dumbledore  te descubrió  cuando  estabas en  el  colegio y  todavía le  tienes miedo,  te escondas  donde te escondas.

De  la  cara  de  Ryddle  había desaparecido  la  sonrisa, y  había  ocupado  su lugar una  mirada  de  desprecio absoluto.

—¡A  Dumbledore  lo  han  echado  del castillo  gracias a  mi  simple  recuerdo! —dijo Ryddle, irritado.

—No  está tan lejos  como  crees  —replicó Harry.  Hablaba casi sin pensar, con  la  intención  de  asustar a  Ryddle  y  deseando,  más  que  creyendo,  que  lo que afirmaba  fuese verdad.

Ryddle abrió la  boca, pero no  dijo  nada.

Llegaba música de  algún lugar. Ryddle se  volvió  para  comprobar que en  la cámara  no había nadie  más.  Pero aquella música sonaba cada vez más y  más fuerte. Era  inquietante, estremecedora,  sobrenatural. A  Harry  le  puso  los  pelos de  punta y  le pareció  que el  corazón  iba a  salírsele  del pecho. Luego, cuando  la música alcanzó tal fuerza  que  Harry  la  sentía  vibrar  en  su  interior,  surgieron llamas de  la  columna más cercana a él.

Apareció  de  repente  un  pájaro  carmesí  del  tamaño  de  un  cisne,  que entonaba  hacia  el  techo  abovedado  su  rara  música. Tenía  una  cola  dorada  y brillante,  tan  larga como  la de  un pavo real, y  brillantes garras doradas,  con las que sujetaba un fardo  de  harapos.

El  pájaro  se  encaminó  derecho a  Harry,  dejó  caer el  fardo  a sus pies  y  se le  posó  en  el  hombro.  Cuando  plegó las grandes alas, Harry  levantó la  mirada  y vio  que tenía un pico  dorado  afilado y  los ojos  redondos y  brillantes.

El  pájaro  dejó  de  cantar y  acercó  su cuerpo  cálido  a  la mejilla de  Harry, sin dejar  de  mirar fijamente  a  Ryddle.

—Es un fénix —dijo Ryddle, devolviéndole una  mirada  perspicaz.

—¿Fawkes?  —musitó  Harry, sintiendo  la  suave presión  de  las garras doradas.

—Y  eso  —dijo Ryddle, mirando  el fardo que  Fawkes  había dejado caer—, eso  no  es más que el  viejo  Sombrero  Seleccionador del colegio.

Así era. Remendado, deshilachado y  sucio,  el  sombrero yacía inmóvil  a los pies de Harry.

Ryddle volvió a reír. Rió  tan fuerte que  su risa  se  multiplicó  en  la  oscura cámara,  como  si estuvieran  riendo diez  Ryddles al mismo  tiempo.

—¡Eso es  lo  que Dumbledore envía  a su  defensor: un  pájaro cantor y  un sombrero viejo!  ¿Te sientes más seguro,  Harry  Potter?  ¿Te  sientes a salvo?

Harry  no  respondió. No veía la  utilidad  de  Fawkes  ni  del viejo sombrero, pero  ya  no se sentía  solo,  y  aguardó con creciente valor a  que Ryddle  dejara de  reír.

—A  lo que íbamos,  Harry  —dijo Ryddle, sonriendo  todavía con ganas—. En  dos  ocasiones,  en  tu pasado,  en  mi  futuro, nos hemos encontrado.  Han sido dos  ocasiones  en  que no  he logrado matarte.  ¿Cómo sobreviviste?  Cuéntamelo todo.  Cuanto más hables —añadió  con voz  suave—,  más  tardarás en morir.

Harry  pensó deprisa,  sopesando sus  posibilidades. Ryddle  tenía  la  varita; él  tenía  a  Fawkes  y  el Sombrero Seleccionador, que  no resultarían de  gran utilidad  en  un  duelo. No  prometían  mucho,  la verdad. Pero cuanto más  tiempo permaneciera  Ryddle allí,  menos vida le  quedaría a Ginny... Harry  percibió  algo de  pronto:  en  el  tiempo  que  llevaban en  la cámara, los  contornos de la  imagen de  Ryddle  se  habían  vuelto más claros, más  corpóreos. Si  Ryddle  y  él  tenían que luchar,  mejor que  fuera pronto.

—Nadie  sabe por qué  perdiste  tus  poderes al  atacarme  —dijo  bruscamente   Harry—.  Yo  tampoco.  Pero sé  por qué  no pudiste  matarme:  porque mi madre murió  para salvarme.  Mi  vulgar  madre de origen  muggle  —añadió,  temblando de  rabia—; ella evitó que me  mataras. Y  yo  te he  visto de  verdad,  te  vi  el  año pasado. Eres  una ruina.  Apenas estás vivo.  A  esto  te  ha llevado  todo  tu  poder. Te ocultas.  ¡Eres horrible,  inmundo!

Ryddle tenía el  rostro  contorsionado.  Forzó una  horrible sonrisa.

—O  sea que  tu  madre  murió  para salvarte. Sí,  ése es  un  potente contrahechizo. Tenía  curiosidad,  ¿sabes?  Porque  existe  una  extraña  afinidad entre  nosotros,  Harry  Potter.  Incluso tú  lo  habrás  notado.  Los  dos somos de sangre  mezclada,  los  dos huérfanos, los dos criados por  muggles. Tal vez somos los dos únicos hablantes de  pársel  que ha habido en  Hogwarts después de  Slytherin.  Incluso nos parecemos físicamente...  Pero,  después de todo, sólo fue suerte  lo  que te salvó  de  mí. Eso es lo que quería saber.

Harry  permaneció quieto, tenso,  aguardando  que  Ryddle  levantara su varita.  Pero  Ryddle  se  limitaba  a exagerar más su sonrisa contrahecha.

—Ahora,  Harry, voy  a darte una pequeña lección.  Enfrentemos  los poderes de  lord Voldemort,  heredero de Salazar Slytherin,  contra el famoso  Harry Potter,  que tiene  de  su parte las  mejores armas  de  Dumbledore.

Ryddle  dirigió una  mirada  socarrona a  Fawkes  y  al  Sombrero Seleccionador,  y  luego anduvo  unos pasos  en dirección opuesta.  Harry, notando que  el miedo  se  le  extendía por las entumecidas  piernas, vio  que Ryddle se  detenía  entre  las altas  columnas  y  dirigía la  mirada  al  rostro de Slytherin,  que  se  elevaba sobre  él  en la  oscuridad. Ryddle  abrió  la boca  y  silbó...  pero Harry  comprendió lo que decía.

—Háblame,  Slytherin, el más grande de  los Cuatro  de  Hogwarts.

Harry  se volvió  hacia  la estatua.  Fawkes  se balanceaba  sobre su hombro.

El  gigantesco  rostro de  piedra  de la  estatua  de  Slytherin  se  movió  y  Harry vio,  horrorizado,  que  abría  la  boca,  más  y  más,  hasta  convertirla en  un  gran agujero.

Algo  se  movía  dentro de la  boca de la estatua. Algo  que salía de  su interior. Harry  retrocedió  hasta  dar  de  espaldas  contra la  pared de  la cámara y cerró  fuertemente los ojos.  Sintió  que el ala  de  Fawkes  le  rozaba  el rostro al emprender  el  vuelo.

Harry  quiso gritar: «¡No me dejes!»  Pero  ¿de  qué  le podía valer un fénix  contra  el  rey  de las serpientes?

Una gran  mole  golpeó  contra el  suelo de piedra de  la  cámara, y  Harry  notó que  toda  la  estancia  temblaba.  Sabía lo  que estaba ocurriendo,  podía sentirlo, podía ver sin abrir  los  ojos  la  gran  serpiente  desenroscándose  de  la  boca  de Slytherin.  Entonces oyó  una voz  silbante.

—Mátalo.

El  basilisco se movía  hacia  Harry, éste podía  oír  su  pesado  cuerpo deslizándose  lentamente  por el  polvoriento suelo.  Con los  ojos  cerrados,  Harry comenzó a moverse  a  ciegas hacia  un  lado,  palpando  con  las  manos el camino. Ryddle reía...

Harry  tropezó.  Cayó  contra la  piedra  y  notó  el  sabor de  la  sangre.  La serpiente se encontraba  a un metro escaso  de  él, y  Harry  la  oía acercarse.

De  repente oyó  un  ruido fuerte,  como  un  estallido,  justo  encima  de  él, y algo  pesado  lo  golpeó  con  tanta  fuerza  que  lo  tiró  contra  el  muro.  Esperando que  la  serpiente  le  hincara  los colmillos, oyó más  silbidos  enloquecidos y  algo que azotaba  las columnas.

No  pudo evitarlo. Abrió  los ojos  lo  suficiente para  vislumbrar qué  sucedía.

La  serpiente, de un  verde brillante y  gruesa como  el tronco  de  un  roble,  se había alzado en  el  aire  y  su  gran cabeza  roma  zigzagueaba  como  borracha entre  las columnas.  Temblando, Harry  se preparó  a cerrar los ojos  en cuanto  el monstruo  hiciera  ademán  de  volverse,  y  entonces vio qué era lo  que  había enloquecido a la serpiente.

Fawkes  planeaba alrededor de  su cabeza, y  el  basilisco  le  lanzaba  furiosos mordiscos con  sus colmillos largos y  afilados como  sables.

Entonces  Fawkes  descendió. Su  largo  pico  de  oro  se hundió  en  la  carne del monstruo y  un chorro  de  sangre  negruzca salpicó  el  suelo. La  cola  de  la serpiente golpeaba  muy  cerca  de  Harry,  y  antes de  que  pudiera  cerrar los párpados, el  basilisco  se volvió.  Harry  miró  de  frente a  su cabeza y  se  dio  cuenta de  que el  fénix lo había picado en  los ojos,  aquellos  grandes  y  prominentes ojos amarillos.  La  sangre resbalaba  hasta  el  suelo  y  la  serpiente  escupía agonizando.

—¡No! oyó  Harry  gritar  a  Ryddle—. ¡Deja  al  pájaro! ¡Deja al  pájaro! ¡El chico está detrás de ti!  ¡Puedes  olerlo!  ¡Mátalo!

La  serpiente ciega  se balanceaba  desorientada, herida  de muerte.  Fawkes describía  círculos  alrededor  de  su cabeza, silbando  su inquietante canción, picando  aquí y  allá en  el  morro lleno  de  escamas  del  basilisco, mientras brotaba la sangre de  sus  ojos heridos.

—¡Ayuda,  ayuda!  —pedía Harry  enloquecido—.  ¡Que  alguien me  ayude!

La  cola  de  la  serpiente volvió  a golpear  contra el  suelo.  Harry  se  agachó. Un  objeto  blando le golpeó  en  la cara.

El  basilisco  había  lanzado en  su furia  el Sombrero Seleccionador sobre Harry,  y  éste lo  cogió. Era cuanto  le quedaba,  su última  oportunidad.  Se  lo caló en  la cabeza  y  se echó  al  suelo antes de  que  la  serpiente  sacudiera  la  cola  de nuevo.

—Ayúdame..., ayúdame...  —pensó  Harry, apretando  los ojos  bajo  el sombrero—, ¡ayúdame,  por favor!

No  hubo  una voz  que le respondiera. En  su  lugar,  el  sombrero  encogió, como  si  una  mano  invisible  lo  estrujara.

Algo  muy  duro y  pesado golpeó  a Harry  en  lo alto de  la  cabeza,  dejándolo casi  sin  sentido.  Viendo  todavía parpadear estrellas  en  los ojos,  cogió el sombrero para  quitárselo y  notó que  debajo había  algo  largo y  duro.

Se  trataba de  una  espada plateada y  brillante,  con la  empuñadura llena  de fulgurantes  rubíes  del tamaño  de huevos.

—¡Mata al  chico! ¡Deja al  pájaro!  ¡El  chico está  detrás de  ti! Olfatea... ¡Huélelo!

Harry  empuñó  la  espada,  dispuesto  a defenderse.  El  basilisco bajó  la cabeza, retorció  el cuerpo, golpeando  contra  las  columnas,  y  se  volvió  para enfrentarse a  Harry. Pudo  verle las cuencas  de los ojos  llenas  de  sangre,  y  la boca que  se abría. Una boca  lo bastante grande  para  tragarlo  entero, bordeada de  colmillos tan largos como  su espada,  delgados,  brillantes, venenosos...

La  bestia  arremetió  a ciegas. Harry,  al  esquivarla, dio  contra  la  pared  de  la cámara.  El  monstruo  arremetió de  nuevo, y  su  lengua bífida  azotó  un  costado de  Harry.  Entonces levantó la espada con  ambas manos.

El  basilisco  atacó  de  nuevo,  pero esta vez  fue  directo a  Harry, que  hincó  la espada  con  todas  sus  fuerzas,  hundiéndola hasta  la empuñadura  en el  velo del paladar  de  la  serpiente.

Pero  mientras  la  cálida sangre le empapaba los  brazos, sintió  un  agudo dolor encima del  codo. Un colmillo  largo  y  venenoso se le  estaba hundiendo más y  más en el  brazo,  y  se  partió cuando  el  monstruo volvió  la  cabeza  a un lado y  con un estremecimiento se desplomó en  el  suelo.

Harry; apoyado en la  pared,  se  dejó  resbalar  hasta  quedar sentado  en  el suelo. Agarró el  colmillo envenenado  y  se lo arrancó.  Pero  sabía  que  ya  era demasiado tarde. El  veneno  había penetrado.  La  herida  le  producía  un  dolor candente que  se le extendía lenta pero  regularmente  por todo  el  cuerpo. Al extraer  el  colmillo  y  ver  su  propia sangre que  le  empapaba la túnica, se le nubló la  vista.  La  cámara  se  disolvió  en  un  remolino  de  colores  apagados.

Una mancha  roja pasó a su lado  y  Harry  oyó  un  ruido de garras.

—Fawkes  —dijo con dificultad—.  Eres  estupendo,  Fawkes... —Sintió que el  pájaro  posaba  su hermosa  cabeza  en  el  brazo, donde  la  serpiente  lo  había herido.

Oyó  unos pasos que  resonaban en la  cámara,  y  luego  vio  una  negra sombra delante de él.

—Estás muerto,  Harry  Potter —dijo sobre  él  la  voz  de  Ryddle—. Muerto. Hasta  el  pájaro de Dumbledore lo sabe.  ¿Ves lo que hace, Potter? Está llorando.

Harry  parpadeó.  Sólo un  instante vio  con  claridad  la  cabeza  de  Fawkes. Por las  brillantes plumas le corrían  unas lágrimas gruesas como  perlas.

—Me voy  a  sentar aquí a  esperar que  mueras, Harry  Potter. Tómate  todo el  tiempo  que quieras. No  tengo  prisa.

Harry  cayó  en un  profundo sopor.  Todo le  daba  vueltas.

—Éste  es  el  fin  del  famoso  Harry  Potter —dijo la  voz  distante  de Ryddle—. Solo  en  la  Cámara de  los Secretos,  abandonado  por  sus amigos, derrotado  al fin  por  el Señor Tenebroso al  que él  tan imprudentemente se enfrentó.  Volverás con  tu  querida madre  sangre sucia, Harry... Ella  compró  con  su  vida  doce  años de  tiempo  para  ti... pero al  final te ha  vencido  lord  Voldemort.  Sabías  que sucedería.

Si  aquello era morirse,  pensó  Harry,  no  era tan desagradable.  Incluso  el dolor se iba...

Pero  ¿de  verdad  era  aquello  la  muerte?  En  lugar  de  oscurecerse,  la cámara se  volvía más clara.  Harry  movió un  poco la  cabeza,  y  allí  estaba Fawkes,  apoyándole todavía  la  suya  en  el  brazo.  Un charquito  de lágrimas brillaba en torno  a  la  herida...  Sólo que  ya  no  había herida.

—Márchate,  pájaro  —dijo de  pronto  la  voz  de  Ryddle—. Sepárate  de  él. ¡He  dicho que te  vayas!

Harry  levantó la  cabeza.  Ryddle apuntaba a  Fawkes  con  la varita de  Harry Sonó  como  un  disparo  y  Fawkes  emprendió  el  vuelo en  un remolino  de rojo  y oro.

—Lágrimas  de  fénix... —dijo Ryddle  en  voz  baja, contemplando el brazo de Harry—. Naturalmente... Poderes  curativos..., me  había  olvidado....  —miró  a Harry  a  la cara—. Pero igual da.  De  hecho, lo prefiero  así.  Solos  tú  y  yo,  Harry Potter...,  tú y  yo...

Levantó la varita.

Entonces, con un  batir de  alas,  Fawkes  pasó de  nuevo por encima de  sus cabezas y  dejó  caer algo  en  el regazo  de Harry:  el  diario.

Lo  miraron los dos durante  una  fracción  de  segundo, Ryddle  con  la  varita levantada.  Luego,  sin pensar,  sin  meditar,  como  si  todo  aquel  tiempo  hubiera esperado  para  hacerlo,  Harry  cogió el  colmillo de basilisco del suelo  y  lo  clavó en  el  cuaderno.

Se  oyó  un  grito  largo,  horrible, desgarrado. La tinta  salió a chorros del diario,  vertiéndose  sobre  las manos de  Harry  e  inundando  el  suelo.  Ryddle  se retorcía, gritando,  y  entonces...

Desapareció. Se  oyó  caer al suelo la  varita de  Harry  y  luego  se  hizo  el silencio,  sólo  roto  por el  goteo  de  la  tinta que  aún manaba del  diario. El  veneno del  basilisco había  abierto  un  agujero incandescente en  el  cuaderno.

Harry  se levantó temblando.  La  cabeza le  daba  vueltas, como  si hubiera recorrido kilómetros  con los polvos  flu. Recogió la  varita y  el  sombrero y,  de un fuerte tirón,  extrajo  la  brillante  espada del  paladar del basilisco.

Le  llegó  un  débil gemido  del  fondo de  la cámara. Ginny  se  movía.  Mientras Harry  corría hacia  ella,  la  muchacha  se sentó, y  sus ojos  desconcertados pasaron  del  inmenso  cuerpo  del  basilisco a  Harry, con la  túnica empapada  de sangre,  y  luego  al cuaderno que éste llevaba en  la mano. Profirió un  grito estremecido  y  se  echó  a  llorar.

—Harry..., ah, Harry, intenté decíroslo en  el  desayuno,  pero  delante  de Percy  no  fui capaz.  Era yo, Harry, pero te juro  que  no  quería...  Ryddle  me obligaba a hacerlo,  se  apoderó  de  mí  y...  ¿cómo lo  has  matado?  ¿Dónde está Ryddle?  Lo  último  que recuerdo es que salió del diario.

—Ha  terminado todo  bien  —dijo Harry,  cogiendo  el diario  para  enseñarle  a Ginny  el agujero hecho  por  el colmillo—. Ryddle ya  no  existe.  ¡Mira!  Ni él  ni  el basilisco. Vamos, Ginny,  salgamos...

—¡Me  van  a  expulsar!  —se lamentó  Ginny,  incorporándose  torpemente  con la  ayuda  de  Harry—. Siempre quise estudiar  en Hogwarts,  desde  que  vino  Bill, y  ahora  tendré que irme  y.. ¿qué pensarán  mis padres?

Fawkes  los estaba  esperando, revoloteando  en  la  entrada  de  la  cámara. Harry  apremió  a  Ginny. Dejaron atrás el  cuerpo  retorcido  e  inanimado  del basilisco,  y  a  través de la penumbra  resonante  regresaron  al  túnel. Harry  oyó cerrarse las puertas  tras ellos con un suave silbido.

Tras  unos  minutos  de  andar  por  el oscuro túnel, a los oídos de Harry  llegó un  distante ruido de piedras.

—¡Ron!  —gritó  Harry,  apresurándose—. ¡Ginny  está bien!  ¡La traigo conmigo!

Oyó  que Ron daba un  grito  ahogado de  alegría, y  al  doblar la  última  curva vieron  su  cara angustiada  que  asomaba  por el  agujero que había logrado  abrir en  el  montón de  piedras.

—¡Ginny!  —Ron  sacó un  brazo  por el  agujero para ayudarla a pasar—. ¡Estás viva!  ¡No me  lo puedo  creer!  ¿Qué ocurrió?

Intentó  abrazarla,  pero Ginny  se apartó,  sollozando.

—Pero  estás  bien, Ginny  —dijo Ron, sonriéndole—. Todo ha  pasado.  ¿De dónde ha  salido ese pájaro?

Fawkes  había pasado por el  agujero después de  Ginny.

—Es de Dumbledore  —dijo Harry,  encogiéndose  para pasar.

—¿Y  cómo  has  conseguido  esa  espada?  —dijo Ron, mirando con la  boca abierta el arma  que brillaba en la  mano de  Harry.

—Te lo explicaré  cuando salgamos —dijo Harry,  mirando  a  Ginny  de soslayo.

—Pero...

—Más  tarde  —insistió  Harry.  No creía  que  fuera buena  idea  decirle  en aquel  momento  quién  había abierto  la  cámara, y  menos delante de Ginny—. ¿Dónde está Lockhart?

—Volvió  atrás  —dijo  Ron,  sonriendo y  señalando con la cabeza  hacia  el principio del  túnel—.  No  está bien.  Ya  veréis.

Guiados por  Fawkes, cuyas  alas  rojas emitían en  la  oscuridad  reflejos dorados, desanduvieron  el camino hasta la  tubería.  Gilderoy  Lockhart estaba allí sentado,  tarareando  plácidamente.

—Ha  perdido  la  memoria  —dijo Ron—.  El  embrujo desmemorizante  le  salió por  la culata.  Le  dio  a él.  No  tiene  ni idea  de quién es, ni  de  dónde está, ni  de quiénes  somos. Le  dije  que se  quedara aquí  y  nos esperara. Es  un peligro para sí mismo.

Lockhart los miró a todos  afablemente.

—Hola —dijo—.  Qué  sitio tan curioso,  ¿verdad? ¿Vivís  aquí?

—No —respondió Ron,  mirando a Harry  y  arqueando las  cejas.

Harry  se inclinó y  miró la larga y  oscura tubería.

—¿Has pensado  cómo  vamos a subir? —preguntó a Ron.

Ron negó con  la cabeza, pero  Fawkes  ya  había pasado  delante de  Harry  y se hallaba revoloteando  delante de él.  Los ojos redondos  del  ave  brillaban  en  la oscuridad mientras agitaba sus alas  doradas.  Harry  lo  miró, dubitativo.

—Parece como  si quisiera  que te cogieras a él... —dijo  Ron,  perplejo—. Pero  pesas demasiado  para  que un pájaro  te suba.

—Fawkes  —aclaró Harry— no es un  pájaro  normal. —Se volvió inmediatamente  a  los otros—.  Vamos a darnos la  mano. Ginny, coge  la de Ron.  Profesor Lockhart...

—Se refiere a usted —aclaró Ron  a  Lockhart. —Coja la  otra mano  de Ginny.

Harry  se  metió  la espada y  el  Sombrero Seleccionador en  el  cinto. Ron se agarró a  los bajos  de  la  túnica  de  Harry,  y  Harry,  a  las  plumas de  la  cola  de Fawkes,  que resultaban curiosamente  cálidas  al  tacto.

Una  extraordinaria  luminosidad  pareció extenderse por todo el cuerpo  del ave,  y  en  un  segundo  se encontraron subiendo por la  tubería  a toda  velocidad. Harry  podía oír  a  Lockhart que  decía:

—¡Asombroso, asombroso!  ¡Parece cosa  de  magia!

El  aire helado  azotaba el  pelo de Harry, y  cuando  empezaba  a  disfrutar del paseo,  el  viaje por la tubería terminó.  Los  cuatro fueron saltando al  suelo mojado  junto a  Myrtle  la  Llorona, y  mientras Lockhart se arreglaba el  sombrero, el  lavabo  que ocultaba  la  tubería volvió  a su lugar cerrando la abertura.

Myrtle  los miraba con  ojos desorbitados.

—Estás vivo —dijo a Harry  sin comprender.

—Pareces muy  decepcionada —respondió  serio, limpiándose las motas de sangre y  de  barro  que tenía en las  gafas.

—No,  es que...  había estado  pensando.  Si  hubieras  muerto, aquí  serías bienvenido.  Te dejaría compartir  mi  retrete  —le  dijo  Myrtle, ruborizándose  de color plata.

—¡Uf!  —dijo  Ron,  cuando  salieron  de los aseos al corredor  oscuro y desierto—. ¡Harry,  creo  que  le  gustas a  Myrtle!  ¡Ginny,  tienes una  rival!

Pero  por el rostro de Ginny  seguían resbalando unas lágrimas silenciosas.

—¿Adónde vamos?  —preguntó  Ron, mirando a Ginny  con  impaciencia. Harry  señaló  hacia delante.

Fawkes  iluminaba el  camino por  el  corredor, con su destello  de  oro.  Lo siguieron  a  grandes  zancadas,  y  en  un  instante se hallaron ante  el  despacho  de la  profesora  McGonagall.

Harry  llamó y  abrió  la puerta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 4: Caldero Chorreante

Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustab...